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BICICLETAS ROMÁNTICAS
Por Leonardo Rossiello

Por este cuento, el autor fue galardonado en el Premio Juan Rulfo 1996


El día que el patíbulo estuvo listo no pude ir a verlo porque alguien había encadenado su bicicleta a la mía. Como no había transporte colectivo que llegara hasta el lugar donde estaba instalado, las opciones razonables eran ir en taxi o quedarme y aguardar a que se resolviera el problema. Había, claro, otras alternativas, pero resultaban menos aceptables. Como tiendo a ser optimista pensé que si me quedaba y solucionaba la cuestión del candado tendría tiempo de ir, y en mi propia bicicleta. De acuerdo con las invitaciones que teníamos, el nuevo patíbulo no entraría en funciones antes de cinco días. Resolví quedarme, pese a que el calorcito de las tardes primaverales, las hojas tiernas color verdelimón y las flores del camino alentaban algún tipo de excursión. Tal vez al día siguiente ya mi bicicleta estaría libre, como siempre. Entonces yo haría la visita previa. Tomaría las medidas, haría algunos escorzos, montaría mi caballete, pintaría algunas acuarelas, quizá me daría tiempo de iniciar un óleo. Haría preguntas a la gente de los alrededores e interrogaría a los esforzados carpinteros que, según se decía, trabajaron horas extras para terminar la obra en la fecha prevista. Después, ubicaría al verdugo y le haría una pequeña entrevista. Los que ejercían esa profesión debían de ser, creía yo, bastante egocéntricos, de modo que también contaba con su plena disposición para hacerle, aunque más no fuera, un boceto a lápiz. Con todo ese material yo podría preparar a mis alumnos para la visita de estudio que haríamos el día de la inauguración. Preparar todo antes, prever los detalles y disminuir al mínimo el número de interrogantes era parte de mi trabajo.

Convenía explicarles qué era, cómo funcionaba, qué formas y colores tenía, de qué tipo de madera estaba hecho, quién y cómo era el verdugo. Yo no quería descuidar el enfoque social, y allí encajaban las opiniones de los pobladores y de los carpinteros. Es que los niños en general, y mis alumnos en particular, son bastante curiosos. Yo quería evitar que me hicieran preguntas en las instancias previas y, sobre todo, en el momento culminante. Quería que se concentraran en los detalles, que observaran el acontecimiento con la debida atención y habiendo asimilado toda la información que yo fuera capaz de darles. Quería que vivieran aquel delicado instante de manera tal que pudieran recordarlo, e incluso, quizá, que les resultara una experiencia estética. Así, después, podrían hacer dibujos. Hasta podríamos montar una exposición con los mejores. El Ministerio de Educación y Cultura había llamado a un concurso interescolar de redacciones con el tema: "Nuestro Nuevo Patíbulo". La idea me había parecido apropiada; como soy maestro, era entendible que yo quisiera que mi tercer año ganara.

Según las estadísticas de sesudos catedráticos alemanes, los momentos más peligrosos del tráfico eran los lunes, entre las 16 y las 18 horas. Aquel día era un lunes y esa circunstancia me trajo algún consuelo. Quién sabía si por viajar hasta el cadalso no me ligaba un accidente. Había otra circunstancia consoladora: no pagaría entrada. Esto hay que explicarlo. La Comuna, como es ávida, empieza a querer morderlo a uno apenas inaugura cualquier servicio público. Ahora hay que pagar por todo porque, según dicen, así las cosas funcionan. Pero en este caso el Ministerio había concedido a la escuela vales de entrada gratuita que se sortearon entre los maestros; yo había ganado uno.

