Domingo, 25 de junio de 2017

El caló, la lengua de los gitanos de España

19/12/2016
Alejandro Luque

«Mothov manqe:/ Vi o korkoripen ka avel les pesqo agor?/ I xarr ka avel lesqo agor?». Son palabras de José Heredia Maya, añorado profesor de Literatura de la Universidad de Granada, que además de impulsar espectáculos flamencos memorables quiso escribir poesía en la lengua de su pueblo, el gitano: «Dime:/ ¿Tendrá la soledad también su límite?/ ¿Será su límite el abismo?».

Estos versos forman parte del libro Penar Ocono, publicado por Huerga & Fierro en 2011: uno de los pocos poemarios bilingües caló-español que pueden encontrarse en nuestro país. Algo llamativo en un país en el que lo gitano forma parte esencial del imaginario nacional, y cuyo lenguaje se nutre notablemente del vocabulario originario de esta etnia.

El caló es una lengua que se presenta como una españolización del romaní (descendiente, a su vez, del sánscrito), pero que los lingüistas no consideran como tal, dado que no conserva la gramática de aquél. Nicolás Jiménez, uno de los expertos en la materia, habla de pogadolecto. La mayor parte del vocabulario del caló es indo-aria, pero la estructura y la sintaxis corresponden al castellano.

Según MSur, web especializada en culturas mediterráneas, «las estimaciones sobre el número de hablantes del caló llegan hasta los 300.000, pero sin definir la fluidez o el empleo del idioma en la vida diaria, y probablemente se refieran más al uso de un castellano con fuertes influencias de vocabulario caló que al uso de un caló puro», afirma. Otras cifras oscilan entre 65.000 y 170.000 hablantes, repartidos entre España, Francia, Portugal y Brasil. De hecho, los lingüistas distinguen entre varios subdialectos, como el caló español, el catalán, el occitano –ya extinto–, el vasco o erromintxela, el portugués, el angoleño y el brasileño.

«Esa es una de nuestras grandes batallas», comenta Cayetano Fernández, antropólogo que se ha ocupado extensamente del tema. «Se habla de que en España hay 650.000 gitanos, pero desde los años 80: si todas las encuestas afirman que los gitanos tienen una tasa de natalidad mayor que la del resto de los españoles, ¿cómo se explica que esa cifra se mantenga hasta hoy?».

Otra de los frentes de los estudiosos ha sido el rechazo a los diccionarios del siglo XIX como «no fiables y llenos de manipulaciones», comenta Fernández. «Estaban llenos de recreaciones hechas desde el castellano, con una perspectiva exotizante. Llegaban a traducir por separado cosas como ago y sto para traducir agosto, o arti y culo para artículo. Un desastre».

Así, el reto de los especialistas ha sido hacer trabajo de campo por todo el territorio nacional, «atendiendo sobre todo a personas de mayor edad, pero no solo: a veces, sobre todo para los oficios tradicionales, los jóvenes tenían un léxico mayor».

Una de las sorpresas habituales de quienes ignoran la penetración del caló es descubrir numerosas palabras de uso corriente en castellano que proceden del habla gitana, más de 200: gachó, menda, gili, chalao, chalar, chipé, canguelo, mangar, chanelar, cate, pinrel, chunga... Por no mencionar otras tan corrientes como chaval, currar o camelar, éste último emparentado con el sánscrito kama, amor. En cuanto al conocido vocablo payo, usado a menudo para denominar a los no gitanos, no todos saben que su uso es peyorativo –podría traducirse como campesino rudo e ignorante– frente al más correcto gaché o gachó. «Ha sido una convivencia entre una minoría y una mayoría», prosigue Fernández, «y los prejuicios y estereotipos han modificado el sentido de muchas palabras. Por ejemplo, pirar era caminar, pero un pirado ha terminado siendo un loco; y mangar era pedir, e incluso en ciertos dialectos era un verbo usado para decir te quiero».

Tampoco pasa desapercibido el hecho de que a través de las letras flamencas, los no gitanos han podido familiarizarse con no pocos vocablos del caló, desde Undibé (Dios), lache (vergüenza), naquerar (hablar) o duquelas (padecimientos).

Licenciado en Sociología, Nicolás Jiménez González trabaja actualmente en el manual para el aprendizaje del romanó estándar Sar San? (¿Cómo estás?), impulsado por el Instituto de Cultura Gitana, y se encuentra diseñando un plan de formación para monitores que puedan impartir este método en las escuelas con presencia de alumnos gitanos. «Puedo afirmar que el caló está en peligro de extinción puesto que ha perdido su capacidad para comunicar», afirma Jiménez, quien defiende que «la diversidad es riqueza y el aprendizaje del romanó también es un derecho». Incluso está en marcha la traducción al romanó de El Quijote, un proyecto de la asociación Presencia Gitana.

«Siempre se habla del fracaso de los gitanos, sin pensar que no son incluidos como sujetos en el desarrollo curricular. Y si quieres aprender romanés, tienes que irte a París. Ni siquiera existimos como pueblo, a pesar de ser ciudadanos de este país desde hace seis siglos. Hay un proceso de expulsión de los gitanos desde la educación primaria a la Universidad: el reconocimiento de nuestra lengua es, también, un reconocimiento político», denuncia Cayetano Fernández. «No somos la única lengua minoritaria de este país, pero otras han tenido respaldo político y la nuestra no».