Jueves, 23 de noviembre de 2017

Cómo la Academia elabora un
diccionario

30/05/2011
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Ignacio Peyró, La Gaceta.« Si junto a la biblioteca tienes un jardín» , escribe Cicerón, « ya no has de echar en falta nada» . En la media mañana de un día de primavera, la sede de la Real Academia en el madrileño barrio de Los Jerónimos parece el lugar entrevisto en sueños para llevar a cumplimiento esa vieja aspiración clásica, ese retiro entre libresco y erudito que, si no da la felicidad, al menos da el sosiego del espíritu. Suena Mahler en la programación de Radio Clásica y por los ventanales se transparenta un Madrid en su mejor color azul y acacia. Pocos sitios más favorables, pocas horas más propicias para esa otra vieja pasión: hablar de libros.Porque a la Academia hemos venido a hablar de libros o, por concretar más, hemos venido a hablar de un libro: de ese Diccionario (DRAE) que — desde 1726, década y media después de la fundación de la Española— ha servido para vender el éxito de sus veintidós ediciones, para erigirse en referencia de consulta de todos los hispanohablantes e incluso para pagar la construcción del palacete que hoy acoge la institución. Con todo, si para algo ha servido el Diccionario a lo largo de su historia, es para dar su razón de ser a la Academia, porque « si somos académicos es, fundamentalmente, para elaborar el Diccionario» .Quien así se expresa es Darío Villanueva, y sus palabras resuenan con poso institucional y gravedad histórica en un caserón en el que, no en vano, nos mira a cada paso una estatua de Quevedo, un fresco de Lope o una inscripción que rinde su tributo a Nebrija. Filólogo insigne, secretario de la Academia — es decir, número dos— y encargado de la Comisión Delegada por el plenario académico para la revisión, actualización y reelaboración de la magna obra lexicográfica, Villanueva es un hombre fino, susurrante, de maneras bien templadas, con aquella oblicuidad que se suele atribuir a los gallegos y una dicción de alta escuela: con corrección pero sin prurito, con un asomo arcaizante pero sin pedantería.Por un momento, se hace extraño pensar que un catedrático como él, capaz con toda seguridad de inspirar temor reverencial en sus alumnos, se tome todo el tiempo del mundo para explicar los pormenores y entresijos del DRAE. Pero algo tendrá que ver el espíritu de minuciosidad con que aborda la explicación para dar razón de su cargo. Al fin y al cabo, como se apresura a indicar Villanueva, los tiempos del Diccionario están pautados como un metrónomo: la Comisión de siete personas que coordina la elaboración « funciona siempre nueve meses al año, de octubre a junio, a un ritmo de cinco horas semanales» .Actualmente, a la Comisión, que recibe muy avanzados los trabajos, le esperan cinco semestres de labor hasta dar el níhil óbstat a una vigésimo tercera edición que sustituirá a la del año 2001. La magna obra lexicográfica ha de estar lista en la primavera de 2014, para tener presencia en librerías a partir del otoño de ese mismo año, en coincidencia con los fastos del tercer centenario de la Academia. El largo desfase temporal entre el punto final de la obra y su distribución en el mercado se debe a que los trabajos de edición y corrección son arduos, inmensos: un diccionario académico no es lugar para erratas.Si los tiempos del DRAE están pautados, sus procesos conocen un engranaje que tiene algo de los mecanismos de complicación de la relojería. Así, la Comisión Delegada, que cuenta con la asistencia perpetua del director de la Academia, José Manuel Blecua, repasa las definiciones o lemas de la obra por campos semánticos — Villanueva indica que ahora mismo están repasando los ismos artísticos y las palabras que tratan sobre retórica— . A su vez, la Comisión se apoya en su quehacer en la labor previa de un equipo de unas 80 personas, entre las casi cuatro docenas de miembros de la RAE — todos activos, conforme y según, en la elaboración del Diccionario— y grupos de lexicógrafos e informáticos que nutren los trabajos de la institución a partir del llamado Banco de Datos del Español.A estos eruditos, que trabajan en un edificio de la madrileña calle Serrano, frente al CSIC, no les falta tarea: cada año, según informa el secretario, se incorporan 25 millones de registros léxicos al Corpus del Español del Siglo XXI (Corpes), una base de datos que fusionó en el año 2000 el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA) y el Corpus Diacrónico — léase histórico— del Español (Corde). En diciembre del año pasado, las bases de datos académicas almacenaban 500 millones de registros, es decir, de palabras en sus distintas acepciones y utilizaciones, todas ellas convenientemente documentadas. Son palabras que tienen los orígenes más diversos, radio, prensa escrita, televisión, habla popular, alta y baja literatura, pero con un rasgo que