Yo solía dejar la bicicleta en el patio de la escuela, que estaba rodeado de un parque muy arbolado, con bancos y un pequeño lago donde nadaban algunos peces y patos. La trancaba y me iba caminando hasta la sala de maestros o, si era ya la hora, directamente hasta el aula de clase. Al terminar, por la tarde, destrancaba mi bici y pedaleaba hasta casa, que está a cinco cuadras de la escuela. Aquel lunes, al finalizar el turno, vi que en el patio había otra bicicleta, además de la propia. Y todo habría estado muy bien si no hubiese sido porque estaba sujeta a la mía con una cadena y un candado. Era una bicicleta romántica, de mujer. El corazón me dio un vuelco. Por un lado, de alegría; por otro de consternación primero y de fastidio después. La mía también era una bicicleta romántica, y así como estaban parecían hechas la una para la otra. Daban ganas de montar el caballete y hacer una naturaleza muerta de bicicletas. Eso es lo que me sucedió: así fue y doy testimonio y palabra que es la verdad, aunque no toda la verdad. De eso me percaté después. Para algunas cosas soy rápido, e incluso muy rápido ("al conde lo que es del conde", como dijo una vez una alumna), pero para otras soy lento. Diría: muy lento. Por ejemplo, para asociar acontecimientos lentos y sacar conclusiones rápidas. Comprendí que lo sucedido con las bicicletas no era un acontecimiento aislado o fortuito cuando, mientras iba caminando desde la escuela hacia mi casa, asocié el amarramiento bicicletesco con los hechos singulares que habían estado ocurriendo en mi torno desde hacía unos meses. Es lo que voy a contar ahora.

2


Una mañana hacia las nueve menos cinco llegué con mi bicicleta al estacionamiento del patio de la escuela y enseguida distinguí, entre tantas bicicletas una, romántica, de mujer. Como la mía, era negra, pero tenía una línea roja en los guardabarros, que terminaban, hacia atrás, en una pequeña voluta. El cuadro era de doble caño, de armoniosas formas curvas; el asiento, antiguo, de cuero y con tres amplios y estéticos resortes; la cubierta trasera era de las blancas y el rodado, como el mío, era de los que ya no se fabrican más: 28. Aquella bicicleta era por lo menos tan bonita como la mía, así es que me detuve un rato a contemplarla. Vi que estaba asegurada con una cadena y un candado fuerte; era evidente que la dueña no era ninguna tonta. Yo decidí dejar la mía cerca de la suya. Así, al verlas, la gente pensaría que los propietarios formaban una pareja. Mientras amarraba la mía con cadena y candado pensé que sería interesante conocer a la dueña. Ese día trabajé, creo, sin pensar demasiado en la bicicleta romántica de mujer. A la salida pasaron repartiendo el folleto informativo de la Comuna sobre la inauguración del patíbulo. Cuando llegué al patio vi que la bicicleta de mujer no estaba. Me asaltó un vago sentimiento que, al ser sometido a análisis, demostró parecerse a la tristeza: tal vez era melancolía. Como tengo dicho y repito, soy lento para sacar algunas conclusiones, y no fue sino en casa, mientras guardaba mi bicicleta y me disponía a leer el folleto sobre el cadalso, cuando me di cuenta de que la dueña, al retirar la suya, tendría que haber visto mi propia bicicleta. Entonces pensé que, si la dueña era tan romántica como yo, no pudo dejar de apreciar el hecho de que yo hubiese puesto mi bicicleta cerca de la suya.

Tenía que preparar la comida y la clase del día siguiente y leer el folleto, pero en cambio, y pese al calor tenaz del verano, resolví trabajar un poco con mi bicicleta. En el garaje la desarmé, le quité la cadena y la dejé en queroseno. Le quité toda la tierra a los engranajes y al piñón y bruñí las partes cromadas, incluidos los rayos, con pulidor y esponja de aluminio. Engrasé las juntas y el cojinete de rodamiento y los pedales, sequé la cadena y luego de montarla y de centrar las ruedas le eché unas gotitas de aceite. Por último, con una franela, froté el cuadro hasta que brilló, como yo mismo a causa de la transpiración, con el esplendor de antaño. Después de desmontar, limpiar y aceitar los frenos volví a instalarlos y pude contemplar aquella belleza de medio siglo que ahora parecía recién salida de fábrica. Sin embargo sentí que faltaba algo. Pero ya se había hecho tarde; fui a preparar la comida y la clase del día siguiente, y a leer el folleto informativo sobre el patíbulo. Cuando terminé vi que ya era cerca de medianoche. Tenía que acostarme, pero fue en ese momento que me di cuenta de lo que faltaba en mi bicicleta romántica: una línea roja en los guardabarros. Resolví que la pintaría al día siguiente.

