El español de América
Rafael Lapesa
El andalucismo del habla hispanoamericana. El seseo (históricamente, ceceo)
1. El español que pasó a América, en los primeros tiempos de la
colonización, no podía diferir mucho del que llevaron a Oriente los sefardíes.
Pero mientras el judeo-español quedó inmovilizado por el aislamiento y bajo la
presión de culturas extrañas, el español de América, que no perdió nunca su
comunicación con la metrópóli, experimentó la mayoría de los cambios acaecidos
en la Península. En primer lugar sufrió la transformación consonántica
consumada en el siglo XVI. Las labiales /b/ y /v/, que todavía eran distintas
en la pronunciación de algunos conquistadores y colonos de Chile, se
confundieron pronto. Las sibilantes sonoras /z/, /-z-/ y /z/ (escritas respectivamente
z, -s- y g, j) se ensordecieron y se confundieron con sus correspondientes
sordas /s/, /-s-/ y /s/ (c
o ç, -ss- y x gráficas); y la /z/ y /s/ representadas con g, j y x dejaron su articulación prepalatal y la retrajeron, como en
España, más hacia dentro de la boca. Dentro de estas líneas generales, el
español de América se separa del de Castilla en rasgos comunes con el del
Mediodía de España: el resultado de las cuatro sibilantes ápico-alveolares y
dentales antiguas es un solo fonema, una /s/ de articulación muy varia, pero
más cercana, en general, de la andaluza que de la /s/ castellana y norteña. En
extensas zonas americanas la /-s/ implosiva se aspira y pasa por las mismas
alteraciones ulteriores que en la mitad meridional de España. En la mayor parte
de Hispanoamérica la /l/ se ha deslateralizado y se ha fundido con la /y/. En
el Caribe y costas del Pacífico se truecan, vocalizan o pierden la /-r/ y la
/-l/ implosivas. Área parecida —no igual— tiene la pronunciación de la j como [h] aspirada. Por último, en el
ambiente rústico de muchas regiones se aspira la [h] procedente de /f/ latina
([hárto] o [xárto], [hablár] o [xablár].
2. Esta serie de coincidencias ha hecho pensar desde antiguo en una
fuerte influencia andaluza sobre el español de América. Sin embargo entre 1930
e 1952 hubo ilustres defensores de una tesis contraria, según la cual los
fenómenos hispanoamericanos serían paralelos a los del Mediodía español. Pero
no descendientes de ellos. Se creía entonces que las fechas del seseo y ceceo
andaluces y las peninsulares del yeísmo, aspiración de la /-s/ y neutralización
de /-r/ y /-l/ implosivas eran muy posteriores a las que hoy conocemos. Se
argüía también que la conquista y colonización de Hispanoamérica no fueron obra
exclusiva de andaluces, ni aun de andaluces y extremeños de manera
predominante, sino que contribuyeron todas las regiones de España, en especial
las dos Castillas y León, siendo asimismo considerable el número de vascos.
Unas primeras estadisticas, las de Henríquez Ureña, parecían rotundamente
favorables al antiandalucismo, pues arrojaban que en el siglo XVI los andaluces
sobrepasaron en poco la tercera parte del total de emigrantes; reuniendo
andaluces, extremeños y murcianos, la proporción llegaba al 49,1 por 100. Un
nuevo cómputo, que opera con una masa documental tres veces mayor que la de
Henríquez Ureña y tiene en cuenta las variaciones de los porcentajes a lo largo
del tiempo, ha cambiado por completo el aspecto de la cuestión: en los primeros
años de la colonización, entre 1493 y 1508, el 60 por 100 de los que pasaron a
Indias eran andaluces; y en el decenio siguiente las mujeres del reino de
Sevilla sumaron los dos tercios del elemento femenino emigrado. Es decir, que
durante el período antillano se formó en las islas recién descubiertas un
primer estrato de sociedad colonial andaluzada, que hubo de ser importantísimo
para el ulterior desarrollo lingüístico de Hispanoamérica. Las sucesivas
oleadas de pobladores no cambiaron la situación, pues entre 1520 y 1579 el porcentaje
de andaluces superó el 33% y las andaluzas mantuvieron holgada mayoría en la
creciente emigración femenil. Entre las ciudades españolas Sevilla dio el
máximo contingente, a gran distancia de las demás. Añádase que Sevilla y Cádiz
monopolizaron durante los siglos XVI y XVII el comercio y relaciones con
Indias. En un momento en que la pronunciación estaba cambiando rápidamente a
ambos lados del Atlántico, Sevilla fue el paso obligado entre las colonias y la
metrópoli, de modo que para muchos criollos la pronunciación metropolitana con
que tuvieron contacto fue la andaluza. Finalmente hay que tener en cuenta el
influjo canario, tanto en la contribución demográfica cuanto como enlace entre
América y la Península.
