


Con Fernado Lázaro Carreter
Director y ex presidente de la Real Academia Española
Entrevista de Paco Barragán
Escritor de numerosos manuales de lengua y gramática, autor de monografías y estudios sobre crítica literaria y autores como San Juan de la Cruz, Unamuno, Lope de Vega o García Lorca, Fernando Lázaro Carreter, director de la Real Academia Española de la Lengua Española entre 1991 y 1998, aún sigue escribiendo contra aquellos que abusan del anglicismo facilón, contra aquellos que pervierten el significado de una palabra haciéndola decir lo que no dice. Le preocupa el estado de salud de una lengua que se ha convertido en un patrimonio común entre casi 400 millones de hablantes y con escaso peso en ámbitos como Internet o las nuevas tecnologías. El apenas hace un año publicado El dardo en la palabra, una ingeniosa y elegante crónica de 25 anos de combates contra la necedad idiomática, se ha vendido como rosquillas y acaba de ser reeditado demostrando que la lengua sigue siendo un asunto que preocupa a todos.
Empecemos por el sempiterno debate: ¿Lengua española o castellana? ¿O se trata más bien de vocablos que se pueden alternar con absoluta normalidad?
Son sinónimos, pero como tantas veces ocurre -y se ha dicho-, los sinónimos no existen. Cada palabra tiene un ámbito de contexto, un contexto en el que debe aparecer mejor la una que la otra. La lengua española y la lengua de España. Entonces, cuando hablamos del castellano se identifica con la lengua de España. Cuando hablamos del castellano en cotejo con otra lengua española que no es el castellano, hay que llamarla castellano, y sería absolutamente inusitado un diccionario catalán-español o español-vasco; es decir, que es realmente en esos casos donde la palabra tiene su significado. En los demás, la palabra lógica y universalmente aceptada por todos, menos por la Constitución de España, es española, y así se le conoce en el mundo entero. Si bien lo que ocurre es que los hispanistas, que conocen esta sinonimia, utilizan indistintamente el término castellano o español.
Se lo comentaba porque en ocasiones el uso de una u otra palabra va más allá de lo estrictamente lingüístico y podría herir ciertas sensibilidades, como sería el caso de Hispanoamérica...
No. En bastantes constituciones americanas figura el español como la lengua cosntitucional. Es decir, que eso depende de cada país.
El español en la Internet
El futuro del español parece prometedor y así lo corroboró el último congreso celebrado en la ciudad española de Valladolid (1998) titulado Una lengua para un nuevo milenio. Sin embargo, hay varios frentes abiertos que van a dilucidar un tanto el éxito de esta empresa. Me refiero en particular a su presencia en Internet
-escasa y muy preocupante-, donde el inglés parece, una vez más, habernos ganado la batalla.
Formular esto así, que es muy común, es como decir que una radiografía está enferma. Una radiografía no está ni deja de estar enferma. El español no tiene ni poca ni mucha presencia, son los hispanohablantes los que tienen escasa presencia, no el español.
Sé que usted ha navegado bastante por Internet leyendo periódicos, viendo museos, accediendo a bibliotecas. Ello le ha permitido, sin duda, comprobar que la información en español no es muy buena, por no decir pésima.
Efectivamente, el enfermo es ese, la presencia española, no el idioma. Si yo quiero informarles sobre la situación del español entre el pueblo saharaui, es una agencia italiana la que me está proporcionando los datos, en italiano, sobre el español de los saharauis. Esto es lo grave. Sencillamente, nuestra presencia es pobre, o mejor dicho, el español está pobremente representado porque no nos representamos muy bien, porque no tenemos nuestras bibliotecas informatizadas, porque no tenemos nuestros museos informatizados, porque no hay un servicio bibliográfico público. Por todas estas razones, son los españoles los que están enfermos, o los hispanohablantes, porque tampoco está la Biblioteca Nacional de Colombia. Somos los hispanohablantes los que, arrastrando una pobreza y un desinterés grande por estas cosas, no tenemos la presencia a la que tendría derecho una lengua que, en realidad, es la segunda de Occidente.