"Esa noche veía a lo lejos una suave loma coronada de pinos, eucaliptos, palmeras. Como flotando, lento en el aire me acercaba. Escondida por los árboles se entreveía una sólida casa blanca, antigua, de líneas adustas y ventanas de celosías cerradas. Me acercaba más en un silencio total y entraba al patio. La luz era como de neblina y todo el entorno cobraba una profundidad inusitada. Descansando contra una pared encalada estaba una bicicleta negra de mujer y se veía una ventana con los postigos cerrados. Después la imagen se alejaba de mí y me daba cuenta de que yo había entrado en una fotografía sepia y acababa de salir de ella."

Cuando desperté, el sueño se había grabado en mi memoria. Me pareció que podría recordar todos los detalles, pero por las dudas lo escribí para no olvidarlo. Me había gustado y por alguna oscura razón me pareció importante.

Mientras desayunaba dieron en la radio la noticia de que se habían iniciado los trabajos de instalación del nuevo patíbulo. La información se limitaba a reproducir más o menos lo que decía el folleto de la Comuna, aunque agregaba que el Ministerio de Educación y Cultura patrocinaría el evento.

Recuerdo que me pregunté si ese día la bicicleta romántica también estaría en el patio de la escuela. Y estaba. Me pareció aun más bonita que el día anterior; los rayos, las llantas y las partes cromadas relucían en el sol de aquella mañana de otoño. Se veía que no había pasado la noche allí, porque estaba en otro lugar. Dejé la mía esta vez un poco más cerca de ella que la mañana anterior.

El comentario de las maestras y maestros, ese día, fue el patíbulo. Las opiniones estaban divididas. Algunos de mis colegas decían que no les parecía bien que la comuna instalara un cadalso tan lejos del centro de la ciudad. Otros opinaban que les parecía mal que fuera la comuna la de la iniciativa. Debería ser, razonaban, una empresa privada o, al menos, que se incentivara la competencia permitiendo a las empresas instalar patíbulos con plena libertad, cuando y donde lo estimaran conveniente. Un grupito más pequeño defendía la idea de que estaba mal instalar un cadalso público. Esas cuestiones, aseguraban, deberían resolverse como siempre se habían resuelto, con un paredón de fusilamiento en los patios de las cárceles, de modo discreto y expeditivo. Todos estaban en desacuerdo con los lobotomistas. Yo escuchaba con atención y trataba de formarme una opinión propia, pero la verdad es que no la tenía. Todos los argumentos me parecían razonables.

La bicicleta todavía existía a la salida, pero de la dueña no había rastros. Al llegar a casa lo primero que hice fue ir al garaje y pintar en mi bici una franja roja en cada uno de los guardabarros. Elegí un rojo inglés, algo amarronado, como el que tenía la otra bicicleta.

Durante dos días yo había llegado poco antes de las nueve y la bici estaba allí, de modo que quise probar qué pasaba si yo llegaba, por ejemplo, a las nueve menos cuarto. A esa hora llegué, a la mañana siguiente, y ya estaba. De inmediato observé que la dueña la había embellecido más, cambiándole la cubierta delantera negra por una blanca. Entonces resolví que también la mía debería tener cubiertas de goma blancas. Esa vez pude haber dejado mi bicicleta pegada a la de ella, porque había lugar, pero me contenté con dejarla cerca porque, pese a las mejoras que le había hecho, aún me parecía indigna. Tal vez lo haría al día siguiente, después de haberle cambiado las cubiertas. Me pareció claro que la dueña llegaba siempre antes de las nueve menos cuarto.