3. La revolución fonética del siglo XVI coincidió en América con la
sedimentación de la lengua importada, que, generalizando o eliminando los
diversos regionalismos, se encaminaba hacia un tipo común. Allí, los que
procedieran de Toledo, Extremadura y Murcia distinguirían al principio las sibilantes
ápico-alveolares /s/ (siete, passar)
y /z/ (casa, peso) entre sí y en
oposición a las dentales /s/ (cinco,
caçar) y /z/ (hacer, vezino), también diferenciadas una de otra.
Castellanos viejos, montañeses, asturianos, gallegos y leoneses habrían
eliminado las sonoras, pero opondrían su /s/ ápico-alveolar sorda de siete, passar, casa, peso a la dental (o
ya interdental /ø/ de cinco, caçar, açer,
vecino. Los vascos sesearían con/s/ o cecearían con /s/. Y los andaluces
eliminarían las alveolares reemplazándolas por las dentales /s/ y /z/,
distinguiendo primeramente, como en el judeo-español, la sorda /s/ ([sjéte],
[pasár], [sínko], [kasár]) de la sonora /z/ ([káza], [pézo], [hazér],
[vezíno]); despues quedó sólo la articulación sorda. La variedad no suponía,
como en la Península, repartición geográfica, sino mezcla y anarquía, ya que en
cada punto se reunían gentes de distinto origen. La convivencia niveló los
particularismos generalizando la reducción de las cuatro sibilantes históricas
a un solo fonema, /s/ convexa ([s]) o plana ([s]), no cóncava como la /s/ del
Norte y Centro peninsulares. Ya vimos (§ 925) cómo esta solución,
extensión atlántica de la andaluza, se documenta profusamente en el Nuevo Mundo
desde 1521 y 1523. Más tarde, la antología titulada «Flores de varia poesía»
(Méjico, 1577), ofrece en su manuscrito original cerenos, ançias, auzente junto a sierva ‘cierva’, asertaste,
alcansaste; bien es verdad que en ella predominan los líricos sevillanos,
lo que hace suponer fuera recogida por un andaluz. Pero no es forzosa tal
hipótesis, ya que el poeta Fernán González de Eslava, nacido al parecer en
Tierra de Campos, escribe de su puño y letra en Méjico (1574) mez ‘mes’, desiséis, profeçión, concejo ‘consejo’, e iguala en sus rimas s y z
finales, alguna vez intervocálicas. Eslava hugo de contagiarse del seseo-ceceo
en el Nuevo Mundo; el contagio era inevitable cuando conquistadores y
emigrantes no castellanos convivían en las travesías o en tierra firme con
gentes como aquellos tres pilotos con quienes hizo Bernal Díaz del Castillo uno
de sus viajes: «el más prencipal… se dezía Antón de Alaminos, natural de Palos,
y el otro se dezía Camacho de Triana, y el otro… se llamava Joan Álvarez el
manquillo, natural de Güelva», o como aquel capitán Luis Marín, natural de
Sanlúcar, que «çeçeaba un poco como sebillano». En Nueva Granada hay constancia
de un capitán y un fraile castellanos viejos y de un predicador aragonés que a
fines del siglo XVI o ya en el XVII contrajeron allí el ceceo, documentado en
aquel reino desde 1558 y practicado en 1586 por indios que muy probablemente
habían aprendido el castellano con tal pronunciación. Hacia 1600 el cronista
peruano mestizo Felipe Huaman Poma de Ayala escribe comienso, ací ‘así’, corasones,
seremonias, tezorero, fiezta, zueños, zoberbia, etc. Tras esta abundancia
de testimonios no puede sorprender que en 1688 el historiador Lucas Fernández
Piedrahita escriba maís, maisal, siénaga y
diga de los habitantes de Cartagena de Indias que «mal disciplinados en la
pureza del idioma español, lo pronuncian generalmente con aquellos resabios que
siempre participan de la gente de las costas de Andalucía». Hacia la misma
fecha, la escritora mejicana Sor Juana Inés e la Cruz equiparaba eses y zetas
en algunas e sus rimas.
4. Otro de los argumentos que con más insistencia se ha esgrimido
contra el andalucismo en el tratamiento hispanoamericano de las sibilantes
señalaba como propio de América el seseo,
entendido como pronunciación de c y z con [s] convexa o plana, mientras
consideraba ajeno a la dicción americana el ceceo
o pronunciación de la s con una
sibilante parecida a la [ø]. Hoy sabemos que tanto el llamado seseo andaluz
—idéntico al hispanoamericano— como lo que modernamente se entiende por ceceo
son meras variedades de lo que desde el punto de vista histórico no es sino
ceceo, pronunciación de las antiguas s
y ss alveolares con articulaciones
propias de ç y z dentales. Pero la objeción carece de fundamento aun dando a
«ceceo» el mismo sentido que los objetantes, pues aunque menos extendia que en
la Andalucía Occidental, la sibilante ciceada se ha reconocido en diversos
puntos de Puerto Rico y Colombia, así como en zonas rurales de la Argentina; es
frecuente en El Salvador y Honduras, muy común entre las clases populares de Nicaragua
y bastante en las costas de Venezuela.
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