define los actuales intereses de alcance panhispánico de la Academia: si hasta el año 2000, el 70% de los nuevos registros provenía del español peninsular, ahora es el español de las Américas el que alcanza esa cuota de primacía.En todo caso, la palabra que quiera llegar hasta el Diccionario académico no lo tiene fácil: tal y como explica Villanueva, una vez cohonestada la existencia de una nueva acepción o una nueva voz, esta se ve sometida a « una cuarentena de seis años» sin otro propósito que el de observar su arraigo en la realidad de los hablantes o, por el contrario, el abandono de su uso. Con todo, existen excepciones: si hay numerosos anglicismos y si hay un abundante lenguaje técnico de pronta caducidad, también se dan fenómenos que requieren de rápido debate. Es el caso de la palabra « tableta» , arraigada ya con fuerza entre los usuarios de nuevas tecnologías y rumbo a su inclusión en la vigésimo tercera edición del Diccionario. Otro ejemplo: la palabra « pagafantas» está actualmente en controversia.En realidad, la edición del Diccionario articula de tal modo la vida académica que puede decirse que todos los trabajos de la institución se refieren de alguna manera o tienen por fin el Diccionario: cada jueves, antes del pleno — que nunca dura más de hora y media— , cinco comisiones de académicos, con la asistencia de un lexicógrafo en todas ellas, van revisando los lemas del DRAE por distintas áreas: ciencias sociales y humanas, vocabulario científico— técnico, etcétera. Y ya en el plenario académico, cuando el director afirma que ha llegado el momento de « papeletas» , los asistentes expresan su parecer y, si acaso, plantean modificar o suprimir las palabras que han venido repasando. A partir de ahí, y en un procedimiento que convierte en minucia los miramientos y cautelas a la hora de aprobar una ley, el plenario remite de nuevo los trabajos — las palabras por aprobar, por modificar o por suprimir— a la Comisión, con plenos poderes, de la que es secretario Villanueva.Como fuere, la Academia que en los últimos años ha publicado una Gramática, un Diccionario Panhispánico de Dudas, un Diccionario de Americanismos y una Ortografía razonada con vocación de servir a 500 millones de hablantes de español no puede permitirse el solipsismo. De ahí que toda enmienda, adición o sustracción que se prevea realizar en el Diccionario requiera, de modo necesario, de la expresión del parecer de las otras 21 Academias de la Lengua que — de Perú a Filipinas, pasando por Estados Unidos— contribuyen a la vieja tarea de limpiar, fijar y dar esplendor al idioma. « Con los medios técnicos actuales» , explica Villanueva, « esto apenas ralentiza el proceso» . El proceso, en cambio, puede ralentizarse — no siempre para mal— por la intervención de instancias externas: grupos de interés que buscan matizar o imponer un significado, espontáneos de buena voluntad que señalan alguna imperfección. La Academia, en el mismo tenor del DRAE, agradece estas aportaciones.Y bien, ¿ cuál es el resultado final? ¿ Por qué comprar el DRAE y no el diccionario de María Moliner, el de Manuel Seco, el de Julio Casares? Darío Villanueva alude a la histórica vocación de excelencia del volumen académico, que ya en el siglo XVIII — como Diccionario de Autoridades— logró mejor reputación filológica que sus contrapartes italiano y francés. Asimismo, el número dos de la Academia insiste en que personalidades relevantes de la lexicografía contemporánea — la propia Moliner o el mismo Seco— hicieron sus aportaciones en las distintas ediciones del Diccionario.Sin embargo, lo más determinante es que « son los propios hispanohablantes los que lo han convertido en referencia: la adhesión al DRAE, en España e Iberoamérica, es enorme» . Y, al margen de lo que Villanueva no duda en calificar de « valor monumental e institucional» , figura otro dato de importancia: el hecho de que « el Diccionario académico no promueve ninguna noción lingüística, tan sólo recoge los usos», lejos, pues, de las tentaciones normativas. Por otra parte, en comparación con otras obras egregias de la lexicografía española, más allá de la incomparable base documental de que parten los académicos, estos tienen a su favor la continua actualización a que se ve sometida su obra magna, en tanto « hay que actualizar el diccionario para que sea vigente: el idioma está vivo, y más el español» . Súmese a esto que, siendo como es un diccionario de uso, válido para el docto y para el menos docto, el DRAE arroja también una mínima mirada hacia la etimología — la procedencia de cada palabra— y el empleo histórico de la misma, del siglo XV en adelante. Como fuere, el Diccionario de la Real Academia tiene su verdadera fortuna en el idioma al que sirve: esa lengua española que, en palabras de Darío Villanueva, mantiene una « rara y feliz unidad» de Andalucía a la Pampa y de Guinea Ecuatorial al estado de Florida.