El español de América
Rafael Lapesa
Otros fenómenos morfológicos y sintácticos
En la morfología y sintaxis el español de América mantiene arcaísmos,
pero también lleva adelante innovaciones que en el peninsular están menos
desarrolladas, o inicia por su cuenta otras independientes.
1. En los países o regiones donde la /-s/ final llega a perderse, su
caída origina importantes cambios en los morfemas nominales de número: éste
puede indicarse mediante diferencias de timbre o cantidad en las vocales
finales, campo/campo, casa/casa: (v.
§ 1303); ensordeciendo la consonante inicial, la bota/la jota,
la gayina/la hayina o la xayina;
oponiendo ausencia o presencia de /-e/ final (</-es/), mujer/mujere, árbol/árbole, papel/papele; valiéndose del artículo u
otros determinativos antepuestos a nombres masculinos, el peje/le peje, ese perro/eso perro; o se expresa únicamente con
el morfema verbal de número, la cosa ‘tá
buena/la cosa ‘tán buena. Todo esto ocurre igual en el Mediodía de España y
en Canarias; pero en el español dominicano el vulgarismo, extendido en los
últimos decenios a niveles sociales antes libres de él, ha ido más lejos: por
una parte ha creado nuevos alomorfos de plural, como el se pospuesto e gallínase,
mucháchase, cásase, procedente de la oposición cru ‘cruz’/cruse(s),
sofá/sofase(s), pie/piese(s), lapi/lápise(s), o como la aspiración o /-s/
protéticas de hamigo ‘amigos’, soho ‘ojos’, cuyo origen es la /-s/ de
artículos y determinativos en plural, pero antepuestas a sustantivos que no los
llevan (ocho hestudiante); por otra
parte la concordancia numérica sufre grave y frecuente quebranto: «los rayos del sol se iban haciendo cada
vez más débil».
En españa se suele preferir el singular cuando varios sujetos realizan
la acción verbal con el mismo miembro, instrumento, etc., respectivo, o cuando
la acción afecta a varios objetos en la misma parte o pertenencia de cada uno
(«pidieron la palabra levantando el brazo»,
«doblaron la rodilla», «aquellas
quejas nos partían el alma»). Pero en
otro tiempo se usó más el plural: doña Sol exclama en el Poema del Cid
«cortandos [‘cortadnos’] las cabeças,
mártires seremos nós». En el español de América abunda mucho el plural: «los
peones movieron las cabezas y se
miraron»; «los paisanos se quitaron los
sombreros»; «y volvieron a beber hasta que se les hincharon los vientres». En Argentina, Chile y El
Salvador —probablemente en otros países también— subsiste el plural las casas con el valor de ‘la casa’,
como en español medieval y clásico. Hay algún ejemplo argentino de los palacios por ‘el palacio’. Más
extensión tienen los campos ‘el
campo’, los pagos ‘el pago’; la
expresión por estos pagos es hoy
corriente en España.
En cuanto al género, si en España se forjan a menudo terminaciones
femeninas para nombres que por su forma escapan a la distinción genérica (huéspeda, comedianta, bachillera), o
masculinas para los terminados en /-a/ (modisto),
en distintos países de América se dice antiguallo,
hipócrito, pleitisto, feroza, serviciala, federala, sujeta, bromisto, pianisto,
etc. En los sustantivos postverbales es de notar la preferencia americana por el vuelto, el llamado, según uso español
clásico, en vez de la vuelta (de una
cantidad superior al precio), la llamada,
normales hoy en la Península. No obstante, los sufijos -ada e -ida son en
América muy productivos en nombres de acción y efecto (atropellada ‘atropello’, insultada
‘insulto’, conversada ‘conversación’,
asustada ‘susto’, encogida ‘contracción’, conseguida ‘consecución’, logro,
obtención, etc.) desconocidos en España. De los sufijos diminutivos españoles, -illo, -ete e -ín apenas se
emplean como tales en América: abundan, sí, en derivados cuya noción no es la
misma de los primitivos correspondientes (tinterillo
‘abogado picapleitos’, frutilla
‘fresa’, conventillo ‘casa de
vecindad’, gallineta ‘gallo de
plumaje parecido al de la gallina’, volantín
‘cometa’); el que tiene verdadera vitalidad para formar diminutivos es -ito, usado con gran profusión (patroncito, ranchito, platita, ahorita
> aurita y orita, allicito, yaíta) e incluso repetido para reforzar la
expresividad (ahoritita, toditito).
