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El triunfo en la Copa del Mundo: la fiesta de las palabras
Jesús Castañón Rodríguez

Del 31 de mayo en Seúl (Corea del Sur) al 30 de junio de 2002 en Yokohama (Japón) llega una nueva cita con la Copa del Mundo de Fútbol. Una edición especial por ser la primera del siglo XXI, la primera vez que se organiza entre dos países y la primera ocasión que se celebra en Asia. Durante ese mes las notas de la canción y del himno oficial, interpretados respectivamente por Anastacia y Vangelis, alimentarán el sueño de miles de aficionados de todo el mundo: el triunfo en el torneo. Una victoria, que más allá del juego, de las cifras, de los océanos de tinta vertidos en la prensa, de las horas de programación de televisión o radio y de navegación en internet, constituye una gran fiesta del lenguaje en la que ya han participado la Comunidad Iberoamericana de Naciones gracias a los cuatro triunfos de Brasil y los dos campeonatos de Argentina y Uruguay.

Comienza un desfile de palabras donde ocho países de la Comunidad Iberoamericana de Naciones se convierten en personajes colectivos en busca de autor: Argentina, Brasil, Ecuador, España, México, Paraguay, Portugal y Uruguay.

Esta fiesta social en el siglo XX ha sido un desafío al sol donde los futbolistas balancearon sus cuerpos, mientras en la grada se balanceaban los zapatos de la fantasía y los sentimientos hablaban alto. Las mentes corrían tras el balón que puso en juego sudor y ansias de gloria, esperanzas para gambetear las carencias y las dificultades. Los corazones latían al ritmo acompasado de una energía creativa capaz de fusionar al Premio Nobel y al hincha.

La victoria en la Copa del Mundo se ha convertido en un campo de juego de complejos sentimientos de liberación por el esfuerzo, donde la sinceridad fuerte y valiente es llevada al límite para huir del desgarramiento vital de la esclavitud o la emigración, de la rutina, de la monotonía, de las múltiples formas de unas sociedades rígidas y complejas con grandes contrastes. Conforma un ámbito creativo de lirismo, pasión, amargura y belleza destinado a ser vivido en el clamor, en los sueños, en la fascinación: héroes en el inconsciente colectivo, sueños de eterna juventud, felicidad o libertad que superan los límites de la realidad hostil, deseos de vivir y detener el tiempo...

 

Palabras para enamorar la pelota



El triunfo final en el campeonato es un nuevo amanecer donde las palabras enamoran a la pelota. Es un nuevo humanismo que encuentra musicalidad en el picar de la pelota, en los relatos periodísticos o en la combinación de las palabras con otras manifestaciones artísticas.

Los héroes de la victoria



La historia de los relatos periodísticos de Iberoamérica en la Copa del Mundo está jalonada por nombres legendarios, anécdotas, curiosidades... Destacan por su constante presencia en las diferentes ediciones del campeonato el ecuatoriano Alfonso Laso Bermeo, el español Matías Prats... en una larga lista que lleva a la cumbre el uruguayo afincado en Argentina, Diego Lucero, tras ser el único periodista que asistió a todas las ediciones del siglo XX, entre 1930 y 1994.

Las crónicas de la victoria han alcanzado en Brasil y en el Río de la Plata gran notoriedad y se han convertido en textos de moderna literatura de ficción. Un terreno de juego donde las palabras han disputado el encuentro de transformar el arte del campo en magia cultural, donde los relatores de la victoria han corrido la banda hasta configurar un diapasón de emociones alegres y tristes en los aficionados, un ámbito de señas de identidad y, también, una fuente de giros y expresiones que se instalan en los imaginarios populares.

Uruguay: emoción sin dramatismo



Uruguay destaca por su carácter precursor tanto en la narración radiofónica en 1930 como en la creación de un estilo emotivo sin dramatismo en la final de 1950, cuando su victoria enmudeció a Brasil.

A lo largo del siglo XX, las crónicas y los relatos de Raúl Edilberto ‘Cacho’ Barizzoni, Ignacio Domínguez Riera, Emilio Elena, Duilio de Feo, Lalo Fernández, Javier Máximo Goñi, Alberto Kesman, Víctor Hugo Morales, Carlos Muñoz, Chetto Pelliciari, Herber Pinto, Jorge da Silveira, Carlos Solé, Julio Villegas, Ricardo Zecca... han hecho del estilo celeste una referencia para el idioma del deporte en español.

En la Copa del Mundo de 1930 se crearon las bases para fomentar la vivencia de los encuentros con una dimensión mágica: cada partido era un acontecimiento social, la victoria era fuente moral nacional y orgullo y la victoria final era motivo para un entusiasmo desbordado que inundó las calles de Montevideo de felicidad y festejo. Y para el idioma se asentó gran parte del estilo con el que se ha vivido en el siglo XX, basado en contar lo que se ve de forma imparcial, usar frases escuetas, emplear economía de palabras para dar ligereza y anticiparse a los goles antes de que los gritase la multitud. Fue una labor que tuvo como precursores a Ignacio Domínguez Riera y Emilio Elena.

En 1950, el magnetismo y la inmediatez de los relatos llevó a su seguimiento en bares, plazas públicas y frente a las redacciones de los medios de comunicación. Su estilo de ir encima de la pelota dio lugar también a una intensa emoción sin dramatismo que llevó la alegría al pueblo, quien no sólo se identificó con los jugadores de la Celeste sino que esperó a los periodistas para pedirles autógrafos como si fueran los héroes de la final. Un proceso en el que destacaron Carlos Solé, Duilio de Feo y Chetto Pelliciari, así como el capitán Obdulio Varela con su frase "Los de afuera son de palo" y su celebración de la noche de la victoria, refugiado en un bar de Copacabana, para beber hasta el amanecer en compañía cordial y bondadosa de los aficionados brasileños.

