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Carlos Liscano: El oficio de escritor

Entrevista con Ricardo Soca


En su último libro, El furgón de los locos, el notable escritor uruguayo Carlos Liscano habla de los 13 años que estuvo en la cárcel como preso político, de su vivencia de la tortura y del temor que sintió cuando supo que finalmente saldría en libertad, en la alborada democrática de 1985.

Otros libros de testimonio de la tortura y la cárcel habían sido publicados en el Uruguay, pero éste se distingue por llegar más allá del testimonio y alzarse al carácter de obra literaria en la que el autor exhibe su fina sensibilidad y su aguda capacidad de análisis para desmenuzar la realidad. Precisamente ésa -la utilización del lenguaje como herramienta para desarmar en sus partes situaciones que todo el mundo considera normales, aceptables- parece ser la habilidad más destacada de Liscano, un hombre que jamás había pensado adoptar esa profesión hasta caer en la emblemática penitenciaría militar de Libertad, donde permaneció entre los 23 y los 36 años de edad.

El escritor, cuyas obras han sido ya traducidas a varias lenguas, cuenta una historia íntima y personalísima que parte desde sus cinco años de edad hasta la primavera democrática de 1985, cuando un furgón policial lo devolvió a su casa, donde sus padres ya no estaban más. El lector vive el sufrimiento de la tortura, el tiempo de cárcel y finalmente la angustia de un hombre que después de largos años de prisión siente el temor de un futuro incierto y amenazante.

Después los primeros años que pasó confinado en su celda de seis metros cuadrados, dedicado a la lectura y la escritura, Liscano decidió ser escritor. "Un día decidí, o mejor, un día supe que cuando saliera de allí sería escritor; no sabía si sería bueno o malo ni si alguien me leería, pero supe con certeza que sería escritor", aseguró a La Página del Idioma Español.

Su don de "desarmar" situaciones puede parecer más propio de un analista o de un ensayista que de un narrador, pero lo cierto es que es con esa habilidad y con la soltura con que se mueve en el mundo de las palabras que Liscano desarrolla sus vigorosos relatos que llevan al lector a meditar sobre la multiforme realidad que les presenta, analizándola minuciosamente en cada uno de sus "pedazos".

Después de muchas conversaciones con sus alumnos en los talleres de escritura que ha dirigido, el autor se ha convencido de que convertirse en escritor no depende exactamente del talento. "Uno se elige para ser escritor y si lo hace como debe ser, en ese momento ya sabe incluso qué lugar va a ocupar en la literatura de su país y no tiene dudas, lo sabe con la certeza de un fanático antes de escribir el primer libro", aseguró.

En apoyo de su sorprendente afirmación, afirmó que "antes de cumplir 30 años, Idea Vilariño ya sabía que sería Idea Vilariño, por más que hoy lo niegue, pues la seguridad con que escribía cuando joven sólo la tiene alguien que sabe que será escritor". Según él, Idea Vilariño "no tenía ninguna duda; sólo le faltaba escribir su obra".

Esa certeza Carlos Liscano ya la tenía desde su tiempo en la cárcel cuando, con algo ya escrito, pero sin lectores, sin críticos y sin nada publicado, hablaba con toda naturalidad de "mi obra".

A pesar de la fuerte impronta con que la cárcel marcó su vida, este tema sólo lo abordó en tres libros, El método y otros juguetes carcelarios, El lenguaje de la soledad y el más reciente El furgón de los locos. En el primero, no podría haber sido de otra manera, porque fue escrito en la prisión con relatos teñidos con el lenguaje y el humor de ese mundo. El lenguaje de la soledad, que se publicó en 2000, es un diario literario sobre su vida como preso, en el que se discuten las interrogantes y las reflexiones de un escritor en ciernes. Y el tema vuelve a aparecer en El furgón de los locos, en el que más que la cárcel Liscano aborda el tema de la tortura en los cuarteles del ejército, antes de llegar a la penitenciaría hasta el temido momento final de su liberación.

La crítica de su país ha observado un vínculo -no visible para los no enterados- entre su obra y la cárcel. "Y no podría ser de otra manera, porque yo me formé como escritor en mi celda, aunque durante muchos años haya rechazado la idea de que era un escritor o un cronista de la cárcel ", comentó.

"Sin embargo, personas cuya opinión respeto me han demostrado que el hecho de que me haya formado en la cárcel está reflejado en mi obra. Por ejemplo la novela La mansión del tirano tiene una trama laberíntica en situaciones de represión obsesiva, y pese a que es un juego literario la cárcel estaba allí, pero a mí me llevó años admitirlo", reconoció.

En su segundo libro, El método y otros juguetes carcelarios, Liscano se discute a sí mismo como escritor, "en el sentido de que estaba en la cárcel, totalmente aislado y no tenía ningún sentido escribir, pero el hecho de ser un marginal entre los marginales no me importaba mucho.

A pesar de tener una vocación tan sólida confirmada por su éxito como escritor, admitió sin pesar que no siente la profesión de las letras como algo que será para siempre. Creo que uno tiene algunas cosas para decir, y una vez dichas, lo mejor es retirarse, es dejar el lugar a otros", explicó.

El autor de El furgón de los locos observó que hay "casos patéticos de escritores que se vuelven muy mayores y que siguen escribiendo y en sus últimos 20 años repiten exactamente las mismas cosas". Pero cree que ése no será su caso: "yo tengo otros sueños de esos que uno va postergando en la vida, de modo que me propongo retirarme cuando ya no tenga más nada que decir", afirmó.

Aseguró que, paradójicamente, su momento más traumático no fue la cárcel ni la tortura sino el momento en que fue puesto en libertad. "Estuve preso desde los 23 años y salí cuando tenía 36; me había perdido el desarrollo normal de un hombre en la sociedad y la libertad me puso ante mi momento más difícil, que era ejercer la libertad. Cualquier adulto sabe que ejercer la libertad es muy difícil, pero para el que la perdió y no pudo ejercerla se hace muy difícil", explicó.

Una sorprendente confesión de este narrador es que siempre le costó mucho inventar una historia para contar y revela que no se explica como hacen los escritores "de verdad" para elaborar una historia. Pero el principal invento de un escritor -insistió- "es inventarse a sí mismo, elegir la voz que va a tener, la obra que quiere escribir y poner en sus trabajos esa convicción, porque si un escritor en ciernes no cree en sí mismo nadie va a creer en él".


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