Domingo, 19 de noviembre de 2017

La nueva Ortografía de la lengua española

18/05/2011
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Punto y Coma Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española Ortografía de la lengua española Espasa, Madrid, 2010 ISBN: 978-84-670-3426-4. 745 páginas La publicación, en diciembre de 2010, de la nueva Ortografía de la lengua española estuvo precedida y acompañada por la controversia en todo el ámbito hispánico acerca de las novedades de fondo que aporta esta obra académica. En realidad, estas no son demasiado numerosas y en su mayoría consisten en la confirmación de aspectos ya esbozados en la Ortografía de 19991 o que en dicha obra se habían resuelto dejando un margen de libertad al usuario de la lengua escrita, mientras que en la nueva Ortografía quedan fijados sin margen de opcionalidad. No han pasado en balde los once años transcurridos desde la sucinta obra de 1999, de la que fue responsable la Real Academia Española (RAE), aunque su subtítulo rezaba Edición revisada por las Academias de la Lengua Española, hasta la obra actual, en la que la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española se presentan como coautoras. En este período, la actividad de las Academias se ha multiplicado exponencialmente con respecto a épocas pasadas y se ha hecho muy visible para las sociedades de habla española, convirtiéndose de este modo en objeto de debate público y en blanco de múltiples críticas que en tiempos pasados habrían quedado circunscritas al ámbito universitario o a la querella erudita. Los ejes de tal actividad académica han sido la defensa de la unidad esencial del idioma, el abandono (al menos como principio teórico) de toda visión de nuestra lengua centrada en la preeminencia del español de España y el reflejo en las nuevas obras académicas del pluricentrismo y de la diversidad del español. Esta tarea de modernización y de integración, sin embargo, solo se verá cumplida cuando contemos con un diccionario de referencia verdaderamente actualizado y panhispánico y comparable a los grandes diccionarios de otras lenguas internacionales. La proliferación de invectivas acerca de la nueva Ortografía en medios de comunicación y bitácoras y la vivacidad y el ardor que han impregnado este debate muestran que, pese al frecuentemente denostado descuido del idioma por los hablantes, la lengua (y, en concreto, su representación escrita) sigue interesando a la gente común, y no solo a escritores y profesionales de la lengua. En otros ámbitos lingüísticos en los que se ha tratado de implantar algún tipo de reforma ortográfica (por ejemplo, Alemania), se ha observado una considerable resistencia de distintos sectores a acatar los cambios. De ello son conscientes los redactores de la Ortografía: «La experiencia demuestra la dificultad de acometer con éxito reformas profundas en sociedades altamente alfabetizadas como las actuales»2 Resulta curioso que muchas de las críticas formuladas contra esta obra, en algunos casos provenientes de sectores que precisamente suelen censurar el peso de la tradición en las obras académicas y la renuencia de las Academias a incorporar novedades, por ejemplo, al DRAE, tengan un tinte netamente «conservador». Piénsese, por ejemplo, en la lamentación por el abandono de la tilde de «guion», el adverbio «solo» o los pronombres demostrativos masculinos y femeninos, en nombre de la fidelidad (en ocasiones de orden sentimental) a lo que uno aprendió en la escuela o a lo que siempre se ha usado. La Ortografía se define3 en sus páginas de presentación como una obra coherente, porque sigue «las exigencias metodológicas del principio empírico que rige todas las disciplinas científicas», exhaustiva, al recoger «muchos problemas concretos, que en algunos apartados presentan una casuística muy fina y detallada», simple, puesto que evita los «tecnicismos y expresiones de difícil comprensión», razonada, frente a los tratados tradicionales de ortografía, didáctica y panhispánica (pues es una obra «concebida desde la unidad y para la unidad»). En efecto, la nueva Ortografía trasciende el mero repertorio prescriptivo y, sin renunciar a su carácter normativo4, ofrece un sólido andamiaje teórico y abundante información de carácter histórico. Por otro lado, de igual modo que la Nueva gramática se ha concebido en tres versiones distintas, la versión de la Ortografía que se acaba de publicar se complementará en el futuro con la publicación de un volumen más reducido, de intención divulgativa y orientado al uso práctico. Las páginas dedicadas en el capítulo I a los nombres de las letras del alfabeto han suscitado considerable polémica, al recomendar una sola denominación