Lo cual revela una presencia empresarial insignificante, especialmente en Estados Unidos...
Exacto, y todo eso cuesta dinero, y al no haber dinero... El determinismo marxista de la economía por la cultura; esto es absolutamente cierto.
Esta especie de bilingüismo o vil-lingüismo que nos encontramos en Internet...
... Es español maltratado por los hispanos, es un español realmente nauseabundo.
¿Hay alguna manera de reconvertir este mal uso, esta suerte de spanglish?
No hay más que una manera: hacernos más importantes. Es un poco duro decirlo, pero el inglés es una lengua vendedora. Nos venden no sólo aparatos, sino también cine, teatro, ideas, confort, automóviles; todo un modo de vida. ¡Hasta la luna de miel es un invento anglosajón! Y luego, además, nos venden ciencia, biolagía... y el español no es un lenguaje vendedor, por desgracia. Puede vender algo realmente admirable, su literatura, española e iberoamericana, pero no puede vender satélites. Y cuando eso se produzca, la presencia del español en Internet será importante. Pero hasta la fecha no es una lengua primariamente necesaria si no se es hipasnista o turista.
El spanglish: un fenómeno desventurado
¿El spanglish es, de algún modo, un reflejo de esta sociedad multicultural e híbrida que está surgiendo en Estados Unidos?
El spanglish es un hecho desgraciado, no idiomático sino sociológicamente. Es el resultado de la mezcla de dos lenguas de hablantes, de ciudadanos del mundo, de mexicanos de ordinario que tienen la desgracia de no poder vivir en su país, de tener que convivir con una cultura ajena que no es la suya, con una preparación cultural tan elemental que los lleva a no distinguir qué es de su lengua y qué no. Este fenómeno, en principio sociológicamente desventurado, ahora se ha afianzado como fenómeno cultural, como fenoméno de afirmación frente a lo español y frente a lo inglés.
Sin duda alguna estamos ante un fenómeno de gran trascendencia, cuya creatividad se halla ampliamente reflejada en el ámbito del cine (Robert Rodríguez), de la literatura (Junot), de la música (King Changó), de la fotografía (Andrés Serrano), por mencionar sólo algunos de los ejemplos más llamativos.
Y no olvide que es una bandera de un pueblo desterrado, trasterrado, que adquiere pronto conciencia de que tiene que estar unido por algo y, como siempre, el lenguaje es el elemento unificador. Y ese lenguaje, lamentablemente híbrido, que en un principio era por no saber ni una ni otra lengua, se va convirtiendo en bandera de ello.
Si además pensamos en todas las comunidades hispanas fuertemente arraigadas que hay en Nueva York, Puerto Rico, California, Texas o Florida, y en esa suerte de nueva caza de brujas, de macarthismo, ¿qué podría hacer España o Hispanoamérica en este conflicto?
No puede hacer nada, no debe entrometerse en problemas estrictamente políticos de una sociedad concreta. Es como imginar que aquí vivieran tres millones de árabes: ¿cuál sería nuestro problema?, ¿qué haríamos? Pues en realidad esa sería la situación de una nación que ha logrado la unidad con un idioma, y que de pronto tiene una entrada de millones de ciudadanos que quieren afirmarse frente a la lengua del país. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo en Estados Unidos.
Volvamos sobre el tema Internet y esa exigencia de elevar el listón, que usted acaba de señalar. ¿Qué pretende hacer la Real Academia Española en este sentido?
La Real Academia Española (RAE), para empezar, tiene una página web accesible al público cuya su dirección es "http://www.rae.es". De tal manera que la RAE da un sevicio importantísimo en Internet que le permite al público disponer de sus bancos de datos: el histórico, con 50 millones de registros, y el contemporáneo, con cien millones. Un total de 150 millonesde palabras españolas en su contexto de América y de España, igual proporción. Ese acceso directo permite conocer si esa palabra está en el idioma, quién la ha usado, cuándo empezó a utilizarse... Todo esto a través de Internet. Un servicio que hoy, de momento, no tienen ni Francia, ni Inglaterra, ni Estados Unidos. En ese sentido, la Academia es pionera de algo que puede resultar decisivo para nuestra cultura.
