Julio Cortázar: el escritor que se atrevió a jugar
Por Romina López Larrosa
Deutsche Presse-Agentur (dpa)
Madrid (dpa) - En cierta ocasión, el mexicano Carlos
Fuentes tocó a la puerta en la casa de Julio Cortázar en París.
Entonces, relata, le abrió "un adolescente pecoso, lampiño, de melena
juvenil y ojos azules". "Pibe, vengo a ver a tu padre", se presentó.
"Soy yo", le contestó Cortázar.
Fuentes recordaba así al escritor argentino de "Bestiario" (1951),
"Historias de cronopios y de famas" (1962) y "Rayuela" (1963) cuando
se cumplían diez años de su muerte.
Hoy, a quince, Cortázar sigue siendo a través de su obra ese joven
eterno que fue en vida, altísimo y flaco, que apostó por el humor y
el juego cuando en América Latina casi nadie se atrevía a hacerlo.
Cortázar consideraba el humor como un arma central del ser humano,
que lo capacitaba para hacer frente al mundo y crear una "visión en
que las cosas dejan de tener sus funciones establecidas para asumir
muchas veces funciones diferentes, funciones inventadas".
Como él mismo explicaba, desde pequeño las palabras llegaron a
valer para él más que las cosas mismas, y a partir de allí -empezando
por títulos como "Final de juego", "Rayuela", "62 modelo para armar",
"Divertimento", hasta sus eternos cronopios, esos personajes
inocentes que se encargaron de poner patas arriba el mundo- las
situaciones más dramáticas jamás volvieron a ser solemnes.
Julio Cortázar nació el 26 de agosto de 1914 en Bruselas, donde su
padre era agregado de la embajada argentina, y es posible que de allí
le quedara para siempre la pronunciación de la "ere" francesa, tan
característica en él, que nunca lo abandonó.
Ya en Argentina estudió en la escuela Mariano Acosta y trabajó
varios años como profesor en localidades de la provincia de Buenos
Aires -Chivilcoy y Bolívar- y en la Universidad de Cuyo, en Mendoza.
Fue con 37 años que publicó su primer libro de cuentos,
"Bestiario", y que entró en contacto -aunque lateralmente- con el
mítico grupo en torno a la revista "Sur", comandado por Victoria
Ocampo.
Su oposición al peronismo lo había llevado a abandonar la
universidad y a buscar una beca con la que en 1951 viajó a París,
donde trabajó como traductor en la UNESCO.
Allí conoció a quien sería su primera esposa, la también
traductora argentina Aurora Bernárdez, quien lo acompañó en los
momentos finales de su vida, luego de la muerte de la canadiense
Carol Dunlop, su mujer en los últimos años.
Cortázar llegó a París distanciado de la Argentina, pero no
exiliado, en lo que se convirtió sin embargo durante la última
dictadura (1976-1983). En la capital francesa vivió lo que él
describió como "la gran sacudida existencial", y la sucesión de
libros desde su llegada confirma que la ciudad sirvió de catalizador
para su obra.
En los años 60 vivió un cambio profundo, y del alejamiento de lo
político que lo caracterizaba hasta entonces pasó a un fuerte
compromiso con el socialismo. Con cincuenta y cuatro años participó
junto a los jóvenes franceses en las manifestaciones de Mayo del 68 y
se convirtió en un defensor de Cuba y Nicaragua hasta su muerte,
incluso en hechos y momentos polémicos.
Muchos vieron a mal esta transformación e incluso el talante de
obras como "Libro de Manuel" (1973), que sin abandonar el tono de
humor y juego de los anteriores habla de la guerrilla y construye
parte de la historia de esos tiempos deseosos de revolución.
Cortázar donó los derechos de "Libro de Manuel" para los presos
políticos de Argentina y contestó a los críticos que denostaron la
novela fiel a su estilo, con un "autorreportaje" que fue publicado en
la revista "Crisis".
Allí defiende lo fantástico, lo imaginario y lo humorístico como
formas válidas de tomar conciencia, en absoluto escapistas, y rechaza
tanto a los sesudos críticos que lo acusan de perder creatividad como
a los compañeros "revolucionarios de solemnidad" que lo censuran
porque no abandona lo lúdico.
Compartió la alegría del regreso de la democracia a la Argentina,
aunque con variados desencuentros con los políticos de su país,
mientras un Cortázar que se había convertido en barbudo por un
tratamiento hormonal en los años 70 seguía con sus actividades de
escritor de izquierda.
Tras la muerte de su esposa Carol Dunlop, el escritor se fue
debilitando y murió de leucemia el 12 de febrero de 1984. Seguía
pareciendo el joven amante del jazz, el boxeo y el cine que le aportó
a la literatura latinoamericana el valor para abandonar la
solemnidad. Un auténtico cronopio.