Cuando al día siguiente mi bicicleta de flamantes cubiertas blancas y yo estuvimos a las ocho y media, el patio estaba casi vacío y la bicicleta de mujer no estaba. Me alegré de que por fin mi táctica hubiera dado sus frutos. Pensé, equivocadamente, que pronto vería llegar a la dueña. Dejé mi bici amarrada y me senté en un banco que estaba alejado, desde el que uno podía observar el patio. Estuve inútilmente sentado hasta que se acercó el momento de entrar a clase. Fue un día laboral de cinco horas durante las que me costó concentrarme. Los alumnos lo notaron y aprovecharon para tirarse tizas, levantarse sin pedir permiso y alborotar. A la salida me llevé la agradable sorpresa de que la bicicleta romántica de mujer estaba, y muy cerca de la mía. Ahora la dueña le había puesto un timbre de bronce, de los antiguos, con perilla. Así, muy cercanas, configuraban un conjunto armonioso y memorable. Contrastaban con las otras, de cambios, modernas y pintadas de colores metálicos; daban una satisfacción a la vista. Resolví esperar un rato, sentado en el banco, para ver si aparecía la dueña, pero como eso no sucedió, al cabo de una hora me fui a casa.

Tenía mucho que hacer y, como casi siempre, me agobiaba la sensación de que el tiempo no alcanzaba. Yo ya había propuesto a la alta consideración del Ministerio de Trabajo un sistema que alargaba la duración de los días a veinticinco horas. El procedimiento era sencillo y seguro, a prueba de estúpidos: cuando las agujas de los relojes marcaran por primera vez las doce de la noche había que atrasarlos una hora. El sistema tenía muchas ventajas, entre las que se contaba la de que cada tanto estaría oscuro a media mañana y con sol a medianoche. Sería divertido. Si el sistema se aprobaba, al cabo de un tiempo comenzarían a fabricarse relojes de veinticinco horas y no habría que estar atrasándolos. No había perdido la esperanza de que la propuesta fuera considerada y aprobada, pero la verdad es que los meses pasaban y los días seguían siendo igualmente breves; yo continuaba teniendo mucho que hacer y la sensación de que el tiempo no alcanzaba persistía, acosándome.

Cuando llegué al negocio de antigüedades estaban por cerrar pero por fortuna pude comprar un timbre de bicicleta bien añoso. Mientras lo bruñía escuché la radio, que dio la noticia de que un grupo de lobotomistas había hecho una manifestación frente a la Comuna para protestar contra la inauguración del patíbulo. Entrevistada, una dirigente declaró que estaban en contra de la pena de muerte porque la consideraban cruel y de lesa humanidad. Se extendió en elogios a la lobotomía como alternativa para la pena máxima. Hice sonar el timbre, ring, y quedé satisfecho. Incluso pensé que estaba bien. No muy bien, pero que estuviera bien no estaba mal, y mucho más no podía exigírsele a un timbre antiguo. Riing, riing. Me pregunté qué pensaría la dueña de la bicicleta de mujer acerca de los lobotomistas. Puesto a razonar me di cuenta de que yo simpatizaba con la idea de ellos y no me habría extrañado que la dueña también. Había un lado preocupante del problema y era que el movimiento lobotomista tenía un ala radical que parecía dispuesta a llevar la protesta a extremos desestabilizadores. A su vez, el gobierno había endurecido su posición con respecto a la pena de muerte. El hecho de que el Estado hubiera trasladado la administración de la pena máxima al ámbito comunal, y los cadalsos de las cárceles estatales a los espacios públicos, era una prueba de que los radicalismos estaban ganando terreno. Ring. Rrriiing.

3


Hice la prueba, durante varias semanas, de llegar al patio a distintas horas, antes de las nueve, para poder ver a la dueña de la bicicleta romántica de mujer. Algunas veces sucedía que la bicicleta ya estaba allí cuando yo llegaba. Observé que tenía uno de los rayos delanteros sueltos. Se había partido. Cuando estaba, me contentaba con dejar la mía a su lado. Algunas veces se destacaba en medio de una cantidad de otras bicicletas. Entonces yo cambiaba de lugar una cualquiera que estuviese cerca de la de ella y en su lugar colocaba la mía. Y todas las veces que no estuvo esperé su llegada inútilmente, sentado en el banco hasta pocos minutos antes del comienzo de las clases. Pero no me desanimaba, había una relación, un diálogo entre nuestras bicicletas. Siempre, a la salida, la de ella estaba situada al lado de la mía. Ahora seguía siendo hermosa, pero el asiento estaba caído hacia adelante, flojo. Con una apretada de tuercas bastaría, pensé.