Lo dicho nos lleva de alguna manera a plantear la relación del inglés con el castellano, ya que éste no sólo domina la red sino que nos invade constantemente con términos asociados a las nuevas tecnologías y la sociedad de la información: cd-rom, fax, web, airbag, outplacement... ¿qué criterios deberíamos manejar a la hora de incorporar neologismos o extranjerismos?
Pues mire usted: hay neologismos fáciles de adaptar como, por ejemplo, el mouse anglosajón traducido por ratón. Ahora, también hay otros que se resisten por completo, por decir los más corrientes y antiguos, como es el caso de software. El problema es que si no nos inventamos las cosas, las palabras nos vienen dadas, y el inglés es un idioma muy ágil, muy intrépido para las metáforas. Pero a veces son metáforas tan absolutamente ridículas, y que en el sentido idiomático del español resultan tan cómicas, que no hay más remedio que coger la palabra extranjera a la espera de que quienes la manejan den con una solución. La Academia es un notario. Puede incluir o no en su diccionario una determinada palabra, pero no puede hacer más.
América y España
Aparte de las innovaciones importadas, deberíamos hablar de nuestros propios modismos, en particular los americanismos. En este sentido se ha tildado a la RAE de demasiado inmovilista: incluso el catedrático chicano Bruce Novoa la ha comparado con el PRI mexicano, una suerte de mastodonte que se perpetúa en el poder sine die. ¿Hasta qué punto son fundadas estas acusaciones?
No, no. La Academia no sabe qué pasa allí si los americanos no nos lo dicen. Ahora ya tenemos medios informáticos, pero si las academias americanas no dicen qué se debe usar, si esa acepción se debe utilizar o no, nosotros no lo sabremos. Para empezar, la Academia acaba de tomar una determinación muy clara: a lo que se usa sólo en España se le pondrá adelante España, para advertir que eso no es América. En estos momentos estamos en una gran tarea: revisar todo lo americano. Afortunadamente, las diferentes academias han respondido muy bien y han mandado gran cantidad de material. Les hemos enviado la lista de lo que tenemos y les hemos pedido que por favor nos borren lo que no se use y que nos pongan lo que falta.
Sin perder de vista que vamos a ser 400 millones de hispanohablantes y que ahí está Estados Unidos con un crecimiento impresionante, y que España alcanza a duras penas el 10%...
... Precisamente por eso el diccionario es un quehacer de todos, y el que se queja tiene mucha responsabilidad porque no basta sólo con llamar la atención. Nosotros sabemos muy bien lo que pasa en España, pero ustedes son los testigos de lo que pasa con el castellano o el español de América. ¡Dígannoslo! Hasta ahora no teníamos antenas, ahora empezamos a tenerlas, y también la prensa americana en nuestro ordenador. Esto es ya completamente distinto. Se acusa a la Academia, pero ignoran absolutamente, en primer lugar, cuál es su función y, en segundo término, con qué medios y con qué ayudas ha contado.
La ortografía a debate
Cuando aún retumba el Congreso Internacional de la Lengua de Zacatecas, ¿cómo interpreta ese "jubilemos" la ortografía de García Márquez, con quien usted intercambió pereceres aquí en Valladolid. ¿Se trata de una boutade?
Es un espíritu burlón que se encuentra en una situación de gran tentación para quien tiene ese espíritu... Lo entiendo muy bien. Me gustaría tener esa posibilidad de encontrarme con unos reyes, con el presidente de una república, con un diplomático y poder decir la boutade que se me ocurra. Envidio a García Márquez por haber tenido esa valentía. Pero en cambio le reprocho, ya como ciudadano del mundo hispánico, el desaliento que ha causado en infinidad de profesores, en millares de profesores que pugnan por elevar a los niños a un nivel cultural superior. La ortografía y la lengua no son de él, de la Academia, ni de nadie. Y una "b" o una "v" que intentáramos cambiar causaría una rebelión entre partidarios y contrarios. Se ha llegado a un statu quo totalmente compartido, desde la Patagonía hasta el Río Grande, y cuando a alguien en una convención se le ocurre esta idea, que no es nueva porque yo recibo en la Academia entre cuatro a cinco cartas al mes, como mínimo, pidiendo cambios en la "v" y la "b" y la "c" y la "k", cabe considerarla como absolutamente infantil.
