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Fernán Gómez, un cineasta
en la Academia Española

El escritor y actor declara que siempre le ha resultado
más difícil escribir que interpretar

MIGUEL ÁNGEL VILLENA, El País

El cine entró en la Real Academia Española de la mano de Fernando Fernán-Gómez. Actor, director de cine y de teatro, dramaturgo, guionista, novelista y autor de memorias, pocos intelectuales reúnen un perfil más adecuado que Fernán-Gómez para ocupar el sillón B de la institución encargada de estudiar y enriquecer el lenguaje. Con la entrada en la Academia, este polifacético artista, nacido en Lima en 1921, culmina un año pródigo en venturas como la publicación de sus memorias, el éxito de crítica y público de la película El abuelo o los distintos homenajes que le han tributado.

Fernando Fernán-Gómez admite que la intención de los académicos que propusieron su candidatura pasaba por incluir una persona del cine en la institución. "No sé si soy el más adecuado", comentó anoche el escritor a un grupo de periodistas en su acogedor chalé de una urbanización cercana a Madrid.

No duda cuando responde que siempre le ha resultado más difícil escribir que interpretar. "Como actor me he manejado mejor que como autor porque al escribir has de reunir datos, has de consultar libros, acudir a diccionarios", señala.

Con esa voz grave e inconfundible que ha hecho famosa, Fernando Fernán-Gómez explica en clave de autocrítica su dedicación a géneros literarios y escénicos tan variados como los que han jalonado una carrera iniciada en su juventud.

"Hace tiempo", manifiesta el nuevo académico, "leí una crítica adversa en la que se mantenía que yo había cambiado tanto de género porque no había acertado de forma permanente con ninguno. Es muy posible que esta apreciación corresponda a la realidad".

Institución desconocida

En su charla, Fernán-Gómez esgrime una sorna muy peculiar, pero que esconde un discurso entre la seriedad y la broma, todo ello dicho con cierta solemnidad. "La verdad", afirma, "es que ignoro los mecanismos de la Academia y por tanto no sé cómo podré hacer mis aportaciones en lo que se refiere, por ejemplo, a términos cinematográficos. Es decir, que no tengo ni idea de cómo puede nombrarse un travelling en español. En cualquier caso, no deja de tener su gracia que a uno le haga ilusión entrar en una institución cuyo funcionamiento desconoce. Se puede decir que conozco mejor el funcionamiento de un club de fútbol que el de la Academia".

No ha pensado todavía en su discurso de ingreso en la institución, pero le rondan ideas sobre las transformaciones que han sufrido el papel del actor y las características de la interpretación a partir de la aparición de inventos como la televisión y el cine.

"Antiguamente", aclara, "un intérprete no podía ver después cómo había quedado su trabajo. No sólo en lo que hace referencia a la calidad, sino en esa percepción distinta a la imagen que uno tenía de sí mismo".

Ahora bien, un rasgo que no ha cambiado en la profesión de actor es esa "angustia", como la define Fernán-Gómez, "de no saber si vas a tener una oferta". "Ahora mismo estoy en el paro a la espera de nuevos proyectos. Parece mentira que sea así después del triunfo de El abuelo, pero en nuestro oficio el éxito no se traduce de modo automático en nuevas ofertas. No siempre, al menos".

Fernando Fernán-Gómez fue elegido ayer nuevo académico de la RAE, en sustitución de Emilio Alarcos, por mayoría absoluta en una tercera votación. Los otros dos aspirantes eran los filólogos y profesores Darío Villanueva y Manuel Álvar hijo. Los tres miembros de la institución que habían propuesto al actor y escritor eran Francisco Rico, Francisco Nieva y Rafael Alvarado. Los tres mostraron ayer su satisfacción por el próximo ingreso de Fernando Fernán-Gómez.

Francisco Nieva aseguró que la Academia "se ha mostrado muy inteligente" al elegir a Fernán-Gómez, por su labor en las tres facetas a las que ha dedicado su vida, aunque a su juicio ha debido ser su "gran carrera como cineasta" la que ha animado a los académicos a apoyarlo. Nieva recordó el éxito que alcanzó Fernán-Gómez con Las bicicletas son para el verano, que "se representó muchas veces", y señaló que, como cineasta, "tiene cosas magníficas, y su obra maestra es ese Viaje a ninguna parte.

Memorias

Para Francisco Rico, Fernando Fernán-Gómez "es uno de los mejores escritores de memorias, con una prosa muy personal". La contemplación del mundo que ofrece en sus memorias "siempre desde una perspectiva muy singular, muy suya", es una de las cualidades que destacó Rico al referirse a los escritos autobiográficos de Fernán-Gómez, género del que en España hay "poca tradición".

Rafael Alvarado dijo ser "desde siempre un entusiasta" del actor y destacó, por encima de cualquier otra faceta, "la maestría de Fernán-Gómez al escribir artículos periodísticos". Amante del teatro de Fernán-Gómez, a Alvarado también le gustan sus películas y, entre ellas, eligió El abuelo, donde el actor "hace una interpretación soberbia" .

El guionista Rafael Azcona se declaró anoche encantado por la noticia de la elección de Fernando Fernán-Gómez en la Academia. Azcona, que coescribió con el actor y director su película Mi hija Hildegard y ha escrito numerosos guiones en los que ha actuado Fernán Gómez (entre ellos, El anacoreta y Belle Époque), dijo: "Algunas veces da gusto comprar el periódico porque te da una o dos alegrías, y ésta será una de esas veces".

Azcona añadió que "era previsible que el primer hombre de cine español que llegara a la Academia fuera Fernán-Gómez".

