"Yo sólo pretendí humanizar la ortografía,
sólo pedí
la simplificación de la gramática,
no su supresión",
se defendió García
Márquez. Pero las críticas continúan.
Por Cecilia Macon - Página/12
"¡Juvilemos la hortografía!", ¡"Henterremos
las achez rupestrez!". Cuando el escritor colombiano Gabriel
García Márquez lanzó este llamamiento frente
a los lingüistas y académicos que poblaban el Primer
Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado
en la ciudad de Zacatecas, sabía que su alergia por la
ortografía iba a provocar un rechazo capaz de atravesar
corporaciones varias. Lo que no calculó es que las reacciones
lo obligarían a dar marcha atrás en su propuesta.
"La lengua española debe prepararse para un porvenir
global y sin fronteras, en un derecho histórico surgido
de su vitalidad", dijo Gabo al semanario Hoy. En cambio,
y no ya frente a la academia, sino con la mirada clavada en la
cámara de televisión, reflexiona: "Yo sólo
pretendí humanizar la ortografía, es decir, hacerla
más humana, afable, familiar. ¿Dónde está
el pecado? No faltan los cursis que pronuncian distinto la be
de la ve; no pido la supresión de una u otra, sí
que se busque fin a ese tormento que padecen los hispanoparlantes
desde la escuela".
Entre quienes encabezaron la revuelta contra el colombiano se
destacan el escritor español Juan Goytisolo y el filólogo
Francisco Rodríguez Adrados. Mientras el primero no recordó
que ser un gran escritor no significa ser un buen lingüista,
el segundo recurrió al argumento de la unidad cultural:
"preservar la ortografía, significa garantizar esa
unidad".
Buscando esquivar la oleada de críticas, que involucró
también a Antonio Gala y Arturo Uslar Pietri, García
Márquez aclaró -más vale tarde que nunca-
"sólo pedí la simplificación de la gramática,
no su supresión". Claro que en una entrevista publicada
el domingo por el diario español EL PAÍS no retrocedió.
"El deber de los escritores -planteó- no es conservar
el lenguaje, sino abrirle camino en la historia. Somos los hombres
de letras quienes sufrimos las camisas de fuerza y cinturones
de castidad. Como están hoy las reglas, no tienen ninguna
lógica".
Los sudamericanos Mario Benedetti y Mario Vargas Llosa se tomaron
la cuestión como una broma. "Es una irreverencia,
un desplante", señaló el peruano. "Si
se acabara con la ortografía, el español se desintegraría
en tal multitud de dialectos que llegaríamos a la incomunicación.
Obviamente, semejantes ideas sólo podían provenir
de quien es un gran creado de imágenes, pero que nunca
ha sido un pensador, ni un teórico, ni un ensayista".
El uruguayo, tras evocar el espíritu lúdico de García
Márquez y calificar la propuesta de "frívola",
adjudicó esa suerte de exabrupto al oficio. "Él
es un prosista,y como tal incapaz de ver que la palabra para un
poeta es palabra escrita, es allí donde está su
cuerpo. Creo que los escritores latinoamericanos deberíamos
dedicarnos a analizar otras cuestiones más importantes
que afectan nuestra lengua, entre ellos, la alta tasa de analfabetismo
que soporta la región", dijo el autor uruguayo.
Por su parte, la psicoanalista y lingüista argentina Eva
Tabakián recordó que la ortografía tiene
dos aspectos: uno vinculado a lo autorizado, lo legitimado por
la Academia, y otro con la comunicación". "Este
último no puede hacerse a un lado", observó.
"Cada palabra evoca una imagen por el modo en que está
escrita. Muchas veces, cuando se violan esas reglas se torna irreconocible
y se llega a la imposibilidad de su lectura. No porque esté
bien o mal escrita en términos de una cierta autoridad,
sino porque la escritura implica la existencia de un código.
Sin código se cae en una anarquía que hace imposible
la comunicación".
Para el escritor argentino Charlie Feiling, la actitud de García
Márquez surge de una confusión: "Se supone
que el inglés es una lengua no reglamentada, cuando en
realidad, aunque sumamente plástica, es un idioma donde
las reglas cuentan". "La queja de García Márquez
es excesiva -opinó- porque en el castellano hay una correspondencia
casi exacta entre lo que se dice y lo que se escribe.
Lo que está por detrás es una confusión entre
la actitud de la Real Academia y su diccionario prescriptivo y
la de la Universidad de Oxford, que se encarga de armar un diccionario
meramente descriptivo. En todo caso, lo que habría que
criticar es la actitud de la Academia y no proponer la abolición
de la ortografía", concluyó Feiling.
Después de todo, havolir las rreglas nos pribaría
del plaser de biolarlas.
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