También el lingüista mexicano Raúl Ávila propone "fonologizar la escritura", lo que implicaría eliminar cinco letras del abedecedario (la "c", la "h", la "q", la "v", la "w") y añadir un nuevo fonema: la "sh", tan de moda en Hispanoamérica. ¿Cuáles serían los principales inconvenientes de semejante propuesta?
Infantil. ¿Qué haría con todos estos libros si el mundo hispánico cambiara el sistema ortográfico? Habríamos jubilado millones y millones de libros. ¿Y qué fonología? ¿Cómo se escribiría Cáceres? Con tilde, con "c" o "k", "c" o "s"... A ver si nos ponemos de acuerdo los hispanohablantes en cómo se escribe. Y ya que tenemos un acuerdo, ¡para qué romperlo!
¿Sería como decía el gran Rufino José Cuervo, la posible disolución del español en lenguas locales, siguiendo la suerte que tuvo el latín?
Sí, absolutamente. Y dicho riesgo está conjurado por ese gran acuerdo ortográfico sobre el cual se funda la diversidad fonética, que puede producirse tranquilamente porque hay un acuerdo base. Es una partitura común, interpretada luego por distintas personas, pero que piensan todas en la misma partitura.
De todos modos, como usted bien sabe, estamos ante un debate que se repite con cierta frecuencia.
Y que es infantil y que ha tenido manifestaciones tan insignes como la de Gonzalo Correas...
... Y ya en 1823 el venezolano Andrés Bello defendió la simplificación de la ortografía en América Latina eliminando la "g" y la "j".
Pero Andrés Bello rectificó y recomendó la ortografía castellana cuando ni en Chile fue aceptada, cuando recomendó el acatamiento en todo lo idiomático a la Comunidad de Madrid.
Como también la iniciativa del argentino Domingo Faustino Sarmiento (1843) en su Memoria sobre Ortografía Americana, e incluso aquí en España el mismísimo Juan Ramón Jiménez, que hizo a un lado la "g" y escribió siempre con "j". Esto demuestra, una vez más, que se trata de una polémica que se manifiesta cada cierto tiempo y que tampoco debería extrañarnos, ¿no?
Y que en el caso de Juan Ramón pasó a ser un distintivo personal. Uno es dueño de la manera como quiera escribir, pero también los demás son dueños de aceptarla o no. Eso es así. El señor García Márquez idiomáticamente tiene la misma autoridad que tiene usted, que tengo yo o que tiene el tendero.
Entre los argumentos esgrimidos a favor de dicha simplificación ortográfica figuran un mayor acercamiento a la forma de hablar de la población local, como también un mayor aprendizaje para los estratos sociales más bajos, especialmente en aquellos países donde hay grandes índices de analfabetismo.
Para simplificar eso y captar esas personas analfabetas lo que hay que hacer es sencillamente escolarizarlas bien. Para eso, ¿tenemos que abdicar cinco siglos de historia ortográfica, más el siglo y medio que nos une? ¿Jubilar todos esos libros? ¡Ya no servirían todos esos libros para mis nietos! Y, además, ¿qué fonología, qué fonética correspondería?
Ordenador, computador, computadora...
Aparte de esta propuesta surgieron en Zacatecas otras que cabe de calificar de interesantes tales como la creación de un Libro de Estilo común para España y América Latina o la creación de un Departamento de Español Urgente. ¿Considera que iniciativas de esta índole permitirían unificar el idioma en casos tan sencillos como, pongamos, el término "ordenador", para el cual existen otros como "computador" o "computadora" o topónimos, siglas...?
