Domingo, 19 de noviembre de 2017

Ministra española desata polémica con palabra "miembra"

19/06/2008
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Diario UnoLa palabra "miembra" es una incorrección. No figura en el diccionario de laReal Academia Española, que fija la norma. Proferirla es una "estupidez",una "sandez" y una muestra de "feminismo salvaje", según Javier Marías,Fernando Savater y Juan Manuel de Prada. Pocas veces un error gramatical-con o sin intención- desató tales diatribas contra una miembro del gobierno español,como le está ocurriendo a Bibiana Aído, la primera ministra de Igualdad dela historia de España. "Palabras como guay o fistro no tuvieron tantadificultad para ser incorporadas al diccionario. Puede haber una cuestión demachismo de fondo", se quejó la ministra días después en una entrevista enla que cometió otro error: la palabra fistro no figura en el diccionario. El feminismo y la gramática española no se llevan bien. Viene de antiguo."El lenguaje está creado por el hombre, para el hombre y tiene como objetoel lenguaje del hombre", sostiene la filóloga Pilar Careaga, autora de laobra El libro del buen hablar. Una apuesta por un lenguaje no sexista. Lasmujeres se quejan de que no existen si no son nombradas, o que sólo figurande forma peyorativa en un sistema lingüístico creado en sucesivas etapas dela historia en las que lo femenino no pintaba nada. La igualdad es tanreciente como que las españolas lograron el derecho a votar en 1931,mientras que los varones lo obtuvieron por vez primera en 1890. Losguardianes de la lingüística lo encuentran absurdo. "No tiene sentido pensarque la gramática está contra los hablantes. No es verdad, pero en laslenguas romances el masculino es el término no marcado", tercia el académicoIgnacio Bosque. ¿Se puede decir "miembra"? Ya quedó dicho que no, que la RAE considera alsustantivo "miembro" como un nombre común en género, esto es, un términoambidiestro, que sirve para unas y otros (las miembros, los miembros). Untransformista que se feminiza o masculiniza según el contexto. Claro que nosiempre fue así. Hasta 2005, la palabra "miembro" era considerada por laAcademia un epiceno, un nombre asexuado, sin femenino ni masculino, como"víctima", "bebé" o "criatura". Conclusión: las cosas cambian. Hasta el académico Salvador Gutiérrez, catedrático de Lingüística General dela Universidad de León, concedió en plena tormenta que lo que hoy suenaperegrino, mañana puede ser norma si la población comienza a utilizarlo. "Lalengua es el organismo más democrático que existe en el mundo", declaró. En esa evolución de las lenguas están de acuerdo todos. En que lo hacenatendiendo a patrones de la calle, también. "No se puede emitir lenguaje conBOE, el lenguaje se crea todos los días y hay palabras que triunfan y otrasno", sentencia Careaga. Como triunfó "rebeca" para designar a las chaquetasde punto sin cuello que vestía la protagonista de la película que dirigióAlfred Hitchcock a partir de la novela de Daphne du Maurier Rebeca. "Laspalabras van cambiando, pero no se puede hacer por decreto ni pedir a laAcademia que las cambie. La Academia refleja la realidad", sostiene Bosque,que coordina los trabajos para la nueva gramática, que sustituirá a lavigente desde 1973 (en realidad, un esbozo de la aprobada en 1931). Uncapítulo de la obra se dedicará íntegramente al género. Hay filólogas, con años de experiencia en el estudio del sexismo en ellenguaje, que sí defienden el uso de la palabra "miembras". "¿Era incorrectodecir abogada antes de que la palabra estuviese en el diccionario de laRAE?", interpela retóricamente Eulalia Lledó. "No", contesta, "la correcciónen la lengua no es un valor absoluto. Y no veo nada en contra de lacorrección de la palabra miembra". El Instituto de la Mujer, en su proyecto nombra.en.red, una base de datospara promover la escritura en femenino y en masculino, acepta laclasificación del diccionario de la RAE. Pero no