Un mal carácter con encanto

M. Á. V, Madrid

Confiesa sin ningún empacho que tiene mal carácter. Es más, cuando un periodista lo define como "cascarrabias", Fernando Fernán-Gómez precisa que se trata de un calificativo muy amable. "Miren ustedes, es público y notorio que tengo mal carácter, si hasta eso sale por televisión. Además, me interesa que se sepa y que se divulgue".

Sentado en un sillón de una casa confortable y cálida de los alrededores de Madrid, llena de libros y objetos de todo tipo, vestido con una chaqueta de lana a cuadros y un pantalón de pana mientras sostiene un vaso de whisky en la mano, de Fernando Fernán-Gómez impresionan su voz, sus ojos claros y sus gestos.

Pero tras esa apariencia de abuelo gruñón resalta una sensibilidad, un encanto, que lo han convertido sin duda alguna en uno de los actores más prestigiosos y queridos de España. No pierde la socarronería y buena muestra de ello la brinda la respuesta a unos fotógrafos que le pedían anoche que se sentara en el suelo para tomar unas imágenes. "Sentarme podré. Lo que no podré es levantarme".

Premios

Nacido en Lima en 1921, Fernán-Gómez dirigió su primera película, Manicomio, en 1952; y publicó su primera novela, El vendedor de naranjas, en 1962. Después ha realizado otros filmes, ha escrito y montado obras de teatro y ha recibido innumerables premios que van desde el Lope de Vega, por la obra teatral Las bicicletas son para el verano, hasta el Espasa Calpe de humor por su novela El ascensor de los borrachos pasando por el Goya de 1987 al mejor director y actor por El viaje a ninguna parte o el Príncipe de Asturias de las Artes de 1995. Todo ello sin olvidar el Oscar por Belle Époque, de Fernando Trueba, en 1994.

Hace unos meses publicó sus memorias, tituladas El tiempo amarillo, en la editorial Debate. No obstante, el nuevo académico no se considera un memorialista y opina que los últimos años y su proliferación de biografías y autobiografías "han superado esa idea de que en España no interesaba el género o de que pocos lo cultivaban".

Pero, por encima de todo, Fernando Fernán-Gómez ha sido y es un actor colosal que ha interpretado toda clase de papeles, cientos de personajes, en el cine, el teatro y la televisión. Como ha plasmado en más de una ocasión, Fernán-Gómez se reconoce en esa definición de cómico.

Anoche observaba en su casa que su profesión está muy alejada de la estabilidad del empleo fijo, de la seguridad de la nómina. "Eso de la nómina que tanta ilusión provoca a las madres está reñido con la profesión de actor", señalaba anoche mientras se aprestaba resignado a conceder una entrevista para la televisión.

La voz de la palabra

ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS

El oficio de relatar, mientras se ejerce, y se ejerce a solas, suena a murmullo, porque por estruendoso que sea lo que relata procede de un movimiento del silencio de la memoria. Algunas veces he oído decir a un escritor algún relato por él escrito, y si lo conocía y me gustaba, se me vino abajo, me sonó a retahíla, a tedioso ejercicio de balbuceo.

Sólo en dos ocasiones oí crecer por encima de sus páginas a un relato dicho. Una fue en la voz de Jorge Luis Borges, relatando de memoria dos cuentitos suyos; y otra, hacia la mitad de los años sesenta, en un lectura de algo ajeno por Fernando Fernán-Gómez en un café de Madrid, hacia la mitad de los años sesenta.

El cuento que leyó no me gustaba, pero no me di cuenta de ello hasta que, embaucado por esa lectura, compré el libro, lo abrí por aquel relato y no pude terminarlo. Era un cuento malo y mal escrito, que tuvo su instante de bondad en diez minutos de una noche en que fue dicho.

La escritura de Fernán-Gomez, leída en su silencio, suena. Se oye mientras se lee El tiempo amarillo. Hay muchos pasajes de este hermoso libro, capítulos completos, como los que dedica a sus comienzos de actor en el lúgubre Madrid de la posguerra, en los que se abre paso como un humo la voz de la palabra no murmurada, sino moldeada.

La escritura de Fernán-Gómez procede de su voz, porque ésta le antecede como herramienta de expresión artística y profesional. No es que haya una literatura específica del actor, sino que en el caso de Fernán-Gómez la música ronca y pausada de su voz se cuela por las grietas de lo que escribe y de forma involuntaria dice sus garabatos al tiempo que los hila sobre una cuartilla en blanco. Se funden la palabra y la voz de palabra, se hacen un único movimiento, un solo gesto.

Esta fusión entre escrito y dicho, signo del drama y de algunas formas del poema, lo es también de una escritura a la que no dan rango de literatura verdadera sino instrumental, cuando a veces es mucho más que eso.

Me refiero a la escritura cinematográfica, en la que Fernán-Gómez ha bordado literatura de enorme vigor, estallidos de palabras que provienen de una memoria y una inventiva verbal superior a casi todo lo editado aquí en muchas décadas. No recuerdo quién tuvo la idea, ni si la llevó a cabo, de indagar paralelismos entre la escritura de Valle-Inclán, Baroja, Noel, el primer Cela, y la hondura y viveza de la construcción, la precisión y riqueza del vocabulario y el acompasamiento entre el ritmo verbal y el tiempo histórico representado, en los diálogos de la película El viaje a ninguna parte, relato sonoro genial, pero que sigue arrumbado e ignorado en cuanto escritura, reducido a reliquia o a curiosidad en las estanterías oscuras y polvorientas de la literatura inservible o invendible, cuando en sus folios hay una escondida gloria del castellano moderno.