Lo del Libro de Estilo lo inventé yo, eso no surgió en Zacatecas. Hace exactamente seis años lancé esa idea, pero para realizarla la Academia Española, como organismo, puede convocar sin recelos por lo pronto a medios españoles sólo como experiencia, pues resulta completamente absurdo pretender una unidad entre otros medios. Hay un centro de cultura en Madrid, y otro centro de cultura lingüística en Bogotá o en Buenos Aires, lo que hace en verdad difícil llegar a una única experiencia; esto es, que existe un castellano perfectamente correcto en México que no corresponde al español perfectamente correcto de Madrid. Entonces, creo que esa unificación del Libro de Estilo es muy difícil de obtener, a no ser que se llegue a mínimos muy elementales. En cada nación debe haber un Libro de Estilo único, ojalá coordinados para que se siga manteniendo la partitura. Eso sí, no han de ser secesionistas sino unitarios, porque la unidad de la lengua nos concierne mucho a todos, no es sólo un problema estético ni cultural, sino también económico y político de primer orden. La Academia es un organismo al que cualquier medio puede acudir sin recelo, no tiene color empresarial y mi idea ha sido reconocida y retomada en Zacatecas, pero ya había surgido en mi toma de posesión.
Es sin lugar a dudas interesante, porque abarcaría los medios de comunicación, en los que se nota precisamente esa falta de criterios unificadores, y también porque es allí donde el deterioro del español es más llamativo. ¿Parece que usted tiene una cierta "obsesión" por el uso del lenguaje en los medios de comunicación?
¡Dale con esa pregunta! ¡Yo no tengo ninguna obsesión con los medios de comunicación! Lo que pasa es que a ustedes se les lee y se les escucha más. Si yo estuviera todos los días escuchando sermones de los curas en las iglesias, sería a los curas a los que criticaría. Pero da la casualidad, de que yo leo dos periódicos cada mañana y alguno más por Internet, y enciendo la radio todas las noches para dormir. Por esa razón, no creo que sea una obsesión. Ustedes son una parte calificada, y por ello responsable, porque su instrumento de trabajo es la palabra. Es un problema de lenguaje y del uso decoroso del lenguaje.
Los universitarios ya no leen
El filósofo español Gustavo Bueno ha dicho en repetidas ocasiones que la cultura española es esencialmente analfabeta. También usted no deja de recordarnos que la educación idiomática de los españoles es pésima. ¿Este creciente analfabetismo funcional, en particular entre los adultos, se debe a que la sociedad actual no enseña a disfrutar de la cultura, concretamente de la literatura?
Pues sí. En cierto modo sí, pero también pienso que Gustavo es muy radical. No es porque nuestra cultura sea esencialmente analfabeta, yo diría más bien deficiente. Gustavo siempre se caracteriza por cierta radicalidad, muy eficaz, además. Pero no, creo que es muy deficiente y la literatura no es el único síntoma de nuestra cultura; es, sencillamente, un medidor. No obstante, existen otros muchos medidores y, con relación a la lengua, que es de lo que hablamos, la incultura lingüística es un hecho que se muerde la cola. Procede de la universidad y se va manifestando hacia abajo, reproduciéndose en los maestros, y ese es un círculo vicioso, absolutamente perverso, que produce esa incultura. Pensar que el laborismo de Tony Blair ha ganado las elecciones enarbolando la cultura tiene un enorme mérito, y esto es algo que debería producir asombro en España. El problema más grave de Europa es la educación de generaciones enteras de ciudadanos que salen sin una formación cultural y profesional sólida. El paro, la economía, son inconvenientes que se arreglan de un modo u otro, pero ¿quién va arreglar las cabezas mal educadas, absolutamente deficitarias, sin valores culturales?
Es chocante en este sentido que muchos universitarios, después de haber terminado la carrera, apenas tengan contacto alguno con los libros, apenas lean...