exclusivamente: "No podemosignorar que son cada vez más las hablantes a las que les gusta denominarsemiembras, en contra del criterio de la Academia. Entre las alternativas quesugerimos, se cuentan también aquellas que consideran la posibilidad de quela palabra miembro pase a ser de doble género, femenino y masculino". Cuando esto lo ha asumido la ministra Aído, en un guiño a las organizacionesde mujeres que luego trató de rectificar y de nuevo reivindicar, la Academiase soliviantó. Lo de miembras disgusta hasta a las miembros. "Me pareceincreíble que una ministra tenga tan poco rigor, lo encuentro ridículo ynegativo. La Academia no inventa, es un notario", sostiene Ana María Matute,la única escritora que pertenece a la institución. La historiadora CarmenIglesias y la científica Margarita Salas son las otras dos mujeres que sesientan en la Academia, donde el 93% son hombres. "No cambiaría con más mujeres en la RAE. Hay personas que defienden loscupos y otras, no. Lo importante es dar igualdad de oportunidades y que lospuestos se hagan en condiciones de igualdad", asevera el académico IgnacioBosque. Distinta es la opinión de Pilar Careaga: "Cambiaría con el 50% deacadémicas. Pero ocurre que tres varones proponen a alguien que tiene queser aprobado por una corporación varonil. ¿Es que Almudena Grandes y MarujaTorres son peores que Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte?". Para lafilóloga, el crédito de la institución está en entredicho por decisionesactuales y por exclusiones históricas: "Se califica a sí misma una Academiaque no fue capaz de acoger a María Moliner, la lexicógrafa por excelencia".Moliner falleció en 1981, tres años después de que fuese admitida la primeraacadémica: la escritora Carmen Conde. La última persona en ingresar en la RAE ha sido el escritor Javier Marías.Días antes, publicó un artículo en este periódico que tituló: "No esperenpor las mujeras". Y decía así: "Es absurdo, además de dictatorial, quediferentes grupos -sean feministas, regionales o étnicos- pretendan, oincluso exijan, que la RAE incorpore tal o cual palabra de su gusto, suprimadel diccionario aquella otra de su desagrado, o "consagre" el uso decualquier disparate o burrada que les sean gratos a dichos grupos". Concluíaseñalando que no pueden borrarse vocablos por mucho que disgusten ahora aloído, como "judiada", porque ha existido y se halla en textos clásicos. Ante palabras cargadas de prejuicios, Eulalia Lledó no propone la supresión,sino la incorporación de una nota pragmática aclaratoria. El diccionariorecoge las palabras que la sociedad crea, pero también consagra los usoslingüísticos correctos. "La RAE debería haberse puesto a la cabeza y no irdetrás del proceso de cambio que vivimos. Las palabras tienen que estar alservicio de las personas y no al revés", considera Antonio García, fundadorde la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género (Ahige). El sexismo del lenguaje comenzó a combatirse a nivel internacional a partirde la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en México en1975. No es exclusivo de las lenguas latinas. "Hay parámetros sexistas yandrocéntricos universales, pero en cada lengua se manifiestan de distintamanera", indica Lledó. Incluso el inglés, citado a menudo como un ejemplo libre de carga sexista,ha recibido la presión de movimientos sociales en los setenta y los ochentapara eliminar prejuicios. Deborah Cameron, profesora de Lengua y Comunicación en la Universidad deOxford, pone el ejemplo de la palabra fireman (bombero), gestada a partir dela palabra man (hombre), que ha sido reemplazada con el término firefighter.Cameron advierte de que los vocablos sexistas perviven en distinto grado enel lenguaje cotidiano y en los periódicos. Y concluye: "Las institucionespueden legislar sobre el lenguaje, pero las reformas sólo funcionan si lamayoría de los hablantes las aceptan. La gente nunca consulta a lasautoridades antes de abrir la boca".