Martes, 19 de febrero de 2019

Don Quijote lucha contra Shakespeare

10/01/2010
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La RiojaEn el mundo se hablan 6.909 idiomas, según el censo de la publicación americana Ethnologue: Languages of the world. Quizá para cuando ustedes lean estas líneas, algunos de ellos hayan desaparecido ya: en la selva nigeriana, por ejemplo, se contabilizan hasta 200 lenguas diferentes, la mayoría vinculadas a tribus remotas que tarde o temprano quedarán atrapadas en las redes de la globalización. Su angosto panorama, reducido a los límites geográficos de un poblado o de un valle, es bien diferente del horizonte amplio, casi infinito, que se abre para las lenguas universales: chino, inglés y español. El formidable batallón de los nietos de Mao hace que el chino mandarín siga reinando numéricamente, con más 1.000 millones de personas que lo dominan. El español también se beneficia de la elevada tasa de natalidad de América Latina y suma casi 400 millones de hablantes nativos. El Instituto Cervantes calcula que otros 18 pueden estar estudiándolo hoy. Cifras muy por encima de los registros del árabe (221 millones), del hindi (182) y del bengalí (181).¿Y el inglés? Resulta imposible conocer cuántos angloparlantes se esparcen por el mundo. Algunas estimaciones precisan que 350 millones de personas lo emplean como lengua materna, otros tantos lo dominan con precisión y hasta 1.000 millones más lo utilizan en algún momento, aunque su nivel bascule entre lo pasable y lo macarrónico. Como reconoce el catedrático Antonio Marquina, el inglés ha heredado el estatus de lengua franca que hace dos milenios poseyó el latín. La potencia económica de los territorios angloparlantes (de Estados Unidos a Gran Bretaña, de Australia a Canadá) hace que todo el mundo quiera aprender el idioma de Barack Obama, Bill Gates y Gordon Brown. Éstos son los gigantes contra los que, con armas mucho más modestas, pelea hoy Don Quijote. Un proyecto de la Fundación Telefónica cifraba el valor económico del castellano en el 16% del PIB español, aunque advertía: «El futuro no pasa tanto por el número de sus hablantes cuanto por su capacidad para imponerse como lengua de uso internacional en los intercambios económicos y científicos». En ese territorio, la dictadura del inglés es absoluta, aunque también el francés -dominante en África- se resiste a ceder su histórico puesto de privilegio. Para no perder comba en la carrera internacional, el español guarda tres conejos en su chistera: su crecimiento en Estados Unidos, su inclusión en los programas educativos de Brasil, la principal potencia de América Latina, y su homogeneidad interna, que le permite superar los localismos para construir un mismo edificio lingüístico en Ciudad de México, Malabo, Buenos Aires o Sevilla.