Cuántas horas se me fueron sentado en el banco de la espera es algo que no sabré jamás, porque no las contaba; solo el frío o el hambre me hacían desistir, y entonces me iba para casa. Si resolvía dejar la bici toda la noche en el patio de la escuela apostaba conmigo mismo que al día siguiente yo encontraría ambas bicicletas una al lado de la otra. Gané algunas veces, perdí otras, pero lo que no lograba era ver a la dueña. Parecía que yo tendría que montar guardia en el banco y no pensar en la nieve ni en el frío ni en el sueño ni en el hambre. Estar allí, firme, hasta que la viera. De algún modo se me hacía cuesta arriba hacerlo; sospechaba que sería tiempo perdido. No obstante, decidí probar fortuna una vez. Me abrigué bien y me llevé un termo con café y provisiones y a las tres de la tarde, a la salida de la escuela, me senté a montar guardia. Cada tanto me levantaba a desentumecer el cuerpo. Daba una vuelta, pisando la nieve crujiente y volvía a sentarme. En el patio de la escuela solo estábamos yo y las dos bicicletas, una junto a la otra. Ahora no cabía duda de que la mía era la más bella, porque, además de los detalles deteriorados que yo había observado en la otra, vi que tenía el guardabarros trasero abollado, y en la abolladura empezaba a acumularse el óxido.

El tiempo transcurrió lento y al fin se hizo de noche, salió la luna en cuarto menguante e iluminó de irrealidad la nieve, los árboles, el patio, las bicicletas. Yo, para ese entonces, ya había vaciado el termo y empezaba a tener un frío y un sueño espantosos. Eran las cuatro de la mañana, la hora de los lobos, cuando por fin la vi. Había venido caminando de alguna parte sin que yo me diera cuenta; en aquel momento estaba por subirse a su bicicleta. Me puse de pie y empecé a caminar, casi a correr hacia ella, pero comprendí que podría asustarla en aquella soledad. Me quedé inmóvil en el patio blanco. Ahora ella venía pedaleando hacia donde yo estaba. Se acercó y se detuvo, sin apearse, a tres metros de mí; sujetaba la bicicleta con manos enguantadas y tenía ambos pies apoyados en el piso. Era una muchacha de una belleza interminable. Tenía el cabello apenas ondulado hasta los hombros. Era negro, o así lo percibí a la luz de la luna; los ojos también eran o me parecieron oscuros. Estaba vestida con chaqueta, un buzo marinero de lana y cuello rompevientos. Por debajo de la falda larga, marrón rojiza, asomaban unos botines de gamuza marrón. Me imaginé, después, que debía de tener los pies fríos. Nos miramos largamente; aquella mirada lo decía todo. Era entre seria y dulce, entre irónica y piadosa. La viví como apasionada, aunque en realidad no había motivos para que lo fuera. No hubo necesidad de palabras. Fue un momento mágico, único e irrepetible. Por fin, en silencio, la muchacha se afirmó en los pedales, tomó velocidad y pasó a mi lado dejando en el aire frío un aroma fresco de mujer. No me di vuelta a mirarla; solo seguí la huella que había dejado su bicicleta en la nieve, llegué hasta la mía y pedaleé rumbo a casa.

Al salir de la escuela al día siguiente vi que la bicicleta romántica de mujer no estaba. Había un pequeño paquete atado en la parrilla de la mía. Lo abrí y vi una fotografía que me recordaba a algo muy querido, algo que yo había visto en algún lugar que no recordaba. Recostada a una pared encalada había una bicicleta y se veía una ventana con los postigos cerrados. La fotografía estaba impresa en color sepia y había sido tomada con una luz de neblina, o de atardecer o amanecer, pues todo tenía una profundidad inusitada. Era una bicicleta romántica, negra, de mujer. Al dorso de la foto estaba escrito, con una letra menuda y elegante: "Las cosas encuentran su destino. Los humanos lo buscan. Se acerca el momento, debes hacer algo". En aquel instante tuve la sensación de que había visto esa bicicleta recostada a la pared encalada en algún otro sitio. ¿No había vivido eso, antes? ¿Y quién me había dejado esa foto? Estaba cansado y no podía entender por qué, ni qué quería decir el mensaje. ¿El momento de qué? ¿Y qué se suponía que debía hacer?

