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Elogio de la palabra

19/09/2012

Héctor Abad Faciolince, El EspectadorSegún el mito adámico (la etimología de la palabra Adán nos lleva a la expresión «creador de nombres») el primer hombre se pone a mirar las cosas y a asignarles un nombre. Señala un gran animal con garras, amarillo, que parece un fabuloso gato peludo, y dice: león. Y león queda para toda la vida. Ve luego un reptil frío y pequeño, que parece el resumen de un cocodrilo, y exclama: ¡lagartija! Y lagartija será por los siglos de los siglos, o por lo menos hasta la catastrófica torre de Babel que con la confusión de las lenguas hizo la difícil maroma de poder explicar con una historia el problema de la gran variedad de los idiomas en que nos expresamos los hombres.Nosotros, por fortuna, nos expresamos en este exitoso dialecto del latín que llamamos español, y que hace cinco siglos hablamos también por estos lados con inflexiones paisas, cachacas o costeñas. Adán y su capacidad de crear palabras, en realidad, sigue reencarnando en todos nosotros pues aún hoy en día, y día a día, es necesario inventar palabras (o reencaucharlas) para nombrar la realidad. Es probable que hasta antier no supiéramos lo que es un celular (que ya no es un tejido, sino una antipática forma de no poder esconderse jamás) y que hace algunas semanas tampoco entendiéramos tan bien lo que hoy con tanta seguridad llamamos informantes o cooperantes. Todos los días anónimos Adanes inventan palabras nuevas para nombrar nuevas cosas. La realidad no deja de sorprendernos y nosotros no abandonamos la feliz manía de nombrarla, de intentar atraparla en una combinación de sonidos.Pero el mito de Adán ya no satisface a casi nadie cuando pensamos en los orígenes del lenguaje humano. Uno de los más grandes interrogantes sobre la evolución del hombre tiene que ver con la aparición del lenguaje. Los evolucionistas y los neurólogos han encontrado cosas interesantes en eso que podríamos llamar el órgano mental, el órgano de las ideas, es decir el cerebro. Han encontrado por ejemplo que la zona del córtex cerebral que corresponde al movimiento de las manos es mucho mayor que la que corresponde al movimiento de todo el resto del cuerpo, del cuello hacia abajo. Y han encontrado un tamaño análogo (en cantidad de cerebro que se ocupa de una función) sólo en la parte que concierne a la producción física del lenguaje (lengua, labios, mandíbula, laringe). Comparado con un chimpancé, el hombre, dedica una porción análoga de cerebro para mover los pies. Pero el chimpancé‚ le dedica lo mismo a las manos que a los pies y, por supuesto, no le dedica casi nada a sus aullidos, mientras que el hombre le dedica muchísimo cerebro a sus manos y a esa especie de aullidos que son también sus palabras.Lo anterior es una confirmación más de la importancia de la mano como herramienta de precisión -única entre todas las especies- que fue factor determinante en el desarrollo de la inteligencia. Esto se sospechaba hace mucho. Ya lo había intuido el filósofo griego Anaxágoras (hace 2.400 años) cuando sostuvo que «la mano hizo al hombre el más inteligente de los animales».Tanto el homo habilis como el homo erectus tenían ya unas manos bastante sofisticadas y precisas que les permitieron construir herramientas rudimentarias. Estos antepasados nuestros habitaron la tierra por unos dos millones de años sin que se manifestaran grandes cambios. Cuando, hace unos 200 mil años, el homo erectus salta al sapiens arcaico, con un aumento considerable de la capacidad del cerebro (de 1.200 a 1.600 ml.), las herramientas de los antepasados erectus y habilis se pulen un poco y varían en su forma, pero pasan otros 170 mil años sin que haya grandes avances.Y de pronto, hace apenas unos 30 o 35 mil años, se produce lo que los evolucionistas llaman «una gran explosión de creatividad, quizá el salto en nivel de inteligencia más notable que se registra en la historia del hombre.»