En este refuerzo el habla de las Antillas y Costa Rica, así como la de los
indios del Ecuador, añade -ico al
primer -ito (chiquitico, hijitico, toditico > tuitico, ahoritica), por lo que los costarricenses reciben de los
demás centroamericanos el dictado de hermaniticos
o ticos; también se agrega -ico a palabras en cuya última sílaba
hay una /t/ (zapatico, latica, potrico,
ratico), y sin ella, en los antropónimos antillanos Juanico, Manuelico; toitico
se usa además en Venezuela y Chile, y todico,
junto a todito, en Ecuador; La
inserción de infijos no se da siempre en los mismos casos que en España (viejito, cuentito, mamacita, indiecito,
rubiecita, farolcito). El aumentativo -azo
se prodiga con valor ponderativo y afectuoso (amigazo, lindazo, paisanazo) y desde Méjico a Chile y el Río de la
Plata se emplea para formar superlativos («venía
cansadazo», «la mujer estaba
enfermaza», «con la pocaza riqueza
que tenía»).
El adjetivo se usa como adverbio con más frecuencia que en España: «nos
íbamos a ir suavecito» «¡qué lindo habla!», «fácil se va hoy de la capital a Flores», «caminaban lento».
2. Desde Centroamérica hasta el Perú el habla vulgar emplea el
pronombre yo como término de
preposición: «el mal será para yo»,
«se rieron de yo», «le gustaba bailar
con yo», «lo que a yo me gusta». En la lengua escrita, él, ella y sus plurales, referidos a cosas, aparecen sin
preposición con más frecuencia que en España: «Las fumarolas de Cerro Quemado
son numerosas y abundantes. Ellas
emanan de grietas», «Y el árbol poderoso fue comido / por la niebla, y cortado
por la racha. / Él sostuvo una mano
que cayó de repente». El neutro ello
se conserva en Santo Domingo y Puerto Rico como sujeto impersonal («ello es fácil llegar», «¿ello hay dulce de ajonbolí?»), como
refuerzo de afirmaciones y negaciones («¿pero tú no estuviste? —Ello sí»; «parece que va como triste el
amigo. —Ello no»), como expresión de
vago asentimiento (¿quieres bailar? —Ello»
‘bueno’) o evasiva («¿qué remedios… han administrado ustedes al niño? —Eyo, dotol»). En las Antillas, Panamá y
Venezuela el pronombre sujeto se interpone a menudo entre el interrogativo y el
verbo: «qué tú dices?», «¿por qué usted quiere que las cosas sucedan
así?», «¿cómo tú te llamas?», «¿dónde
yo estoy?»; en el Río de la Plata:
«¿por qué vos querés que yo juegue?»,
«¿por qué usted dice que yo soy el
culpable?»; tal estructura interrogativa exista también en el Norte de León y
Palencia, abunda en Canarias, se encuentra en nuestros clásicos («no quieras
que se descubra quién tú eres»,
Celestina, acto XII) y cuenta con precedentes latinos («quid tu hominis es?»,
Plauto; «nam quid e g o de studiis dicam?», Cicerón).
Conforme al uso andaluz y en oposición al castellano, el español de América
emplea normalmente los pronombres le, lo,
la y sus plurales con su valor casual originario. No es que falten ejemplos
de le acusativo masculino y de la dativo femenino referidos a persona,
pero están en exigua minoría. Se exceptúan el habla ecuatoriana, que se vale de
le, les para dativo y acusativo
masculino y femenino («le encontré
acostada»), y la paraguaya, que usa le
para los dos casos, sin distinguir singular de plural. El dativo le por les está muy difundido por toda Hispanoamérica, igual que en
España, sobre todo cuando anuncia o repite otra mención el objeto indirecto en
la misma frase («le cambiaba el
alpiste a los canarios», «¡a cuántas muchachas le habrá dicho usted eso!»). Por el contrario, cuando en la
combinación se lo, se la va indicado
por medio de se un objeto indirecto
plural no reflexivo, es frecuente añadir una /-s/ al segundo pronombre para
expresar la pluralidad a que se refiere el primero invariable: «con cariño se los digo, recuerdenló con cuidado» (Hernández, Vuelta de Martín Fierro, 4747); «eso pasó como se los digo a ustedes», «la advertencia se las hizo a todos». Abunda más que en
España la mención redundante el objeto directo mediante pronombre («Santos la miró a Rosa», «ella lo amaba a Andrés»); pero se da también
la omisión total del objeto directo, que se deja sobreentendido («¿le prendiste
el cabo e vela a San Antonio? —No sé, yo le
dije a Pepa» ‘yo se lo dije’; «¿les
quitamos la carga a las bestias? —Les
quitamos» ‘se la quitamos’). Por
último los pronombres afijos terminados en vocal toman la /-n/ final de las
terceras personas de plural verbales cuando se posponen a ellas, no sólo en demen ‘denme’, «delen dinero» ‘denle’, siéntesen
o siéntensen, vulgarismos corrientes
también en España, sino además en hágalón
‘háganlo’, míremelán ‘mírenmela’,
etc., del Río de la Plata.
