Miércoles, 22 de noviembre de 2017

El diccionario de Cristóbal
Colón

12/10/2012
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Claudia Peiro, Infobae «Canoa es una barca en que navegan, y son de ellas grandes y de ellas pequeñas». Esa fue la primera palabra autóctona que el Almirante inscribió en su cuaderno de viaje el día 26 de octubre de 1492. Estaba describiendo las embarcaciones que usaban los nativos y, como no se parecían a ninguna de las que conocían en Europa, usó el vocablo local. «Son navetas de un madero adonde no llevan velas. Ëstas son las canoas». En otra ocasión repitió: «Muy grandes almadías, que los indios llaman canoas». Almadía es un arabismo para balsa o barca. Éste y otros detalles sobre el aspecto lingüístico del choque cultural que representó la llegada de Cristóbal Colón y sus hombres a América pueden leerse en el ensayo La andadura del español por el mundo (2010, Santillana), del filólogo cubano español Humberto López Morales, una apasionante historia de cómo este idioma se expandió en todo un continente y más allá, sin perder por ello la unidad lexical, gramatical y sintáctica. «De nada le sirven a Cristóbal Colón los intérpretes que le acompañan, expertos en latín, griego, árabe, arameo y hasta tártaro", escribe López Morales en su libro. Una total incomprensión fue el resultado de estos primeros intentos (de hablar con los aborígenes). Todavía no sabían —Colón nunca llegó a saber— que no habían llegado a Cipango (Japón) ni al Catai-Mangui (China), pero sí que no le había sido posible entregar las cartas que llevaba para el Gran Khan, en ‘la afortunada tierra de Marco Polo’». La primera etnia con la cual tomó contacto Colón fueron los taínos, que poblaban las Antillas, Puerto Rico, Cuba y Jamaica, y vivían en la Edad de Piedra. Empujados por los caribes —una tribu agresiva y caníbal— estaban migrando hacia el oeste. En sus intentos por comunicarse, los españoles empiezan a descubrir vocablos nuevos. En algunos casos, la novedad del objeto que quieren nombrar los lleva a adoptar la denominación indígena. Por ejemplo, la palabra canoa empieza a aparecer con mayor frecuencia, desplazando a almadía, que no le servía para describir acabadamente el tipo de embarcación local. Dice López Morales: «Este proceso de penetración de un indigenismo, tras quedar vencedor sobre la palabra castellana, o usada en Castilla, se repite en varias ocasiones». «El ají es su pimienta» Por lo general, como se dijo, sucede cuando la cosa a nombrar —utensilio, planta, fruto, animal— no existe en Europa y no tiene por lo tanto nombre español. De este modo, otros vocablos que quedarán incorporadas al idioma conquistador son por ejemplo, hamaca, cacique, ají y tiburón. Todos ellos aparecen en el «diccionario» colombino. En el caso de la hamaca, Colón empieza describiendo el objeto: «camas (que) son como redes de algodón». Y más adelante, el 3 de noviembre, escribe: «redes en que dormían, que son hamacas». Del ají, el Almirante dice que «es su pimienta». Otros términos indígenas presentes en el Diario de Colón no subsistirán. Es el caso por ejemplo de ajes (un tubérculo parecido a la batata), cazabe (pan), nitaine (un miembro de clase noble), tuob y nocay (términos usados para el oro), etcétera. Tendrán mejor suerte bohío y caribe. El 16 de diciembre, por ejemplo, el Almirante escribe sobre estos «niames, a que ellos llaman ajes», pero la palabra no persistirá. Otra palabra tempranamente registrada en documentos oficiales (1500….) es jagüey como «pozo o depósito subterráneo de agua». Pero este indigenismo pronto será abandonado por aljibe, pozo o cisterna. En cambio el antillanismo huracán, que recién se registra en la 2ª mitad del siglo, persistirá. En 1582, la Memoria de Melgarejo, dice: «suele haber tormentas [que] llaman huracanes». Otra palabra que logrará imponerse es cayo, «islote, isla rasa, frecuentemente anegadiza». El mayor caudal de palabras indígenas vendrá de la flora: guayaba, ceiba, guayacán, caoba, maní, mangle, papaya, aguacate, atole, cacao, camote, chocolate, mole, tamal, tomate, etcétera. Y de la fauna: guacamayo, manatí, iguana, caimán, jején, etc. Finalmente, objetos como piragua (palabra de origen caribe), maraca (sonajero) o barbacoa (fuego). Estos términos aborígenes empezarán incluso a aparecer —normalmente, no como exotismos— en textos de Cervantes (cacao, caimán, huracán, caribe), Lope de Vega (macana, chicha, tambo) y también Tirso de Molina, Calderón, Quevedo. Mestizaje y castellanización