para cada letra, aunque respetando «la libertad que tiene cada hablante o cada país de seguir aplicando a las letras los términos que venía usando»5. Es lógico que una obra de este tipo se decante por la tendencia a la unificación de las denominaciones, aunque sea comprensible la resistencia a renunciar a nombres muy arraigados que se observa en algunos países, en particular en relación con las letras b, v y w, para las que se ha optado como nombres preferentes por be, uve y uve doble, por resultar inequívocos. En el caso de las demás letras con más de un nombre también se ha decantado por la simplificación (ye para la y e i para la i, frente a i griega e i latina; erre para la r; zeta para la z). La otra novedad relativa al abecedario que presenta la nueva Ortografía es que los dígrafos ch y ll han dejado de ser considerados letras del abecedario, aunque desde 1994, por acuerdo de la Asociación de Academias, no se tenían en cuenta como signos independientes para la ordenación alfabética de los diccionarios académicos. Otra innovación es que la letra q para representar el fonema español /k/ queda a partir de ahora circunscrita al dígrafo qu (en las secuencias que, qui), mientras que se recomienda que todos los préstamos (incluidos los latinismos) cuya grafía etimológica incluya una q con valor fónico independiente se adapten completamente al español (así, se pasa a escribir cuásar y cuórum). Cuando se mantenga la q etimológica, la palabra que la contenga deberá considerarse extranjerismo o latinismo no adaptado y escribirse en cursiva y sin tilde (quasar, quorum). También se desaconseja el uso de q en nombres propios en los que esta letra corresponde a la transliteración de la qāf árabe o la qof hebrea; así, cuando se trate de «topónimos mayores», se recomienda escribir Irak y Catar en lugar de Iraq y Qatar; en cambio, en los topónimos menores y los antropónimos procedentes de las lenguas semíticas citadas se admite la grafía que corresponda a su transcripción, de igual manera que en las transcripciones de nombres propios chinos según el sistema pinyin, aunque en este caso la letra q corresponde a un sonido parecido a nuestro fonema /ch/ (ej.: Qiang). El nuevo tratamiento, por lo que respecta al uso de la tilde (capítulo II), de palabras como lie [lié], guion [gión], truhan [truán], hui [uí], etc., se basa en el concepto convencional (y artificioso, al disociar la pronunciación de su plasmación gráfica) de diptongo o triptongo ortográfico, que quedó establecido en la Ortografía de 1999 con el fin de aportar una solución a la diversidad de articulación de la combinación de una vocal cerrada átona seguida de vocal abierta, o viceversa, o de dos vocales cerradas distintas, que puede ser en forma de diptongo (como sucede en México y en buena parte de América Central, así como en el habla familiar y cotidiana de otros lugares) o en forma de hiato (en el habla cuidada de los hispanohablantes no pertenecientes a las zonas señaladas). La novedad, como es sabido, de la nueva Ortografía consiste en eliminar las dos posibles grafías que admitía la obra de 1999 (guion y guión, etc.) y en establecer la obligatoriedad de la grafía sin tilde. La RAE, a través del académico Salvador Gutiérrez Ordóñez, coordinador de la edición actual, ha defendido en un artículo de prensa6 este cambio por haber sido objeto de las críticas más acérrimas (llegando a comparar la firmeza de la institución ante estas con la de Lutero en la Dieta de Worms bajo la mirada del emperador y el dedo acusador de las autoridades eclesiásticas) y ha aducido que era necesario cerrar la «moratoria» que había abierto la Ortografía de 1999 y establecer una norma unívoca. La argumentación del artículo, desde el punto de vista lingüístico, no carece de coherencia: la grafía de las palabras a las que atañe la nueva norma siguen permitiendo reconocer en qué vocal recae el acento de intensidad; por otra parte, la realización fonética de una secuencia de vocales como hiato o como diptongo no tiene por qué reflejarse en la escritura, puesto que no constituye un rasgo que permita oponer significados; por último, las Academias son neutrales en cuanto a un tipo u otro de pronunciación. Paradójicamente, las personas más reacias a esta norma consideran arbitraria esa neutralidad, tal vez por apego a la actitud tradicionalmente ordenancista de la actividad académica, y, en pro de una supuesta libertad a la hora de reflejar una realización fonética, están defendiendo la superioridad de su modo de pronunciar. Es cierto que, si se compara esta norma con otras partes de la Ortografía, en las que se opta por un enfoque mucho menos «neutral», más selectivo (por ejemplo, en la denominación de las