En camino a casa pensé que era, tal vez, la fotografía amarillenta de una historia inconclusa, fragmentada: una pieza de un rompecabezas que debería armar, en todo caso, yo mismo. Deslumbrado por mi propia lentitud, pensé más tarde que era la fotografía de la bicicleta romántica de mujer, la que a veces encontraba en el patio. Supuse entonces que la dueña se habría ido de viaje, tal vez para siempre, y me dejaba ese recuerdo. Pero seguía sin dar con el sentido del mensaje.

4

< BR> Los días fueron alargándose y yo seguía sin tener noticias del Ministerio de Trabajo. Terminé por aceptar que no habían considerado mi propuesta de hacer días de veinticinco horas. El tiempo continuaba, insuficiente, pero haber comprobado que la bicicleta de mujer tenía dueña, haberla visto y habernos mirado como lo hicimos aquella noche me daba unas energías considerables. Pensé que tal vez el próximo paso sería hablarle. Había, sin embargo, tanta belleza en lo que me había ocurrido que de algún modo temía romper el hechizo. Todo estaba bien como había sido, ¿a qué más?

Veía la bicicleta suya en el patio con una irregularidad asombrosa. Podía estar y no estar a cualquier hora y durante varios días o incluso semanas. Cualquier amago de rutina se rompía infaliblemente; la única constante era que yo nunca veía a la dueña. Nuestras bicicletas se hicieron amigas. Cuando estaban las dos en el patio siempre se las veía juntas.

Los lobotomistas hicieron varias manifestaciones en contra del cadalso público, en contra de los paredones de fusilamiento en los patios de las cárceles y cuarteles e incluso contra lo que había empezado a discutirse: la instalación del patíbulo no en lugar público sino en un cementerio privado. La policía detuvo a activistas y el gobierno, a través del Ministerio del Interior, emitió varios comunicados a la población con muchas palabras que decían tres cosas: que no iba a permitir la alteración del orden público, que instalar el patíbulo y ejecutar en lo sucesivo la pena máxima en lugar público eran resoluciones que seguirían vigentes y que de continuar la agitación lobotomista el gobierno tomaría medidas enérgicas para combatirlos.

Un domingo, por la noche, se anunció que al día siguiente se daría la obra por terminada. Los trabajos se habían llevado a cabo tras unas mamparas, de modo que ni la prensa ni el público pudieron ver el desarrollo, el progresivo armado e instalación del artefacto; solo se habían oído las voces de los carpinteros y los golpes de los martillos. La inauguración oficial tendría lugar el próximo viernes, y contaría con la presencia de un jerarca de la Comuna, de la Ministra de Educación y Cultura y del Ministro del Interior. El lunes por la mañana, al llegar al patio, vi a ambas bicicletas amarradas en la primavera, y con candado. Al deterioro de la de ella se le había agregado otro detalle triste: ahora le faltaba un pedal.

Ese primer día de la semana les adelanté a mis alumnos que pronto, en cuanto inauguraran la máquina en sus funciones, haríamos juntos una visita de estudio. Enseguida arreciaron las preguntas, y entonces les prometí que, a fin de contestarlas, yo les entregaría material para que estudiásemos el cadalso antes. Les hablé de mis planeadas entrevistas a los carpinteros y al verdugo; les conté que haría bocetos y tal vez un óleo; los entusiasmé con la idea de hacer una exposición con los dibujos que ellos harían y los ilusioné con ganar el concurso del Ministerio de Educación y Cultura. A la salida las bicicletas continuaban amarradas, y fue entonces que, después de evaluar alternativas opté por quedarme y esperar a que el martes la persona que las había sujetado con cadenas las volviera a su condición normal. Cuando llegué a casa, sin haber siquiera pensado en qué haría si las bicicletas continuaban igual, mi cuerpo y mi cabeza estaban cansados. Así y todo cocinaron y prepararon la clase del día siguiente, pero apenas se acostaron se durmieron sin vacilar.