El planeta carnaval de Brasil



La participación de Brasil en seis finales ha dado lugar a relatos y a un baile de palabras como si participaran del carnaval, ese planeta de contrastes donde se mezclan la alegría y la tristeza de manera magistral.

Así, la historia de la Selección de Brasil acoge el ambiente de melancolía inconsolable del miércoles de ceniza para las derrotas de 1950 y 1998 ante Uruguay y Francia. El fracaso del equipo se convirtió en la derrota del hombre brasileiro, la proyección de sus defectos y cualidades, un incurable dolor de alma, unos gritos de irremediable desilusión arrancados de sus pechos por Obdulio Varela y Zidane.

Pero estalló en un mundo de ilusión y de estrellas de luz que hacen soñar con el tetracampeonato. La epopeya amarella que da lugar a este desfile de fantasía para las palabras empieza el 21 de abril de 1957 cuando Didí logra en Maracaná un gol de folha seca, aplicada por primera vez a Perú en partido válido para la clasificación de la Copa del Mundo de 1958.

Para el recuerdo, entre otras muchas aportaciones, quedan las voces y los escritos de Geraldo José de Almeida, Fernando Calazans, Alberto Helena, Juca Kfouri, Pedro Luiz, Paulo Machado de Carvalho, Armando Nogueira, Sergio Noroña, Joseval Peixoto, Nelson Rodrigues o Matinas Suzuki, entre otros, en la difícil misión de informar y emocionar al torcedor, un seguidor que quita dramatismo e importancia al triunfo, que sufre en la victoria y se crece en la derrota con un estado de ánimo que evoluciona entre la cara de entierro y la faz encendida de satisfacción. Produjeron textos dulces y suaves como un suspiro, crearon una narrativa épica para interpretar dramáticamente los sonidos de las palabras... hasta dar forma a un nuevo mundo de arte, cultura y talento.

En 1958, los jugadores entraron en un estado de gracia, fantasía, improvisación y creatividad que sorprendió al planeta. La exhuberancia física de dones futbolísticos logró milagros a borbotones, convirtió cada gol en un himno nacional, transformó el fútbol en una obra de arte, consiguió que leyeran y releyeran vorazmente periódicos y revistas hasta los analfabetos. La gente brasileña se redescubrió a sí misma con ilusión gracias a al juego de Garrincha que evolucionaba por la cancha como en un baile, con un estado de alma que daba agilidad, plasticidad, ligereza y fantasías delirantes.

La Copa del mundo de 1962, el bi, supuso que la lesión de Pelé se presentara como una melancolía nacional que porta vientos tristes e inconsolables. Pero también el delirio tras el triunfo de la chispa y la centella del juego, en especial, tras la epopeya de la semifinal contra Chile donde Brasil jugaba contra el equipo, la gente, los medios de comunicación y la cordillera de los Andes. Los cronistas, con su emocionado relato de angustia para llevar a la gloria al pueblo más sentimental y llorón del mundo, condujeron hasta la euforia incontenible el triunfo del hombre brasileño, que simbolizaría Garrincha, un futbolista de piernas torcidas y fulgurantes que llevó en los borceguíes la alegría, la bondad y la pureza del arte de ser brasileño.

La edición de 1970, el tri, fue la exaltación de momentos de eternidad, de las jugadas perfectas e irretocables como la salud de la vaca premiada ejecutadas con una lentitud genial. Era el entierro definitivo del espíritu de 1950 gracias a un juego armonioso, plástico, articulado y bello como una música que llevó la apoteosis a la ciudad hasta explotar en un nuevo carnaval.

La edición de 1994, el tetra, fue el despertar del largo sueño sin campeonatos aunque el triunfo en la tanda de penaltis y la brillantez del juego desarrollado no tuviera la consideración de danza como en las tres ocasiones anteriores.

La pasión desbordada de Argentina

En Argentina, énfasis y síntesis se abrazan desde 1924, fecha de la primera transmisión de fútbol en un partido entre Argentina y Uruguay, y así en la memoria colectiva quedan las voces y los escritos de los hermanos D'Agostino, Marcelo Araujo, Enzo Ardigó, Alfredo Aróstegui, Luis Aróstegui, Horacio Beblo, Ricardo Lorenzo "Borocotó", Julio César Calvo, Alejandro Fantino, Fioravanti, Julio Ricardo García Blanco, Luis García del Soto, Diego Lucero, Juan José Lujambio, Enrique Macaya Márquez, Julio César Marini, Tito Martínez Delbox, José María Muñoz, Fernando Niembro, Lalo Pelliciari, Luis Elías Sojit o Bernardino Veiga, entre otros.

Especial notoriedad alcanzaron en 1978 los relatos de "El relator de América", José María Muñoz, con su estilo de marcar cada jugada o el gol que iba a venir y la narración de los goles de la edición de 1986 a cargo de Víctor Hugo Morales, con su ta, ta, ta… o la recreación de diálogos que se producían en la cancha.

Así, se recopilaron los relatos del triunfo de 1978 en grabaciones sonoras y se insertaron en composiciones musicales el relato del gol de Maradona a Inglaterra en México en 1986 o queda fijada en las retinas la tapa del semanario El Gráfico con el título "No llores por mí, Inglaterra".

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