Sábado, 18 de noviembre de 2017

Cuando en América se hablaba sevillano...

15/09/2016
Patricia Delgado

Expertos señalan que el habla de la ciudad más importante de España en el siglo XVI pudo dar origen al castellano latino que posteriomente continuó extendiéndose y ramificándose.

Aun aceptando que la influencia del habla sevillano sobre el español de América ha provocado (y lo seguirá haciendo) cierta polémica siempre, en la actualidad es difícil negarla. De hecho, parece que hay los suficientes indicios como para afirmar que, desde una perspectiva histórica,  es la norma lingüística sevillana la que se extiende a América y no otra.

La enorme relevancia política, comercial, económica y cultural de la que disfrutaba Sevilla en ese momento (especialmente en el siglo XVI, cuando era la ciudad peninsular más importante de España) dio lugar a que sus usos lingüísticos adquirieran una gran reputación y propiciara la expansión de un español renovador y con mayor empuje social.

Respecto a ello, incluso hay autores que se atreven a afirmar que la diversidad de normas del español se reducen únicamente a dos: la castellana y la sevillana, y es ésta última la que viaja al otro lado del Océano, ya que Sevilla tenía el privilegio de ser puerto de entrada y salida hacia los territorios americanos.

Y esto se produce no solamente por la importancia histórica de Sevilla en esta época, sino también por una cuestión demográfica, ya que la mayoría de los colonizadores del Nuevo Mundo provenían de Sevilla y otras partes de Andalucía y algunos de ellos, a pesar de proceder de otros lugares de España, pasaban un largo tiempo en la ciudad sevillana antes de embarcar hacia tierras americanas, por lo que adquirir el acento les resultaba inevitable.

Entre las diferencias de la norma sevillana y la variedad americana destaca el seseo, fenómeno que se identificó desde el primer momento con el habla urbana de Sevilla y adquirió un enorme nivel lingüístico, aunque en lo que marcó fundamentalmente la diferencia el español de Sevilla fue en la voz, la entonación, el ritmo, el léxico, es decir, el aliento en definitiva. Así, no se diferenció demasiado en la morfología, ya que la sintaxis no experimentó importantes cambios.

Ya lo decía Manuel Machado, “en Andalucía, y  sobre todo en Sevilla,  se habla  el mejor castellano, el más rico y sabroso castellano del mundo". Y aunque solemos considerar ese "mundo" como el centro y norte peninsular, debemos extenderlo más allá, a esa América donde viven nueve de cada diez de los más de 400 millones de hablantes que lo tienen como idioma común y propio.

Entre ellos no extraña escuchar e incluso leer  que los andaluces deberían enorgullecerse de hablar ese español con tanto ingenio, gracia y viveza.

Para un colectivo como es el andaluz, con un arraigado sentimiento de inferioridad lingüístico, tanto interno como externo, resulta cuanto menos complejo encajar dos apreciaciones tan diferentes que no hacen sino aumentar la singularidad de nuestra habla.

Y es que en definitiva, el hecho de definir el andaluz y, en el caso que nos ocupa, el sevillano, como un castellano mal hablado es fruto de un problema de perspectiva, ya que muchos expertos consideran que simplemente es una forma diferente de hablarlo.

Polémicas sobre la teoría andalucista aparte, lo que parece claro es que tanto la conquista como la población de América se harían (al menos en un primer momento y en su mayoría) en “castellano sevillano”, con las facilidades y ventajas articulatorias que conllevaba, en una época en la que el prestigio de Sevilla no tenía competencia.

Y aunque lógicamente, en América se fueron introduciendo poco a poco sus propias variables lingüísticas que han hecho que, a día de hoy, resulte (en muchos aspectos) diferente al español de la Península, parece que los expertos coinciden en su mayoría en que el habla de Sevilla lo nutrió de base, aunque, como en todo, lo que más interesante resulta es la interrelación e influencia que se ha producido entre uno y otro a posteriori.