Sábado, 22 de septiembre de 2018

Fondebrider: “Sin libros traducidos somos más pobres”

27/03/2018
Silvina Friera

El traductor Jorge Fondebrider

La traducción literaria es (casi) tan necesaria como el aire que respiramos. El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, creado por Jorge Fondebrider y Julia Benseñor, comienza su décima temporada hoy, martes 27, con una charla sobre “Opera y traducción” a cargo del director teatral Marcelo Lombardero, en la Biblioteca de Goethe-Institut (Corrientes 343), con entrada libre y gratuita. “Diez años del Club son un motivo de alegría, sobre todo porque ha servido para que los traductores nos conociéramos mutuamente mejor, supiéramos cuáles eran nuestros desafíos, deberes y derechos y, juntos, le explicáramos a la sociedad las razones e importancia de nuestro trabajo. 

A esta altura, hay que ser muy necio para no entender que sin traductores no hay libros traducidos. Y que sin libros traducidos somos mucho más pobres”, plantea Fondebrider a PáginaI12. “Lombardero es uno de los más importantes directores de ópera y teatro de la actualidad, además de ser alguien muy sensible a la traducción de los textos, algo que ya se vio cuando dirigió el Teatro Colón y el Teatro Argentino de La Plata”, agrega el escritor y traductor.

El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires empezó a reunirse en unas oficinas que ofreció Julia Benseñor, la cofundadora, allá por 2009. “Ese mismo año, Ricardo Ramón, entonces director del Centro Cultural de España en Buenos Aires, nos brindó su hospitalidad y estuvimos allí siete años –repasa Fondebrider–. Cumplido ese ciclo, Uwe Mohr y Carla Imbrogno nos permitieron trabajar en la Biblioteca del Goethe-Institut. Por el club pasaron traductores, escritores, historiadores, científicos, editores, actores y directores teatrales y toda la gente sensible a los problemas que involucran la traducción, el estado de la lengua –una de nuestras principales batallas, dada la ridícula avanzada imperial española– y el mundo editorial. 

Desde Piglia, Beatriz Sarlo, Elvio Gandolfo y Alan Pauls, pasando por Marilú Marini, Rafael Spregelburd e Ingrid Pelicori, hasta los mejores traductores argentinos, consagrados y nóveles, estuvieron con nosotros y siempre en pie de igualdad. Hemos realizado tres simposios internacionales, un gran homenaje a Georges Perec, otro a James Joyce, seminarios con autores y traductores de otros países. Todos juntos hemos trabajado para hacer que la traducción tenga hoy la dignidad que merece”. Los próximos invitados serán Gustavo Guerrero, profesor en l’Ecole Normale Superieur de Francia y director del sector de castellano de la editorial francesa Gallimard, y el escritor Juan Villoro. “Estamos trabajando con la gente del Goethe-Institut en una mesa de traducción alrededor de la figura de Karl Marx, de quien se cumplen 200 años de su nacimiento”, anticipa Fondebrider.

¿Qué desafíos enfrenta el oficio de traductor en este siglo XXI?

“Antes de pensar en la traducción, pensaría en el estado de la cultura en general –advierte Fondebrider–. Por ejemplo, dado que Penguin Random House y Planeta se reparten más del 50 por ciento del mercado editorial de la lengua, me preguntaría si la bibliodiversidad es una especie en extinción antes que preocuparme por los traductores. Sin hablar, claro, de la falta de inversión en favor del ‘emprendedurismo’ o como se llamen esas fealdades. Los traductores hemos estado siempre allí, sin ser tenidos demasiado en cuenta, arreglándonos para sobrevivir las muchas crisis y la mucha mayor estupidez”. 

El proyecto de Ley Nacional de Protección de la Traducción y los Traductores –que presentaron hace tres años un grupo de traductores encabezado por Estela Consigli, Lucila Cordone, Griselda Mársico, Andrés Ehrenhaus y Pablo Ingberg–, apoyado por más de 1300 escritores, docentes e investigadores como Marcelo Cohen, Horacio González, Beatriz Sarlo, Martín Kohan, Germán García y Hebe Uhart, entre otros, “encontró oposición de algunas editoriales con poder de lobby, fue malinterpretado por grupos de traductores generalmente ajenos a la traducción literaria, les pisó los juanetes a los que viven de cacarear las bondades de la enseñanza de la traducción –su negocio, claro– y sufrió los arrebatos personalistas de algún traductor que quiso llevarse los laureles del caso”, resume Fondebrider. 

“Las intenciones de tener una ley están y hay gente que trabajó muchísimo para sacarla adelante. Hasta ahora no se pudo. Así como en España se asocia la lengua a la marca país y se la trata como commodity y fuente de ingresos –sistemas de aprendizaje, gramáticas, diccionarios, libros en general–, habría que pensar el papel que les cabe a los traductores como participantes necesarios de esa posibilidad. Es un tema de naturaleza política. Los políticos de todos los partidos deberían estar a la altura y por ahora no lo han estado”.