El posesivo se antepone al nombre en vocativos donde el español
peninsular suele posponerlo («escuche, mi
amigo», «ven acá, mi hijito»).
Muy corriente es emplear el posesivo con adverbios, sustituyendo a de mí, de ti, de él, etc. (delante suyo, encima nuestro, en su detrás
‘por detrás de él’, «no ebo decir nada de él en su delante»). En zonas de Colombia, Ecuador, Bolivia y Noroeste
de Argentina se conserva, como en la isla canaria de La Palma, el interrogativo
cúyo: «estas sillas ¿cúyas son?», «¿cúya es esta casa?», «¿cúyo es este sombrero?».
3. Muy extendida está en América la personalización de los verbos
impersonales haber y hacer; su objeto directo se convierte en
sujeto y el verbo concierta con él: «hubieron
desgracias», «habían sorpresas», «hicieron seis semanas», y hasta «en la
clase habemos cuarenta estudiantes»,
«¿quiénes hayn adentro?». Se
construyen como reflexivos enfermarse,
soñarse ‘soñar’, devolverse ‘volver a un lugar’ y su sinónimo regresarse, los dos últimos a causa de su empleo transitivo con
otro significado («me regresaron los
diez pesos pagados de más»); para tardarse
‘demorarse’ hay precedente en las Glosas Emilianenses, «tardars’an por inpliré». Como en castellano antiguo y hoy en
Galicia, Asturias, León y Canarias, el perfecto simple aparece dominantemente
en los casos donde el español general e la Península prefiere el compuesto:
«Buenos días. ¿Cómo pasó la noche?».
Sin embargo en el habla culta de San Juan de Puerto Rico y en la de la ciudad
de Méjico aumenta con intensidad creciente el uso del perfecto compuesto. En el
Noroeste argentino y parte de Bolivia se emplea el compuesto hasta en casos que
en toda España requieren el simple: «Cuando l’e visto antes de ayer, daba miedo, y m’a dicho que no saliría». Vine, hice, etc., presentan enfáticamente
como un hecho consumado lo que se proyecta, ofrece, espera o teme para el
futuro: «Para el miércoles próximo, ya lo mandé»
(con menor expresividad se hubiera dicho ‘ya lo habré mandado’); otras veces
sustituye al presente, como en «nos fuímos»
por ‘nos vamos’ o en la exclamación ¡ya estuvo!
por ‘¡ya está!. Mayor arraigo que en España tiene, entro del nivel literario, viniera, hiciera por ‘había venido’,
‘había hecho’ o por ‘vino’, ‘hizo’. Como imperfecto e subjuntivo, la forma en -ra se ha impuesto sobre hiciese, viniese, tuviese, cantase, casi
excepcionales en el coloquio; subsiste, junto al condicional, en la
consecuencia el período hipotético («no le guardara
rencor si viniera a pedirme perdón pronto»), según uso característico del
español clásico; también arrancan de la Edad Media y siglos XVI-XVII
expresiones desiderativas como «¡me tragará
la tierra!», «¡me condenara!» («O matador de mi fijo cruel, / ¡mataras a mí, dexaras a él!, Juan de Mena, Laberinto,
205); con ellas se conectan las de ruego o mandato, sobre todo en mostraciones:
«vieras cuánto me preocupo por tu
hermano». La capacidad invasora de la forma -ra
le permite sustituir al perfecto de subjuntivo («quien lo viera salir, que lo diga» ‘quien lo haya visto’) y, con sentido de
contingencia o duda, al condicional o al presente de indicativo («¿qué hiciera?», ‘¿qué haría?’ o ‘¿qué hago?’;
«adónde fuéramos esta noche?»
