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La fundación de la Real Academia

Por Juan Ramón Lodares

Don Juan Manuel Fernández Pacheco era un aristócrata español con gustos raros entre los de su especie en aquellos años. Leer y escribir, por ejemplo. Tenía además interés por las artes y las ciencias. Para no aburrirse durante los meses de verano comenzó a reunir en su casa a amigos suyos. Sin mayor protocolo, desde el mes de agosto de 1713, don Juan Manuel y sus contertulios empezaron a discutir sobre letras, ciencias y artes.

Todos admiraban lo que la Royal Society de Londres y la parisina Académie Royale des Sciences llevaban haciendo desde hacía 40 ó 50 años. Se les ocurrió que otro tanto podría hacerse en Madrid. Sin embargo, para formar cualquier academia dedicada a las artes y las ciencias había que empezar por darle lustre a un medio sin el cual poco se iba a poder escribir de ningún tema: la lengua. Era prioritario fijar la ortografía -que estaba muy descompuesta-, organizar la gramática y compilar un gran diccionario donde cada palabra viniera respaldada por ejemplos de autores notables. Con esto, las discusiones derivaron hacia los asuntos del idioma. Así que la tertulia, que iba en principio para "academia total", se quedó en academia de la lengua. Cuando el señor Fernández Pacheco (todavía no he dicho que era marqués) le presentó la idea a Felipe V para que la apadrinara, el rey le dijo que lo hacía con mucho gusto, es más, le dijo que su real persona venida de la culta Francia ya se le había ocurrido -antes de que un marqués español se lo pidiera- que algo así tenía que fundarse en sus reinos. Era puro protocolo, claro está. La verdad es que el rey, esos días de octubre de 1714, cuando estampaba su firma fundacional en las actas académicas, como casi todos los días de su vida, sólo hablaba francés. Desde ese año nos referimos a la Real Academia Española, Academia Española, la Academia (por ser la de más veteranía) o la Española a secas. No añadan de la lengua, que no les suele gustar a sus integrantes.

Si el rey venido de Francia estaba de acuerdo con apadrinar aquello, los notables castellanos no lo estaban. El Consejo de Castilla ponía todas las trabas posibles a la fundación de una academia donde casi ningún miembro era castizo castellano. Los consejeros eran más papistas que el Papa. Sólo veían ofensas: para empezar, el marqués y padre de la idea académica era navarro; el censor de la corporación, Folch Cardona, era catalán; en cuanto a los otros... ya se encargaba de darles publicidad el fustigador Luis Salazar y Castro: "Venirse un italiano a hacer en Madrid el papel de corrector de la lengua castellana es un empeño temerario. Atreverse un gallego o maragato, con un acento más áspero y más duro que su tierra, a enmendar las expresiones cortesanas, es cosa que merece carcajada. Y pensar que un andaluz o extremeño han de ser compadres de los castellanos y los han de pulir el lenguaje es una de las aprensiones más ridículas". Como puede suponerse, don Luis Salazar nunca fue académico, aunque por su erudición no hubiera desentonado en la Docta Casa.

En 1771, con la publicación de la Gramática, la Academia había concluido la tarea que se había fijado hacía poco más de medio siglo: tres grandes obras normativas que dieran prestigio al español y lo modernizaran. A la Gramática precedió en 1741 la Ortografía y a ésta, entre 1726 y 1739, el Diccionario de Autoridades. Algunos criterios fijados en aquellos años siguen vigentes hoy, como las reglas de la b y la v, la escritura de c y z, (decidieron eliminar la ç de un plumazo) y si ahora decimos y escribimos doctor, efecto y significar en vez dotor, efeto y sinificar -como decían y escribían Lope, Quevedo o Calderón- es también por la ocurrencia académica de 1726.

En 90 años de reformas, los que van de 1726 a 1815, los académicos despojaron la escritura de colgajos etimológicos, la hicieron más sencilla y práctica; además, dejaron trazada la senda para nuevas simplificaciones cuya dificultad técnica es muy poca. Su mayor obstáculo está en que los académicos se decidan a ejecutarlas y se pongan de acuerdo en cómo y cuándo... y todos estaremos dispuestos a aceptar sus criterios. Los hablantes de francés, inglés o alemán se complican inútilmente la vida escribiendo cosas como Philosophie, theatre, assassin o approbation, que el hispanohablante escribe filosofía, teatro, asesino y aprobación, ahorrándose la ph, la th, la ss, y la pp; es más, lleva ahorrándoselas 150 años por lo menos.

