Martes, 21 de noviembre de 2017

El cambio lingüístico lo
producen los varones

24/09/2011
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Science, vía CambridgeLa forma como se propagaron las lenguas en la antigüedad puede parecer algo muy difícil de rastrear, pero en realidad buena parte de esa historia yace oculta en nuestros genes, lo que nos permite plantear la hipótesis de que el cambio lingüístico es un fenómeno impulsado por los varones.Esto puede parecer un tanto aventurado, pero veámoslo un poco más detenidamente. ¿Cómo podría ser siquiera posible estudiar el cambio lingüístico sin recurrir a la genética? Podemos usar varios marcadores genéticos que permanecen inalterados de generación en generación y tratar de reconstruir con ellos los movimientos y los orígenes de las diferentes poblaciones. Estos marcadores son específicos de cada sexo: el cromosoma y para los hombres y el ADN mitocondrial de las mujeres, y fue en ellos que se basaron los investigadores de Cambridge Peter Forster y Colin Renfrew para estudiar el papel del sexo en la transmisión del idioma.Forster y Renfrew afirman que los varones están mucho más asociados al cambio lingüístico que las mujeres. Uno de los mejores ejemplos de este fenómeno es la temprana llegada de polinesios al territorio de Melanesia, creando una alternancia de bolsones lingüísticos de habla polinesia y melanesia a lo largo de la costa de Nueva Guinea. Fundamentalmente, el nivel de ADN mitocondrial en la Polinesia es siempre sobre el mismo: un 40% a 50%, independientemente del idioma que se hable. Pero la historia del cromosoma y (masculino) es diferente en la Polinesia: aparece casi exclusivamente en las zonas de lengua polinesia y muy raramente en las regiones de habla melanesia.¿Por qué puede ocurrir esto? Para entenderlo tenemos que recordar que las lenguas se extendieron porque la gente migró de un lugar a otro, y a lo largo de la historia humana los hombres han gozado de una movilidad mucho mayor que las mujeres. Estos varones podían ser guerreros conquistadores o granjeros inmigrantes, pero el hecho básico es el mismo: los hombres podía establecerse en regiones diferentes mucho más fácilmente y en mayor número que las mujeres. Y cuando la mujer cambiaba de lugar, no siempre era por opción: recordemos el caso de las mujeres británicas que eran raptadas y llevadas a Islandia. En esas circunstancias, no es sorprendente que la lengua de Islandia no sea el inglés antiguo.El profesor Renfrew lo explicó así:

«Es posible que en los casos de emigración de agricultores los hombres hayan superado a las mujeres en los grupos pioneros y tomado esposas en la comunidad local. Cuando la primera lengua del padre y la de la madre son diferentes, ocurre con frecuencia que la lengua del padre es dominante en el grupo familiar».

También es preciso considerar algunos hechos biológicos básicos: mientras una mujer no puede quedar embarazada más de una vez cada nueve meses, los hombres son capaces de engendrar hijos de varias madres al mismo tiempo. Esta idea es bastante simple, pero los efectos de este fenómeno pueden ser muy importantes. Veamos por ejemplo el caso de Genghis Khan que, según se dice, fue el padre de cientos de niños, al punto que hoy se cree que su cromosoma y está presente en el ADN del 0,5% de la población mundial, unos 35 millones de personas. En resumen, un inmigrante o un conquistador de sexo masculino tendría muchas más oportunidades que una mujer de transmitir su lengua y sus genes.El Dr. Forster comentó que este resultado es por lo menos sorprendente, considerando una de las expresiones más comunes para hacer referencia a una lengua nativa:

«Tanto en las lenguas europeas, como en las hindúes, chinas o cualesquier otras, la expresión lengua materna y su concepto está firmemente incrustando en el imaginario popular. Tal vez esa sea la razón por la que durante tantos años el papel de los padres o, más precisamente, el de los hombres de éxito, no ha sido reconocido por los estudiosos de genética ni los de lingüística. Las mujeres prehistóricas pueden tender más fácilmente a adoptar la lengua de los hombres inmigrantes, especialmente cuando estos recién llegados traían consigo el poder que se asociaba a las destrezas militares o si era percibidos como personas de un estatus superior asociado a la agricultura o a la metalurgia».

El resultado es un fascinante recordatorio, tal vez no del todo agradable, de cuán profundamente los patrones históricos pueden influir aun hoy en nuestra herencia lingüística y genética por caminos que estamos apenas empezando a comprender.