¿Qué pasó hace 30 mil años? Recapitulemos: durante dos millones de años el progreso de los antepasados del hombre es muy lento. El mismo homo sapiens arcaico pasa 170 mil años sin mostrar grandes avances en sus herramientas, es decir, en su precaria tecnología. Y de repente, hace 30 mil años, como en una avalancha, surgen uno tras otro «el arco, la flecha, los arpones, las herramientas compuestas». Y aparece también el arte, los dibujos en las piedras y las herramientas con adornos inútiles, sólo para el goce visual. Son de ese momento mágico las impresionantes pinturas de las cavernas. ¿Cuál fue la razón de esa gran explosión de creatividad?Parece ser que el gran cambio (así lo creen destacados evolucionistas) consistió en algo que no deja huellas en las piedras ni en las paredes de las cavernas. Apareció algo que no pesa ni deja rastros la arcilla blanda. Apareció esa cosa hecha de aire, esa cosa efímera que en el mismo instante en que aparece desaparece. Aparecieron, pues, las palabras, el lenguaje articulado, este ruido hecho de hondas que se mueven con cierto orden en el aire. Los gritos, las interjecciones, los llamados de atención, los lamentos, los alaridos de cólera o de miedo o de dolor o de alegría, los aullidos, se concentraron en algo menos alharacoso y más elaborado: en palabras.No es una coincidencia que aparezcan simultaneamente el arte y el lenguaje articulado. No es una coincidencia porque si nos fijamos en las primeras manifestaciones artísticas (la pintura de las cavernas y los grabados en hueso y marfil) vemos que el arte nace como arte abstracto. ¿Qué es el arte abstracto? Este consiste en la concentración y simplificación de una forma natural, por ejemplo de un animal. En unos pocos rasgos visuales, en unas líneas casi esquemáticas, reconocemos un toro, un caballo, un bisonte.El arte nace como una abstracción de la realidad, como una representación simbólica de la realidad. Antes había solo tigres reales, «de caliente sangre», como diría Borges. Con el arte aparece también el tigre (digamos) de papel, de piedra, de hueso, el tigre pintado en la pared; el arte nos da la representación abstracta del tigre, no de un tigre concreto, sino de todos los tigres reales. Es algo muy parecido a lo que hace el lenguaje articulado, capaz de evocar las cosas del mundo mediante una señal sonora, una abstracción sonora. El lenguaje representa simbólicamente objetos e ideas. Además del tigre de las llanuras surge el tigre de aire, el de la palabra que lo designa.Hace 35 mil años aparece, pues, el lenguaje, representado en alguna lengua o lenguas arcaicas, la palabra como nueva herramienta (de alcances insospechados e ilimitados) para expresar el pensamiento. Del arte hay huellas precisas que se conservan en las paredes; de la voz humana, volátil y efímera como es, no nos quedan rastros, y habría que esperar otros miles de años hasta que a algún genio desconocido se le ocurriera inventar la escritura. Pero la gran explosión de creatividad en las herramientas y la aparición del arte (esa gran muestra de capacidad simbólica) nos hace pensar que esa gran estructura de símbolos que es el lenguaje apareció al mismo tiempo.Es posible que el erectus y el sapiens arcaico tuviesen alguna forma de lenguaje, aunque no plenamente desarrollado. Quizá por desviaciones de mi oficio, pero también por las hipótesis que he leído en libros de reputados evolucionistas, creo que la aparición del lenguaje articulado fue el gran motor de la inteligencia y del desarrollo del hombre en los últimos 35 mil años. Existe una inteligencia sin palabras, un pensamiento sin palabras, eso que los científicos de la mente llaman un «mentalese»; pero conseguir la traducción a palabras de ese mentalese constituye un gran paso para transmitir y conservar la experiencia, el pensamiento y el conocimiento.La palabra ha sido nuestra gran herramienta para domesticar las ideas, para ordenar nuestro pensamiento, para conseguir llegar