El español en el deporte
por Fernando Lázaro Carreter
Presidente de la Real Academia Española
Sociedad mediática
Extraído de ABC, Madrid
El último «Tour» ha sido pródigo en sucesos, el principal de los cuales consistió en el abandono de Induráin; lo ocurrido en la Vuelta ha avivado la sospecha de que el tiempo está empezando a minar la juventud del gran campeón, en quien son igualmente admirables la discreción, la capacidad atlética y el talento (aquí sí tiene adecuado lugar este argentinismo que algunos aplican a cualquier deportista de ágil y hábil soma, aunque sea un ceporro). En modo alguno lo creo -otra cosa es que esté harto de pasarse tanto mes a dos ruedas-, pero es cierto que este año no ha estado intratable, como por elogio sumo califican muchos píndaros a los mejores, sino cortésmente humano, lo mismo al vencer con oro en la prueba olímpica que al rendirse en la subida a los lagos astures.
Rodea a estas grandes carreras una inmensa algarabía sonora; lo merecen, por cuanto exaltan a nuestra especie en su más alto grado de esfuerzo físico y sacrificio. Pero es raro que el vocerío no depare curiosidades idiomáticas a quien atiende. El Giro ha dejado en la expresión de algún enfático el llamar finamente grupeto (sic) al grupo pequeño de corredores; aún sería más deslumbrante la bobería si se dijera, también a la italiana, gruppetino. Otro lindo vocablo del mismo origen -a la acepción me refiero- les han pegado los radiofonistas de aquel país a bastantes de los nuestros, que llaman unidades a los corredores, tanto si van en grupeto como si se amontonan en un gran paquete (término que en sentido ciclista es francés, como lo es en el significado anatómico: nuestra imaginación actual ya no da de sí ni para esas partes). El lenguaje de tales facundos se tecnifica de este modo y aparenta corresponder a saberes profundos, lo cual les granjea -creen- admiración.
El francés ha seguido contagiando a nuestros narradores del «Tour»: lo hace desde los orígenes mismos del ciclismo. De él nos vino, por ejemplo, con el paquete, la graciosa metáfora chupar rueda (sucer la roue), útil también fuera del velocípedo. Mucho menos brillante es el último legado: sensaciones. En los eventos deportivos veraniegos, y especialmente en entrevistas a ciclistas y a sus entornos, se manifestó con extremada espesura:_ cada medio minuto, sensaciones que te casco. En frases así: «¿Qué sensaciones tienes ante la etapa de mañana?» Se preguntaba, claro es, qué barruntaba el corredor. Del mundo de la rueda ha pasado ya al del balón, y un rudo presidente de club confesaba que el partido a punto de comenzar no le inspiraba buenas sensaciones. «Y ¿a qué se deben tus malas vibraciones?», le preguntó el entrevistador, certificando así con su profundo conocimiento de jerga tan menesterosa la identidad semántica de ambos vocablos, y su coincidencia en el de, aproximadamente, «presagios» o «barruntos». La invención de vibraciones en esa acepción fue graciosa; en cierto modo, la metáfora concebía tal actividad anímica como una especie de temblor o de palpitación que, incluso, podía entrar en armonía o discordancia con el espíritu de otras personas según emitieran o no vibraciones o la recíproca. Modo de concebir que casi evoca la pitagórica concordancia entre los números del alma y Dios que cantó fray Luis de León.
Sensaciones es, en cambio, un término mostrenco: su empleo ahorra la fatiga de hacer funcionar el cerebro en busca de la palabra precisa. Milita en el bando de tema, usuario o incidir, iniciar y de tantos otros comodines que han ido saliendo en estos artículos a lo largo de los años. Empobrece al ocupar un extenso territorio semántico al que pertenecen voces como presentimiento, corazonada, intuición, sospecha, barrunto, augurio, presagio, sentimiento, simpatía, afinidad...: tantas más, y tantas maneras de expresar matices y de variar los enunciados en función de los contextos. Es una nueva manera de simplificar -hacer más simples- las mentes hispanas.