Esa noche la muchacha nocturna regresaba de un largo viaje en su bicicleta. Yo estaba en el patio de la escuela, acompañado por la mía. Intentaba hacer sonar el timbre, sin lograrlo. Al accionar el mecanismo el pulgar apretaba algodón. Era de noche, yo estaba esperando a la muchacha. Pero me alejaba en el aire y ahora veía la escena desde un banco, aunque yo no quería estar allí, sino en el lugar donde estaba mi bicicleta, donde ella ahora llegaba y situaba la suya y la ataba a la mía mientras me daba la espalda. Vestía una chaqueta y un buzo de lana marinero de cuello rompevientos. Tenía una falda larga debajo de la que asomaban unos pies descalzos. Se daba media vuelta y me miraba. Yo podía ver la refinada belleza melancólica de su rostro. Yo intentaba decirle algo pero ella se alejaba y yo corría, tratando de alcanzarla sin lograr siquiera acortar la distancia que nos separaba. Yo iba a toda carrera con una lentitud insoportable, agobiado por la certeza de que no la alcanzaría jamás.

5


Cuando llegó la mañana del martes y la hora de ir a las clases tuve la seguridad de que nadie habría liberado las bicicletas, de modo que no me asombró verlas en el patio juntas y unidas por la cadena y el candado. Hacía bastante frío y había hojas amarillas en los árboles y sobre las baldosas del patio. Comenté a mis colegas lo que estaba ocurriéndome con la bici y alguno me sugirió que fuera a la policía. Entonces dije que bueno, no era mala idea, tal vez iría un día de esos: simulé que el hecho en realidad no tenía para mí mayor importancia No sabía en aquel momento por qué no me entusiasmaba nada la idea de hacer una denuncia en la comisaría pero unas horas más tarde terminé de comprender que habría sido una especie

de deslealtad, casi una delación a la dueña de la bicicleta.

Una de las maestras dijo durante el recreo que por qué no viajábamos varios en el coche de ella hasta el cadalso. Propuse que pidiéramos libre para preparar la visita; la sugerencia fue aceptada y la dirección dio el visto bueno. El miércoles viajamos temprano por la mañana cuatro maestros y por fin pudimos admirar la obra. Estaba ubicada en una suave colina que formaba una especie de plazoleta circular. Las aceras, amplias, y la rotonda permitían que el público pudiera acudir en gran número y tener una vista excelente. En las manzanas adyacentes había pocas casas y abundantes arboledas. La elección del emplazamiento se había discutido bastante en la prensa. Prestigiosos urbanistas opinaban que la topografía opuesta, es decir, el anfiteatro, era la más adecuada, y no faltaron, por cierto, partidarios de que el cadalso se instalase en el gran teatro de verano de la ciudad. La disputa se había resuelto burocráticamente con un decreto presidencial, y allí estaba, la excelencia hecha patíbulo. Había que reconocer que el diseñador o diseñadora había tenido un gusto exquisito, gusto que se manifestaba en un admirable sentido de la armonía y las proporciones. Ninguno de nosotros había visto antes una máquina de matar más hermosa. Estaba hecha de roble, con apenas algún detalle labrado y unas discretas taraceas en lo alto, que para nada mitigaban la sobria elegancia del conjunto. Yo había llevado un lienzo y, como disponíamos de todo el día, pude hacer unos cuantos bocetos e incluso terminar un óleo antes de las cuatro de la tarde. Unos nubarrones densos y compactos y unos árboles casi sin hojas ofrecieron un fondo inspirador y bastante adecuado al motivo central. Quedé conforme con el resultado y los elogios de mis colegas y de algunos vecinos que miraban mientras yo pintaba en el viento frío me hicieron sentir orgulloso. Habría querido que ella, la muchacha romántica de mis sueños, hubiese visto mi cuadro. ¿Dónde estaría? Pensé intensamente en ella, la evoqué tal como la había visto, con una nostalgia angustiosa y agridulce.

