Sábado, 18 de noviembre de 2017

Álvarez de Miranda: 264 formas de
decir «gracias»

09/06/2011
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El PaísComo a los individuos, también a las instituciones les llega el momento de ponerse a la altura de las circunstancias. El 5 de junio de 1941, dos años después de terminada la Guerra Civil, la Real Academia Española recibió una orden del Gobierno de Franco. En ella se daba de baja a los académicos que habían partido al exilio, entre los que estaban Niceto Alcalá-Zamora, Tomás Navarro Tomás y Salvador de Madariaga. La RAE se dio por «enterada» pero se negó a ejecutar la depuración.Fue la única institución del Estado que se atrevió a hacer algo así, hasta el punto de que guardó su silla a los desterrados. Algunos murieron en el exilio y no pudieron volver a ocuparla. Otros, como Madariaga, elegido en mayo de 1936, tardaría 40 años en tomar posesión de su plaza. Lo hizo en abril de 1976. «Se cerraba así, definitivamente, una anomalía histórica que la Academia había atravesado con impar sentido de la decencia», ha dicho esta tarde el filólogo Pedro Álvarez de Miranda (Roma, 1953) en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, durante un acto presidido por el Ministro de Educación, Ángel Gabilondo.La de los exiliados ha sido solo una más de las muchas historias que Álvarez de Miranda ha relatado durante una alocución titulada En doscientas sesenta y tres ocasiones como esta en alusión a las veces en que los académicos que le han precedido leyeron sus propios discursos. Aunque la institución se fundó en 1713, solo en 1847 se instauró la costumbre de que los nuevos miembros pronunciasen unas palabras durante una sesión abierta al público. La costumbre ha generado toda una retórica y el mismo Álvarez de Miranda se ha ceñido a ella antes de analizarla.Así,ha dado las gracias, ha elogiado la figura de su predecesor en el sillón Q (Carlos Castilla del Pino) y se ha lanzado a repasar una parte de la historia de su nueva casa. Con una mezcla de erudición y llaneza, emoción y sentido del humor, el catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid y director de la nueva edición del diccionario de la RAE ha recordado cómo el perfil conservador -en lo ideológico y en lo lingüístico- de una academia decimonónica llena de próceres y políticos dio paso en 1925, con Menéndez Pidal, a una mayor presencia de filólogos y profesionales.Además de analizar la continuidad de una historia de casi tres siglos, el nuevo académico ha calificado la colección de alocuciones de ingreso como un «monumento de la prosa expositiva en lengua española» en la que, junto a obras maestras como la de Galdós sobre el realismo, no faltan las extravagancias. Así, si Zorrilla y García Nieto escribieron sus discursos en verso, Pérez de Ayala, Antonio Machado y Unamuno no llegaron a leer los suyos por desinterés o porque no terminaban de «verse académicos». Si Benavente no lo hizo fue por superstición: pensaba que el ingreso en la RAE no traía la inmortalidad sino la muerte.