Y eso es sólo un aspecto. Están el ensayo, el cine, la música, todo un ámbito cultural que no es sólo la literatura, aunque sea troncal. Entonces ahí existe un gran desinterés. En España hubo un boom de escolarización en los años sesenta y por fortuna millones de españoles que antes no habían tenido acceso a la educación, ahora lo tienen. Nos hemos encontrado entonces con un sistema que no estaba preparado para ello, hubo que improvisar mucho, y además con un ambiente social alejado de esos círculos. La familia se encuentra con que de pronto su hijo tiene la posibilidad de estudiar e ir a la universidad, y lo hace con una enorme ilusión, y a veces con enorme heroísmo. Y ¿qué ocurre? Pues que cuando ese niño vuelve a su casa se encuentra con una escuela deficitaria y una familia que no estimula sus valores culturales. Vaya usted a contarle a un obrero o a una persona que trabaja en una oficina que a su hijo lo han suspendido en lenguaje porque tenía faltas de ortografía. Que lea El Quijote. ¡Qué aburrido es esto!, dirá. Como esas personas han sido mal formadas, cuando sean adultas tampoco tendrán la sensibilidad censoria, el poder decir eso está bien o eso está mal, pues en realidad no existe un ambiente cultural.
¿Esta ausencia de hábito de lectura es consecuencia de los nuevos hábitos que crea la sociedad de la información o conviene buscar sus raíces en un sistema educativo deficiente?
¡Quién niegue eso está ciego! Es evidente que la televisión, el vídeo y las diversiones públicas constituyen un grave obstáculo para la literatura y la lectura, ¡qué duda cabe!, incluso para mí. ¿Qué haría mientras llega la hora de cenar? Pues leer. Sin embargo, esta noche voy a poner la televisión para ver el clásico Barcelona-Real Madrid. Si a mí me interesa "muchísimo" ver el partido -eso sí, sólo me gusta el fútbol de sillón-, lo cual me quitaría 70 u 80 páginas de un libro que podría estar leyendo, ¿qué sería entonces de un joven, que además del fútbol tiene la discoteca, el cine, las reuniones con sus amigos?
El derecho a saber más
Parece que hoy en día pocas personas están dispuestas a leer El Quijote, Los Hermanos Karamazov o Rojo y Negro. Y todo hace temer que la nuevas reformas escolares que en la mayoría de los países se avecinan no van encaminadas precisamente a promover la lectura.
¡Qué va! Nos aparta de semejante pista, de ese cáliz. Es muy poco lo que puede hacer un ministerio como el de Educación, llamado a desaparecer. Fíjese en los comunistas franceses en 1975. Se trataba de la ley de defensa de la lengua francesa y los comunistas insistían muchísimo en que era patrimonio cultural, en que el pueblo tenía derecho a participar, en que era el más primario y elemental de los bienes que debe compartirse. ¡Aquí sería imposible escuchar a los comunistas decir cosa semejante! ¡Qué duda cabe que una persona que tiene cultura está mejor preparada para vivir, para moverse en la escala social, sencillamente para pasar de peón a capataz! Es un tesoro que en España nadie defiende, pero que tampoco nadie reclama. Se defiende el derecho a vacaciones, a un aumento de sueldo, pero el derecho a saber más no lo pide nadie.
En el El dardo en la palabra usted cita a Lenin cuando, en una carta fechada en diciembre de 1924, se queja de los errores de los colaboradores de prensa porque destrozaban la lengua rusa y utilizaban injustificadamente palabras extranjeras, obstaculizando así el influjo sobre las masas. No deja de ser curioso, ¿no cree?
No, para nada. Eso preocupó mucho sobre todo a Lenin, que combatió los dialectos rusos. En una de sus cartas, muy interesante por cierto, habla de un sujeto que ha hecho un estudio sobre los dialectos y le contesta: "Camarada, no estudie usted eso, estudie la lengua de Chéjov y déjese de tonterías". Dictatorial ejemplo de un régimen insufrible, pero revelador de cómo Lenin concebía la importancia de la lengua.
Así mismo, en su Dardo... llama poderosamente la atención que a pesar de que han transcurrido casi 25 años desde aquellos primeros y malsonantes "a nivel de", "en base a", "en relación a", no hemos podido desterrarlos de nuestro idioma.
Eso ocurre especialmente en la jerga periodística y también en el ámbito de la política, pues existe una comunicación íntima entre el periodismo y la política.
En los asuntos de la lengua, y si le parece con esto terminamos, sólo sabemos que no sabemos nada, o como decía el espléndido Horacio: "Algunas veces dormita el buen Homero".
Aliquando, aliquando (a veces, a veces).
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