Hicimos un picnic en una arboleda cercana, enfundados en nuestros abrigos de invierno, un poco asombrados del frío cortante, estando como estábamos hacia el final de la primavera. Dividimos las tareas. Mientras unos recogían testimonios de los pobladores de la zona sobre cómo se habían llevado a cabo los trabajos, otros ubicamos y entrevistamos a dos de los carpinteros que habían levantado el cadalso. Hacia las seis de la tarde encontramos al verdugo y concretamos una entrevista con él para las ocho de la noche. Con todo ese material en nuestro poder, y tras un par de horas más de trabajo nocturno en la escuela dimos por concluida la preparación. Convinimos en que dedicaríamos el día siguiente a informar a los alumnos, a trabajar con el material y la experiencia que habíamos juntado, de tal manera que el viernes por la mañana saliéramos con nuestros niños preparados rumbo al lugar de la ejecución.

Una vez en casa, después de haber cocinado, aproveché uno de mis bocetos e inicié un nuevo cuadro con acrílicos. Me fui a dormir tarde. Esa noche yo estaba en una plazoleta y veía a la mujer que me gustaba con el hombre que le gustaba. No era yo y aquella visión me llenaba de un sentimiento ambiguo. Yo me tenía lástima, pero al mismo tiempo pensaba: "Qué suerte, qué bien: hace lo que quiere y es feliz". Iban muy juntos del brazo y atados el uno al otro con una cadena cerrada con candado. Yo no

podía verles el rostro. Iba a subirme a la bicicleta y de pronto empezaban a llegar niños, cada vez más, y me dificultaban el paso. Iban en una dirección contraria a la mía. Yo tenía que llegar a la bicicleta pero la multitud de niños avanzaba contra mí en medio de un silencio atroz. "Hacia dónde van", me preguntaba. "¿Hacia dónde?" La muchacha con su hombre no se veían más. Mi bicicleta se me hacía inalcanzable y lejana. Me di media vuelta y vi el patíbulo, primero en acrílicos y luego en sepia. Recostada contra la máquina había una bicicleta romántica de mujer. Era una fotografía de la que yo acababa de salir.

El jueves por la mañana tuve que ponerme guantes, bufanda y un sobretodo. La escarcha perduraba en los jardines hacia las ocho y cuarenta y cinco. Los árboles estaban casi sin hojas y la primavera se había retirado, desalojada por un día invernal extremadamente frío. Las bicicletas continuaban encadenadas y ahora la de ella tenía las gomas sin aire.

En la clase trabajé concentrado y atento, como refugiándome de un presentimiento funesto o una noticia aciaga. Tratamos importantes aspectos históricos, sociales y técnicos relativos al arte de matar delincuentes. Hicimos varias rondas de preguntas y respuestas y cuando sonó la campanilla de la salida tuve la certeza de que, por lo menos mis alumnos, asistirían al espectáculo atentos, en silencio y sin sentir la necesidad de hacer preguntas.

Llegamos al lugar. La rotonda estaba cercada y custodiada por numerosos funcionarios del Ministerio del Interior y solo podía accederse pagando entrada o con un vale gratuito, como el que yo tenía. A la una, cuando el frío arreciaba, hicieron uso de la palabra el Presidente de la Comuna y los Ministros. A las dos de la tarde nevaba y el espectáculo adquiría una belleza acendrada, como en blanco y negro. El verdugo era el mismo que habíamos entrevistado. Condujo hasta el cadalso a una mujer encadenada que caminaba a su lado y parecía bastante maltrecha y cuyo rostro no se veía debido a la capucha. Hizo su trabajo con maestría en medio de un silencio impresionante.

Nunca más vi a la muchacha de mis sueños. Quién sabe por dónde andará, quién sabe si aún se acordará de mí. Las bicicletas románticas parecen haber encontrado su destino. Hasta el día de hoy continúan encadenadas la una a la otra, tal vez felices, oxidándose en la intemperie del tiempo escaso.





Leonardo Rossiello nació en 1953 en Montevideo. Es escritor e investigador, profesor en la Universidad de Gotemburgo (Suecia). Autor de Solos en la Fuente, La Horrorosa Tragedia de Reinaldo y La Sombra y su Guerrero (primer premio del concurso Narradores de la Banda Oriental en 1992).
Con "Bicicletas Románticas", Rossiello ganó el Premio Casa de América Latina, del concurso Premio Juan Rulfo 1996.