Domingo, 19 de noviembre de 2017

Margaret Atwood, premio Príncipe de Asturias de las Letras

26/06/2008
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Por Mercedes Monmay, ABCNarradora, poeta, crítica literaria, ensayista, profesora universitaria e incansable defensora de los derechos civiles, implicada en los más diversos frentes abiertos de nuestra era, desde la ecología y la salud del planeta al desarme o la lucha por la igualdad de hombres y mujeres, la canadiense Margaret Atwood (Ottawa, 1939) comenzó muy pronto a escribir, a los 16 años, y lo hizo con un género, la poesía, que es el que menos la ha dado a conocer a lo largo y ancho del mundo, donde es la admirada novelista, o narradora en su más amplio espectro, de éxitos incesantes y tan rotundos como El cuento de la criada, Los diarios de Susanna Moodie, Ojo de gato, Resurgir, Doña Oráculo, Alias Grace o El asesino ciego. Irónica, en huida permanente de los clichés así como del encorsetamiento teórico y doctrinario, intelectual dotada de gran agudeza crítica y descriptiva, sanamente lúcida, chispeante y siempre ingeniosa tanto en entrevistas como en ensayos o artículos, además de en su obra de creación propiamente dicha, Margaret Atwood es conocida por obras en las que sus protagonistas tienen que enfrentarse a menudo con una variada confabulación de fuerzas de la realidad.Unas fuerzas que operan contra ellos y que van desde Estados futuros y tiránicos -en obras de ciencia-ficción o pesadillas apocalípticas-, mecanismos del poder desencadenantes de todo tipo de injusticias, verdugos de la infancia, normas sociales estrictas y rebosantes de prejuicios, aridez e incomprensión en las relaciones personales o discriminación a la hora de vivir y crear dentro de un género determinado. Perteneciente a una saga de mujeres novelistas de altísimo nivel, nacidas en el Canadá poscolonial, como serían Margaret Laurence, la centenaria y espléndida Mavis Gallant, una prodigiosa Alice Munro o Anne Michaels, Atwood sería junto a ellas y otros grandes como Robertson Davies, de los pioneros, por así decirlo, de una literatura antes tan sólo representada por los grandes imperios de los que provenían.Alumna del prestigioso crítico Northrop Fry, feminista en sus comienzos y actual disidente de las formas más extremistas de aquel movimiento, sus últimos libros publicados han sido unos excelentes ensayos titulados La maldición de Eva, los cuentos Érase una vez, que reunían sus volúmenes Dancing Girls y Good Bones (Lumen), así como el excelente conjunto, también de relatos, Desorden moral (Bruguera). Unos relatos no pocas veces salpicados de un reguero de huellas autobiográficas.Defensora de la NaturalezaHija de un científico (cosa que le influiría fuertemente tanto en su poesía como en su conciencia de defensa de la Naturaleza durante su vida adulta), un entomólogo forestal, para ser exactos, esta vista hacia el pasado y la condensación de su recorrido vital (infancia, primera juventud, años 60 y comienzos como enseñante de literatura en la Universidad, divorcio temprano) habían aparecido, sobre todo los primeros años de niñez y adolescencia en Toronto, en una de las iniciales obras por la que obtuvo un extenso reconocimiento mundial: Ojo de gato, de 1988.En ella, una artista regresa a la ciudad donde vivió y recuerda la niña que fue y la atmósfera en la que se produjo tanto su formación, como ciertos acontecimientos recuperados por la memoria con un regusto amargo. Nacida en el seno de una familia feliz, nadie sospecharía que entre los cuatro muros del hogar se escondieran insospechados infiernos que marcaron la existencia de una niña amada por todos, pero víctima de la crueldad de ciertas compañeras de su escuela.Extremadamente culta y leída, profunda conocedora de la literatura universal, la mente y el ojo de Margaret Atwood se ejercitan en todo momento, en cualquier fase de su escritura o género escogido, de una manera clarividente, directa, exacta, desinhibida, penetrante y a la vez ajena a inútiles rodeos u ornamentos. Eso mismo que ella dice admirar en autores muy queridos como Orwell: «Su insistencia en el uso de un lenguaje claro y preciso. «La prosa debe ser como el cristal de una ventana», dijo en una ocasión, abogando por el lenguaje directo en contra de las florituras, los eufemismos y de esa terminología sesgada que no debe, en ningún momento, oscurecer la verdad». Algo que ella aplicaría, sin cesar, al pie de la letra, a lo largo de toda su contundente y cristalina obra llena de verdades y fuertes convicciones, pero también de humildad, ironía y falta de arrogancia prepotente, como sucede en muchos otros casos.