al razonamiento lógico explícito y al pensamiento conceptual. Con la aparición del lenguaje el hombre, por fin, puede hablar de ayer (es decir, transmitir experiencias) y puede hablar de mañana (o sea prever hasta cierto punto el futuro).Imagínense tan solo la gran ventaja que significa poder referirse a un bisonte sin tener que tener al frente al bisonte mismo. Frente al bisonte hay que correr, frente a la palabra bisonte se puede seguir sentados, alrededor del fuego de la caverna. Es una frase que repiten todos los lingüistas: la palabra bisonte no embiste, o la palabra perro no muerde. Lo útil es que antes de arriesgarse a enfrentar al bisonte, el hombre puede discutir con sus compañeros de cacería, puede afilar y sofisticar sus armas, puede representar en la cabeza (y en palabras) una simulación subjetiva de lo que hará. Remeda en el pensamiento lo que puede suceder en la realidad. Antes de intervenir en la realidad, nombra la realidad.Y así llegamos una vez más al mito de Adán nombrando las cosas. Volvemos a un grupo de hombres que habla, y quizá ahora (gracias a ciencias modernas como la paleología y la neurología) nos expliquemos un poco mejor cómo se fue llegando a esta posibilidad. Podemos imaginarnos, las palabras nos pueden llevar a hacernos imaginar, unas tribus de hombres que intercambian palabras, es decir ideas, que hablan y contestan, que deciden hablar antes de darse un garrotazo; antes de usar las lanzas afiladas discuten si puede haber otra solución. Todavía hablan, todavía no han pasado a los hechos, y aquí las palabras (creo) valen mucho más que los hechos. Dejemos a esas dos tribus discutiendo sobre si se van a agarrar a garrotazos o no. Mientras ellos discuten sigamos nosotros repasando otros aspectos de la fuerza de las palabras.Todos hemos podido comprobar algo maravilloso. En el limitado espacio de nuestro cráneo cabe, por ejemplo (y por completo) una mujer. Un ser amado se instala en nuestro cerebro y ahí está, entero, con sus cicatrices en el brazo, supongamos, con su pelo negro o rubio o rojo, con muchas de las palabras que ha dicho, su sonrisa, etc. Cabe también una ciudad, las largas avenidas de una ciudad, sus hermosos u horribles edificios, su río de aguas turbias. Mediante ideas y palabras podemos almacenar en el pequeño espacio del cerebro los ilimitados espacios del mundo.Y cabe no solo lo que de veras existe, sino incluso lo que no existe: cabe una manada de unicornios que pasta en una pradera anaranjada a orillas de un río por el que fluye vino tinto, caben tres dragones o más, uno de ellos escupiendo fuego a chorros, caben todos los dioses griegos y romanos, más todos los dioses aztecas y chibchas, caben los gnomos y las patasolas, cabe una planta que puedo inventar, la pubirna, excelente para prevenir la caída del cabello, caben todos los animales fantásticos, cabe el brazo izquierdo que perdió Cervantes. A esta capacidad de almacenar en el cerebro algo que no está presente, algo ausente, la llamamos la capacidad de representación, de evocación. De ahí provienen esos conjuros muy antiguos por los que creemos que pensando mucho en algo o en alguien podemos atraerlo. Atraer por ejemplo la lluvia concentrándonos en la lluvia, o atraer los días soleados concentrándonos en el sol.Por esta capacidad de evocación, se le teme a las palabras. La gente suelta unas palabras de desgracia (tipo: «si yo llegara a rodarme en el carro por un precipicio…») y se precipita a tocar madera, no vaya a ser que lo que dijo pueda atraer ese mal. O repite: «Que lo tape, que lo tape, que el portero lo tape». Y cree con las palabras atraer ese bien para el propio equipo y ese daño para el equipo rival. No funciona, claro que no funciona, sabemos que no funciona, pero tenemos a veces la ilusión de que evocar sea también invocar.Pero por otro lado puede ser verdad, en cierto sentido limitado, que las palabras produzcan cierta realidad (una realidad virtual). Se dice que los muertos no