La oportunidad de estas reformas quizá no ha sido advertida en toda su trascendencia. A partir de 1823, algunos americanos, al calor de la independencia política que se alumbraba, empiezan a escribir y difundir por sus países ortografías propias más simplificadas aún, que apartaban el uso criollo del peninsular. Vencido aquel primer impulso y reconocido el inigualable valor de una escritura conjunta, a la hora de rectificar y acatar la norma común hispánica, el hecho de que la ortografía académica fuera ya de por sí sencilla allanó el camino de vuelta para quienes habían predicado el cisma ortográfico. Retornaron sin mayores escollos y el español no se partió en varias normas ortográficas, que es la primera piedra para diferenciar la norma lingüística toda. Considerado el caso, el fácil advertir por cuántos azares y por cuántos filos de navaja hacen pasar los hablantes a sus lenguas.

Cuando Carlos III inicia sus planes escolares en el decenio de 1770, el español ya ha resuelto los problemas más espinosos de su moderno proceso normalizador. Tiene un inventario léxico que es la envidia de Europa; inmediatamente va a aparecer otro no menos notable de Estaban Terreros y Pando con voces científicas y sus correspondencias latinas, italianas y francesas; tiene una ortografía sencilla y tiene una gramática moderna. Todos los saberes que recorren Europa en inglés, francés, alemán, italiano, latín, se pueden verter al español sin más dificultad que encontrar un traductor fiable. Como éstos no escasean, las enciclopedias, tratados y estudios de cualquier materia se imprimen con generosidad. Si los españoles no son campeones de las ciencias, por lo menos no están desinformados. Tienen incluso gente meritoria como Juan Bautista Aréjula que, él solo, es capaz de decirle a Lavoisier, Fourcroy o Berthollet que, en determinados aspectos de la moderna terminología físico-química, no están muy acertados. Pero la hegemonía francesa en dicho campo era indiscutida. Para que se hagan una idea: si hoy escribe todo el mundo los derivados de kilo-, mil, con k, es por el "error" de sabios franceses que no transcribieron correctamente con qu, la palabra griega de la que procede la voz "mil". Se puede escribir etimológicamente así: quilómetro, pero ¿alguien lo hace? Mejor, no lo intente.

Los franceses, que en el siglo XVIII copan con los británicos el mundillo de las ciencias positivas y se pelean por sus aplicaciones comerciales, no le hacen mucho caso al español. Pero Aréjula tenía razón. Era más correcto llamar arxicayo --como él quería- a lo que gracias a los errores de los sabios franceses todos llamamos hoy oxígeno. Ya daba igual. Un campo de gran importancia para dar cuerpo y peso a cualquier lengua, como es el de la creación científica y técnica, se escapaba irremisiblemente de aquel remozamiento general que la Academia había llevado a cabo con el español. En ese preciso terreno, la ascensión del francés, el alemán y, sobre todo, el inglés resultaba imparable. La mitad de lo que la revolución industrial iba a traer en novedades científicas y técnicas entre 1750 y 1900 lo trajo en esa última lengua. A finales de este periodo, en Estados Unidos se producían más manufacturas de objetos modernos, patentes y novedades científicas que en Francia, Alemania y Gran Bretaña juntas y era el país que, sólo él, acaparaba la cuarta parte de toda la riqueza mundial. Las circunstancias políticas, económicas y comerciales que se han ido gestando desde mediados del siglo XX no han hecho sino darle el espaldarazo al inglés para convertirlo, como quien dice, en la lengua planetaria. Quizá ni un tipo tan inteligente como Aréjula podía sospechar en su día tanta bonanza.


Juan Ramón Lodares, prematuramente fallecido, fue profesor de Lengua Española en la Universidad Autónoma de Madrid. Este texto pertenece a su excelente libro Gente de Cervantes - Historia humana del idioma español, publicado en Barcelona por la editorial Taurus, del Grupo Santillana (ISBN84-306-0423-5).

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