‘¿adónde iríamos?’, ‘¿adónde podemor ir?’). Como postpretérito, en gran parte
de Suramérica tiene fuerte competidor en el presente de subjuntivo, con ruptura
de la tradicional correspondencia de tiempos: en la conversación argentina y en
escritores chilenos, bolivianos y ecuatorianos se registran «fui a verla para que
me preste un libro», «el enfermo
seguía hablando sin que ninguno le escuche»,
«era preciso que sea un hombre de
porvenir», «le informaron de lo peligroso de seguir adelante sin un guía que sortee los hoyos»; igual discordancia se
halla siglos antes en Bernal Díaz del Castillo. Muy interesante es la
conservación del futuro hipotético cantare,
viniere en Puerto Rico, Santo
Domingo, Norte de Colombia, Venezuela y Sierra del Ecuador; pervive también en
Canarias y corresponde a la más antigua expansión del español atlántico.
4. Las perífrasis se extienden a costa del futuro: he de contar, va a decir restringen el uso de contaré, dirá, incluso para indicar la acción probable: «vamos
pronto, hijita, que los bebés han de
estar llorando.» En Colombia y Centroamérica se produce la sustitución del
futuro por va y + el presente: «no se
levante, porque va y se cae». Sin
sentido de futuro, la perífrasis panhispánica «va y le dice todo», «fui y
abrí la ventana» alterna con otras menos generales, como «agarré y le dije», «llegó y me pegó» (ésta, peculiar de Chile). De
carácter inceptivo, sinónimas de ‘echarse o ponerse a’ + infinitivo, son dice a gritar, agarró a caminar, se largó a
llorar, cogió a insultarme. Saber
se usa con el valor de ‘soler’ y mandarse
se vacía casi e sentido ante infinitivos que expresan movimiento (mándese entrar ‘entre’, se manda cambiar ‘se larga, se marcha’).
Las perífrasis con gerundio compiten con las formas simples, muchas veces sin
diferencia apreciable en el significado: ¿cómo
le va yendo? se da al lado de ¿cómo
le va?, y vengo viniendo junto al
normal vengo. También se vacía de
sentido la perífrasis colombiana acabar
de + infinitivo: ¿cómo le acaba de ir?
equivale sin más a ¿cómo le va?. La
antigua expresión impersonal diz que,
indicadora de que el hablante repite noticias, rumores, traiciones, etc., de
origen impreciso, sobrevive en las formas dizque,
desque, isque, es que, y que, no desconocidas, pero menos frecuentes, en
España («dizque por arriba todo lo
arreglaban a látigo», «Ya desque
están formando los comités», «Usté isque
nesesita peones», «su ocupación y que
es brujear caballos«). La construcción es
entonces que llegó, es por usted que lo digo no falta en textos clásicos
castellanos y está viva en gallego; en América es frecuentísima y tiene un
arraigo popular que en muchas ocasiones hace pensar en arcaísmo más que en
imitación artificiosa del francés c’est
alors que o del inglés it’s because
of you that I am saying that; pero en multitud de casos es eviente el
galicismo o anglicismo.
5. Algunas observaciones sobre adverbios, preposiciones y conjunciones:
siempre tiene, además de sus
significados comunes con el español peninsular, el de ‘por fin’, ‘al cabo’: «¿siempre fueron al cine anoche?», «¿siempre saldrá de la ciudad mañana?». La
frase adverbial no más ha ampliado
sus sentidos, tomando, aparte del restrictivo (a usted no más ‘solamente a usted’) otros intensivos o enfáticos
como en allí no más ‘allí mismo’, hable no más ‘hable de una vez’, ‘decídase
a hablar’. En América, recién se
emplea sin participio, con el significado temporal de ‘ahora mismo’, ‘entonces mismo’,
‘apenas’, ‘en cuanto’, ‘luego que’: recién
habíamos llegado ‘apenas habíamos llegado’; también se combina con otros
adverbios: «recién entonces salía /
la orden de hacer la reunión» (Martín Fierro). Cómo no es forma de afirmación muy generalizada.
Preposiciones: en 1580 escribe Santa Teresa: «Desdel Jueves e la Cena
me dio un aciente de los grandes que he tenido en mi vida, de perlesía y
corazón; así anticipa un uso actual americano: en Méjico, América Central y
Colombia desde y hasta se emplean en indicaciones de tiempo sin sus respectivas
referencias originarias al momento inicial de una acción o al término de ella:
«desde el lunes llegó» ‘el lunes
llegó’; «hasta las doce almorcé» ‘a
las doce’; «volveré hasta que pase el
invierno» ‘cuando pase’; este uso de desde
se registra también en Cuba (denge o dengue) y Puerto Rico; el de hasta en Venezuela y Chile.
La interjección apelativa ¡che!,
tan característica hoy del coloquio rioplatense como del valenciano, entronca
indudablemente con el ¡ce! tan
repetido en la literatura peninsular desde el siglo XV al XVII.
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