mueren del todo hasta que no hayan muerto los vivos que los recuerdan. En mi cabeza como en la de todo el mundo, siguen presentes -cargadas de realidad- muchas personas que ya han desaparecido, un amigo que se suicidó, otro que se mató en un accidente, otro que me mataron en un atentado. En las palabras conservamos incluso a los muertos. El eco de las palabras del poeta Ovidio, que murió en el exilio hace dos mil años, tiene todavía algo de su acento. Este es el sueño que alimenta en su tarea a muchos escritores: no morir del todo, dejar de sí al menos el eco de las propias palabras.Las palabras son el vehículo de ese poder extraordinario de la mente que consiste en imaginar, en recordar, en combinar recuerdos con imaginación. Sin ver un árbol yo puedo convocar un árbol diciendo la palabra árbol. Un botánico podría hablarles media hora de los guayacanes o sobre los almendros sin tener que traerles aquí un guayacán. Sabemos que ese árbol que yo nombro no da sombra, ni llenará jamás este suelo de flores amarillas, o de hojas secas, como los árboles reales de las haciendas de Montería. Pero las palabras luchan por atrapar la realidad. También muchos convocan a ángeles o santos para que les ayuden. Los griegos llamaban a sus dioses, les pedían servicios, y así hacen los musulmanes y los judíos y los cristianos. Intentan captar, atrapar en palabras a seres ultraterrenos. O detenerlos, mantenerlos alejados también con palabras o no pensando en ellos. No nombrando su santo nombre en vano. O diciéndole «vade retro»; aquí deben de ser expertos en diablos, así que sobre esto no me voy a extender.Volvamos, en cambio, a las dos tribus enfrentadas, con las armas afiladas, que habíamos dejado hablando. Supongamos que discutían sobre cuál de las dos podía hacer uso de un nacimiento de agua. Unos decían, «nosotros lo vimos antes», el otro grupo contestaba, «es que nosotros tenemos niños y ancianos», y los otros volvían a responder, «nosotros también tenemos niños y ancianos». Unos, más mansos, decían, «podemos intentar organizarnos para que el agua alcance para las dos tribus», pero otros decían, al oído del jefe «las lanzas de ellos tienen menos filo, los brazos de ellos tienen menos músculos, luchemos y les ganaremos y el agua será sólo para nosotros». Dejan de hablar, las palabras a veces también sirven para dejar de hablar, o para herir e incitar a la lucha. Dejan de hablar y empiezan a matarse. Los dejo imaginarse la carnicería. Es muy fácil. Es la misma que sufrimos hoy en Colombia. Sangre y más sangre.Pero, fíjense. Hubo un momento en que las dos tribus no peleaban. Un momento breve y frágil, un instante distinto. El momento frágil en que estuvieron discutiendo, intercambiando palabras. Yo quisiera poder imaginarme unas palabras tan seductoras, que distraigan tanto, en cierto sentido tan mágicas, que uno vaya olvidando de qué es que estaba discutiendo cuando hablaba. Unas palabras tan intensas que suplanten la dolorosa realidad de la disputa, que doblen la realidad hacia las inofensivas palabras.Yo sueño con unas palabras que produzcan siempre más y más palabras. Mejor dicho, me imagino un país en el que todos nos la pasemos conversando, intercambiando ideas, pensando en voz alta. Eso es lo que hace la literatura, y por qué no, también lo que hace el periodismo. Uno de mis libros preferidos enseña eso, el combate entre los cuentos y la realidad. El sultán de las mil y una noches yace cada día con una doncella distinta, y la hace decapitar al amanecer. En cada una de estas vírgenes que dejan de serlo se venga de la traición que le jugó su esposa. Hasta que llega Sheerezada y es capaz, con los cuentos, de postergar la sentencia, de suspender la violenica. Eso es lo que hacen los cuentos y lo que hacen las palabras: postergan, hacen más larga y llevadera la ineludible sentencia de la muerte que todos llevamos dentro. Los felicito por dedicar esta semana al más maravilloso de los inventos humanos: la palabra.