Con la llegada de Colón al continente, se inició un largo proceso de mestizaje. Cabe recordar las dimensiones de esta empresa colonizadora: «Los soldados españoles, dice López Morales, pisaron múltiples tierras: desde el sur de la Florida hasta lo que mucho después se llamaría Canadá, desde tierras floridanas hacia el oeste, hasta llegar a Texas. Hacia el otro extremo (…): de California a Alaska, más largos recorridos para ir desde la costa del Golfo de México a Iowa, de las Dakotas a Nebraska». «Tan temprano como en 1503, una Instrucción Real ordenaba que se agrupara a los indios en pueblos ‘para ser adoctrinados como personas libres que son, y no como siervos’», señala también el autor. Para castellanizar a los indígenas, la Corona se apoyó en las órdenes religiosas, sin embargo frecuentemente fueron éstas las que contribuyeron a resguardar las lenguas nativas. El caso guaraní es quizá el más claro. Se dará una tensión: «Toda la segunda parte del siglo es testigo de esta dicotomía: la Iglesia, preocupada por la evangelización, inclinándose a favor de las lenguas indígenas mayores; el poder civil, con preocupaciones más terrenales, pero comprometido con la catequesis, votaba por el español». La misión evangélica defendía por lo tanto la conservación de las grandes lenguas indígenas. «Los dominios españoles en América constituyen el único ejemplo que se conoce en el que lenguas dominadas, el nahua (náhuatl) y sobre todo el quechua, hayan salido fortalecidas en su extensión geográfica al finalizar el período de dominación». Ahora bien, en términos generales, cumplido el proceso de expansión del idioma, fueron muy pocos los términos nativos que quedaron incorporados en el léxico español. A los ya mencionados, podemos sumar, para Sudamérica, voces tomadas del quechua y del aymara (como poro, cóndor, vicuña o yapa); del guaraní (como yaguareté, urutaú, matete), y del mapuche (choique, laucha, pilcha, cultrum). La castellanización de los indígenas fue sobre todo consecuencia del mestizaje. La descendencia de español e india (la mujer europea prácticamente no participó de la conquista) ya hablaba español, explica el filólogo. Pero otro motivo por el cual el español se impuso a los idiomas locales fue que, al momento de la llegada de Colón, pocas lenguas aborígenes eran mayoritarias. Sí lo eran por ejemplo el náhuatl (México), el quechua y el aimara (Perú y Bolivia), el chibcha (Colombia, Panamá), el guaraní (Paraguay) y el mapuche (Chile). «Es evidente, concluye Humberto López Morales, que, además del cúmulo de razones político-administrativas que así lo aconsejaban, la atomización lingüística del territorio americano parecía favorecer la implantación del español». En efecto, del encuentro entre expedicionarios que se expandieron de norte a sur y de este a oeste, y que usaban todos el mismo idioma, y nativos que hablaban un sinnúmero de lenguas diversas, surgió como resultado la hegemonía de la lengua que representó un vehículo de comunicación único para todo el extenso dominio. De la resistencia a la declinación De todas las lenguas que se hablaban en Hispanoamérica al momento de la Conquista, persisten hoy 271, no todas con el mismo vigor ni la misma extensión. Humberto López apela a la clasificación de Enrique Margery Peña, que definió cinco estadios: florecimiento, resistencia, declinación, obsolescencia y extinción. Las lenguas florecientes son las que poseen más de un millón de hablantes, tienen escritura y medios de difusión. Son sólo cuatro: zapoteco (México), aimara (Perú, Bolivia, norte de Chile y Argentina), guaraní (Paraguay, parte de Bolivia, sur de Brasil y norte de Argentina) y quechua (Ecuador, Perú, Bolivia y partes de Chile y Argentina). Las lenguas resistentes —veintidós en total— disponen de entre un millón y cien mil habitantes, no tienen sistema de escritura y carecen de grandes posibilidades de difusión. Once de estas lenguas son mexicanas (el náhuatl es una, además del mazateco y el mixteco, entre otras), otras son el misquito (Nicaragua, Honduras), el quiché (Guatemala) el guajiro (Colombia, Venezuela) y el mapuche (Chile y Argentina). Las declinantes son las que tienen entre cien y diez mil habitantes —muy pocos de ellos monolingües— y pocos medios de difusión. Son 54, distribuidas en partes más o menos iguales entre México, América Central y del Sur. Las obsolescentes son las que tienen menos de 10.000 hablantes en su mayoría bilingües. El 90 % de estas lenguas desaparecerá en un plazo más o menos breve.