letras), hay que concluir que la neutralidad de las Academias se refleja en el respeto de la realización fonética de todas las regiones del español, pero no tanto en otros ámbitos de la lengua, en los que se postula una suave progresión hacia la convergencia. Probablemente, la necesaria labor de divulgación de los cambios debería hacer hincapié en tal modulación de la neutralidad. Tampoco se ha librado de la polémica el abandono de la tilde diacrítica en el adverbio «solo» y los pronombres demostrativos masculinos y femeninos. Tal cambio ha supuesto la abolición de una anomalía en el uso de la tilde diacrítica, que está pensada para diferenciar palabras tónicas y palabras átonas que por lo demás son formalmente iguales. Una vez más, los defensores de la perpetuación de la norma anterior (que exigía a quien escribía calibrar si el uso de solo, de esta o de aquellos sin tilde podía dar lugar a ambigüedad) parecen aferrarse a una fidelidad «fotográfica» personal al modo de escribir anterior de estas palabras, cuando las situaciones de posible ambigüedad en el habla y en la escritura al emplear otras palabras son numerosísimas y, en los casos en que no las resuelve el contexto lingüístico o extralingüístico, es necesario algún cambio léxico, de orden verbal, etc., que elimine la ambigüedad. Por otra parte, la supresión de la tilde diacrítica de la conjunción disyuntiva «o» entre cifras resultaba lógica, dado que es átona y la confusión con la cifra correspondiente al cero es casi imposible. El extenso capítulo III («El uso de los signos ortográficos»), que se centra en la casuística del uso de los signos de puntuación, constituye un valioso instrumento de ayuda a los usuarios, en especial a quienes utilizan profesionalmente la escritura. También resultan iluminadoras, al establecer el fundamento de la reglas de puntuación, tan difíciles de sistematizar, las páginas que se dedican a la reflexión acerca de las relaciones entre la puntuación, la sintaxis y la prosodia (pp. 285-288). Otro capítulo de extraordinaria utilidad, en particular, para los traductores y los redactores de textos administrativos e institucionales, es el IV, que trata del uso de las minúsculas y mayúsculas, un aspecto de la expresión escrita que, aunque ha sido objeto de la atención de distintos estudiosos, requería en una obra académica dedicada a la ortografía una sistematización que estuviera a la altura de las vacilaciones que suscita en los usuarios y de las tensiones contradictorias que sufre por influencia de otras lenguas. Quedan zanjadas con bastante claridad cuestiones particularmente dudosas, como el uso de la mayúscula o la minúscula inicial en el caso de los sustantivos genéricos (ministerio, restaurante, parque, océano, cordillera) en expresiones denominativas (variable según se considere si el sustantivo forma parte o no de la denominación), o en el caso de los nombres de organismos, instituciones y otras entidades. El capítulo V se dedica a la unión y separación de elementos en la escritura, a la representación gráfica de las abreviaturas, siglas y acrónimos y a los símbolos. Es muy exhaustivo el análisis de los prefijos, con la novedad, frente a la norma que se aplicaba hasta el momento, de la obligatoriedad de escribir el prefijo ex­, con el sentido de ‘que fue y ya no es’, unido a su base léxica cuando esta consista solo en una palabra (exministra, exnovio), aunque se mantiene la escritura separada si la base es pluriverbal (ex teniente coronel). En la segunda parte (que agrupa los capítulos VI, VII y VIII) se abordan las expresiones que plantean dificultades específicas (los préstamos, los nombres propios y las expresiones numéricas). El tratamiento de los extranjerismos (como se adelantó arriba en relación con la letra q) se fundamenta en la diferenciación entre los extranjerismos crudos (que deben escribirse siempre con una marca gráfica que destaque su condición de tales, preferentemente en cursiva, o bien entre comillas) y los extranjerismos adaptados (aquellos que no plantean problemas de inadecuación entre su grafía y su pronunciación según las convenciones ortográficas del español, los cuales, por tanto, no necesitan marca alguna). La nueva Ortografía ha equiparado absolutamente el tratamiento de los latinismos al resto de los préstamos, los denominados extranjerismos; esta medida puede chocar a los defensores de un mal entendido tradicionalismo, pues rompe el tratamiento ortográfico privilegiado otorgado hasta ahora al latín, pero que resultaba incoherente con el que recibían los demás préstamos. En el caso del reducido grupo de latinismos que han conservado en español su grafía etimológica sin adaptarse completamente a la ortografía