Continuando en el siempre dudoso lenguaje de los radiadores deportivos, es heroica su abdicación del sentido común cuando una gran multitud de ellos asegura que continúa inalterable el resultado inicial de cero a cero. Tanto si es inalterable como si efectivamente se trata de un resultado, no se entiende que sigan jugando los nigerianos, eslavos, brasileños, holandeses y demás aristocracia internacional del fichaje que hoy trota campo arriba campo abajo partiéndose el pecho por el honor del fútbol español. Porque si al comienzo (ellos dicen inicio) del partido ya se ha producido el resultado, apaga y vámonos.
Tenía la sospecha de que tales juglares, aficionados tantas veces a hablar por hablar sin escuchar (siempre emplean este verbo donde debían usar oír; ya lo dijimos, y hasta hubo un falso arrepentimiento público), confunden continuamente dos términos próximos y diferentes: táctica y estrategia. Un amable capitán de navío me cerciora de que no andaba ofuscado: cuando emplean de manera indistinta ambos términos haciéndolos sinónimos, yerran hasta el corvejón y hasta más arriba. Como señala mi comunicante, el Diccionario académico deja bastante clara la diferencia. De táctica dice que es el «conjunto de reglas a que se ajustan en su ejecución las operaciones militares», y define estrategia como el «arte de dirigir las operaciones militares». Realicemos la simple operación metafórica de sustituir militares por futbolísticas y comprenderemos que quien, por ejemplo, ha planeado dejar sistemáticamente a los contrarios en fuera de juego es un estratega, pero los futbolistas que efectivamente provocan la falta cuando lo permite el juego, están aplicando una táctica. Para el francés, dice resolutivamente el Robert: «Straté gie (opuesta a táctica). Arte de hacer evolucionar un ejército en un campo de operaciones hasta el momento en que entra en contacto con el enemigo». Dicho con palabras de mi comunicante, una vez que el árbitro «da el soplido al silbato, todo es táctica». Conviene, pues, reservar estrategia para los planes que trama el míster con sus pupilos, y dejar el vocablo en el túnel de vestuarios apenas saltan los equipos al rectángulo de juego (así se habla).
De la labilidad de este idioma, en el que tantas veces so y arre son la misma voz, donde todo es caos y tiberio, ofrecemos todavía otra prueba. Ocurre a menudo que a la puerta llega un balonazo, y que el portero lo ataja devolviéndolo al campo con las manos o mandándolo a córner. Para cualquier desconocedor del dialecto balompédico, será evidente que no ha atrapado el cuero, pues lo que ha hecho es, justamente, no atraparlo: este verbo significa para él desde la infancia «coger una cosa», y nada se coge (con perdón de millones de americanos), se ase, se agarra, se prende, se apaña, se toma, etcétera, cuando se hace justamente lo contrario; porque la acción del portero ha consistido en rechazar o repeler la pelota. Pues bien, son bastantes los narradores para quienes atrapar significa «detener», podándole la precisión de que se ha detenido sujetando la pelota con las manos. Esta supresión de matices significativos es lo más preocupante -y no los anglicismos- que le está sucediendo al español actual: abarata las mentes con amenaza de ruina.
Dentro y fuera del estadio, avanza imparable la afición a las palabras corpulentas y rollizas, engordadas por ciertos hablantes a quienes estimula una anemia cerebral que los induce a un consumo patológico de sílabas. Parecen disgustarles las palabras gráciles, y les añaden adiposidad superflua. Y así, quienes prefieren climatológico a climático, o analítica a análisis, o credibilidad a crédito, sienten la compulsiva necesidad de decir condicionamiento en vez de condición. Ocurre hasta en textos oficiales donde se lee, por ejemplo, que «quienes cumplan ambos condicionamientos, podrán optar a...» Son cosas que inspiran penosas sensaciones.
|