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La Página del Idioma Español
Fue más o menos así. El latín había heredado de otros alfabetos (griego y etrusco) la letra c para los sonidos de [k], el de cama y el de gama. A los romanos les causaba problemas porque de ese modo, al escribir, no podían diferenciar el sonido [k] del sonido [g]. Hasta que apareció Espurio Carvilio y de modo muy elegante solucionó el enredo: le añadió una rayita a la c e inventó la g.
Pasados los siglos, el castellano se ocupó de volver a complicar las cosas, y hacer que el delicado invento perdiera parte de su potencia. Delante de a, o, u, la g suena ganar, gorra, gurí. Delante de e, i, da género y gil. Hubo que hacer mediar la u para que diera guitarra y guerra. En algún caso se recurrió, después de otros intentos, a la diéresis, para vergüenza, agüero, antigüedad.
La g sin vocal que la siga tiene una vida dudosa en la pronunciación: Magdalena se vuelve Madalena, Ignacio es también conocido como Inacio, digno compite con dino, e ignorante con inorante. Desde 1959 se aceptan gnomo y nomo, gnóstico y nóstico. La combinación hue dio intervención a la g: güella, agüelo y güevo no son sólo pronunciaciones confusas de gente de campo, tienen una larga tradición que viene desde la Edad Media.
Mucho después de Espurio Carvilio hubo otro afortunado inventor de letras. Se llamaba Pierre de la Ramée e inventó la j. La ideó a partir de la i romana, cosa que se nota: el dibujo no es muy original, la j es una i alargada. Fue un signo inventado para la imprenta y funcionó bien. Como los tipos de Ramée se popularizaron en las imprentas de los Países Bajos, durante mucho tiempo la j fue conocida como "i de Holanda". El nombre le viene de iota, nombre griego de la i. Hasta el dicho, "no saber ni jota", "no ver ni jota", tiene el mismo origen. El Evangelio de San Mateo dice "Antes pasarán el cielo y la tierra que falte una jota o una tilde de la Ley", pero esta "jota" es obra de traductores modernos. Mateo pensaba más bien en el alfabeto griego, o sea en la iota.
La fortuna de la j fue que en español surgió, como surgen estas cosas, en un proceso de muchos años, un sonido que no existía en latín: de fascia se pasó a faja, de iocum a juego. También del árabe: seih se volvió jeque. Aunque la i cubría esta zona, se pensó que, para eliminar problemas, se podía dejarla como vocal y crear una nueva consonante.
Pero cuando apareció la j con su ser diferente, empezó a competir con la g y con la x, lucha que hasta hoy continúa en México y Ximénez. La lengua tuvo entonces tres letras, g, j, x, para un mismo sonido: gente, joven, viexo. Demasiadas figuras para un solo individuo. En 1815, en la octava edición de la ortografía académica, se simplificó el asunto. A partir de esa fecha, cuando el sonido de x es igual al de j, se escribe en castellano con j.
El territorio compartido se redujo a las zonas de ge, gi, je, ji: género, gigante, viaje, perejil. Pese al cambio, la j sigue estando en los planes de todas las reformas y de todos los reformadores. Lo natural sería dejar a la g el sonido suave y a la j el otro. De paso se simplificaría la ortografía al eliminar la u de guita y de guenoa, por ejemplo.
Las propuestas de reforma vienen de antiguo. Andrés Bello hizo que la sustitución, cuando es del caso, fuera aceptada de modo oficial en Chile, Ecuador, Colombia, Nicaragua y Venezuela durante mucho tiempo, de 1844 hasta 1927. En Uruguay, Adolfo Berro García y Celia Mieres también han expuesto en este sentido. Palabras de mucho prestigio dificultan la introducción de esta reforma. Aceptar que guitarra sea gitarra sería fácil, pero tal vez no lo sea cambiar todo lo que tiene que ver con la Tierra: jeofísica, jeografía, jeología, jeometría, jeopolítica.
El sonido de la j vive en los nombres propios: Juan, Juana, José, Josefa, Javier, Jacinto, Jacinta, Julio, Julia. Por algún motivo curioso se pronuncia Jon Kon y Jaguay, aunque no Jamburgo ni Jolanda. Estas haches aspiradas en palabras extranjeras tal vez abran la puerta a futuros cambios.