española (exequátur, quadrivium, quórum) y a los que, con arreglo a la norma académica vigente hasta el momento, se aplicaban las reglas de uso de la tilde en nuestra lengua, se recomienda ahora que se escriban con grafías totalmente adaptadas (execuátur, cuórum), o bien se opte por una variante plenamente adaptada ya existente (cuadrivio); quien prefiera mantener la grafía etimológica latina deberá escribirlas en cursiva (o bien entre comillas) y sin atildar. Otra novedad es la norma de escribir en cursiva o entre comillas y sin acento gráfico todas las expresiones pluriverbales latinas (a posteriori, cum laude, in situ, sui generis, alter ego, rara avis, vox populi, etc.), a diferencia de las palabras españolas creadas a partir de una expresión pluriverbal latina, que la Ortografía considera latinismos adaptados (adlátere, etcétera, exabrupto, verbigracia). Se analizan en profundidad los aspectos lingüísticos de la grafía en español de los nombres propios extranjeros, en especial los topónimos, lo que no obsta para que en determinados ámbitos (por ejemplo, su empleo en los organismos internacionales) esos aspectos hayan de conjugarse forzosamente con criterios de otro orden. En concreto, en la Ortografía se constata que la hispanización de topónimos extranjeros se reserva a los exónimos de nueva o reciente introducción para adaptarlos al sistema gráfico-fonológico del español (Bangladés, Galípoli) y se aconseja la hispanización de los topónimos que corresponden a transcripciones de lenguas de alfabeto no latino, así como, en general, de los topónimos extranjeros cuando sea preciso modificar la grafía original, con el fin de reflejar la pronunciación aproximada conforme a nuestro sistema ortográfico (Yibuti por Djibouti, Naipyidó por Nay Pyi Taw). En un apéndice se ofrece una lista de las denominaciones recomendadas de los países del mundo, con sus capitales y sus gentilicios. Por lo que respecta a las expresiones numéricas, cabe destacar que la Ortografía prescribe el uso de un espacio en blanco para separar los grupos de tres dígitos en la parte entera de los números (en lugar del uso tradicional del punto o la coma, según los países, para tal fin), con arreglo a las normas de la Oficina Internacional de Pesos y Medidas, la ISO y las entidades correspondientes de cada país. En esa línea, también recomienda (aunque no prescribe) el uso del punto como signo separador de los decimales, hasta ahora solo usado en aproximadamente la mitad del ámbito hispánico. El carácter de obra de referencia con el que ha nacido esta Ortografía se ve oscurecido por una grave carencia: la ausencia de todo índice de materias y voces, una herramienta imprescindible para que el lector (incluso el que se haya leído la obra en su integridad) pueda solventar sus dudas y encontrar la información concreta que busque, sin necesidad de navegar por el índice de contenidos, que ocupa más de veinte páginas. Dicha carencia se ve agravada aún más por la imposibilidad de acceder a una versión electrónica de la obra (ni tan siquiera en CD-ROM); es una lástima que la dimensión comercial, un factor ajeno al contenido y los fines de la obra, pueda impedir su pleno aprovechamiento por los usuarios de la lengua escrita. Hay que esperar, como en el caso de la Nueva gramática, que las Academias no tarden mucho tiempo en poner en línea esta obra a disposición de todo el mundo. También se echa en falta en el volumen una bibliografía temática en la que se recogieran las obras que se han manejado para elaborar la Ortografía, en particular las del maestro José Martínez de Sousa y otros especialistas en ortografía y ortotipografía, la cual representaría el reconocimiento de la deuda intelectual contraída con ellos por las Academias. Por último, hay que señalar la presencia en el texto de unas pocas erratas que lo afean (la más llamativa es «Steimbeck», «steimbeckiano», palabras que figuran con m en la p. 112 y en su forma correcta con n en la página 90). Pese a estos defectos, la Ortografía de 2010 representa en conjunto un enorme salto adelante respecto a sus antecesoras y ofrece una respuesta consistente a la complejidad del español y a la creciente importancia de la palabra escrita en nuestras sociedades Alberto Rivas Yanes Comisión Europea alberto.rivas-yanes@ec.europa.eu                     1 Real Academia Española (1999), Ortografía de la lengua española, Espasa, Madrid. 2 Ortografía de la lengua española (2010), p. 23. 3 Op. cit., p. XL. 4 «[L]a ortografía es esencialmente normativa» (op. cit., p. 9). 5 Op. cit., p. 63. 6 Salvador Gutiérrez Ordóñez, «¿Guion o guión?», El País, 6.2.2011 http://www.elpais.com/articulo/opinion/Guion/guion/elpepiopi/ 20110206elpepiopi_12/Tes.