DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS



Los idiomas no se rigen por cánones lógicos. Así, sabemos que arre es una voz de estímulo que se da a las caballerías, y que jaque es un ataque al rey en el juego de ajedrez; pero arrejaque no es una voz para estimular a los caballos de ajedrez a que ataquen al rey. Similarmente, pequeñas e inocentes variaciones producen cambios inesperados de significado, y vemos por ejemplo que un tipo de plomo, pieza metálica móvil antiguamente usada en imprenta, no es lo mismo que un plomo de tipo, y que un mundo inhumano no es de ninguna manera equivalente a un humano inmundo.


Pero más irritante todavía es que el argentino no sólo no ocupe la posición de idioma mundial que por su riqueza insultiva le correspondería, sino que ni siquiera se lo reconozca como idioma autónomo. Aparentemente el argentino sería lo mismo que el español, del cual ni siquiera se podría considerar un dialecto diferenciado.

¿Quiénes sostienen tal barbaridad? Básicamente, las personas cuyos puestos de trabajo dependen de mantener esa ficción. Los miembros de la Real Academia Española serían mucho menos prestigiosos y serían invitados a infinitamente menos congresos si el idioma sobre el que legislan abarcara sólo a 40 millones de hablantes peninsulares (30, si descontamos los hablantes de catalán, gallego y vasco) en lugar de los 300 millones que habitan lo que ellos paternalistamente llaman Mundo hispánico.

Pero los hechos se encargan de desmentirlos. Un argentino puede decirle a su interlocutor español que labura en la Muni y que para ahorrarse las combinaciones en el subte vino manejando y tuvo que estacionar sobre el cordón de la vereda; a lo cual su interlocutor español le puede replicar que curra en el Ayuntamiento y que por evitarse las correspondencias en el metro vino conduciendo y tuvo que aparcar sobre el bordillo de la acera. Después de eso, ambos se pueden quedar reflexionando sobre qué distintas son sus vidas, a menos que un intérprete allí presente les informe que uno y otro dijeron exactamente lo mismo.

Se cifra en 2600 las palabras argentinas que dejan a los españoles con la mandíbula por el subsuelo. Muchos idiomas tienen un caudal léxico bastante menor que eso. Alguien puede sostener —los capitostes de la RAE lo hacen— que el castellano tiene 90.000 palabras, y que en ese contexto 2600 términos diferentes son relativamente pocos. Se trata de una triquiñuela de los académicos. Sus datos son rigurosamente exactos; pero lo que no nos dicen es que el español y el argentino coinciden en palabras como narrio, gules o arrejaque, mientras que difieren en la manera de nombrar al zapallo [calabaza], al poroto [judía], a la arveja [guisante], al balde [cubo], al barrilete [cometa] o aun a la computadora [ordenador] o al telgopor [poliexpand]. En otras palabras, coinciden en los vocablos que nadie sabe lo que quieren decir, y se diferencian en los que se usan día a día.

Para aquellos españoles sensatos que reconocen que se trata de idiomas diferentes, compuse este pequeño diccionario de 350 palabras. No es que sean las únicas en que el español y el argentino son diferentes; simplemente se trata de las 350 palabras que normalmente uso, todas ellas, casualmente, diferentes de las que emplearía un español. Pero solicito que si alguno de mis lectores peninsulares conoce otras voces que se puedan incorporar a este diccionario, me las mande por correo electrónico en un archivo... perdón, en un fichero. ¡Ya empezamos!

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