Rafael Lapesa
Las lenguas indígenas y su influencia
Las relaciones históricas y lingüisticas entre el español y los
idiomas aborígenes de América responden a las más diversas modalidades que
pueden presentarse en el contacto de lenguas o, con terminología más vieja,
pero más exacta, en los conflictos de lenguas y de cultura. Existen fenómenos y
problemas de superstrato, influjo de la lengua dominante sobre la dominada; en
nuestro caso, penetración de hispanismos en el nahua, en el zapoteco, en el
quechua, en el guaraní, etc. Hay hechos y problemas de adstrato, mutua
influencia entre lenguas coexistentes, ya por bilingüismo en determinado
territorio, ya por vecindad de las áreas respectivas; entran aquí desde el
simple trasvase de elementos fonéticos, morfosintácticos o léxicos de una
lengua a otra, hasta la formación de lenguas híbridas. Se dan, por último,
manifestaciones y problemas de substrato, influjo de una lengua eliminada sobre
la lengua eliminadora mediante supervivencia de caracteres y hábitos que actúan
de manera soterraña, a veces en estado latente durante siglos. Claro está que
todo fenómeno atribuible a la acción de un substrato ha tenido que ser en su
origen fenómeno de adstrato, por lo cual son muy borrosos los límites entre una
y otra categoría. En todos los casos se trata de hechos de transculturación.
Para mayor complejidad, la situación de unas lenguas indias respecto de otras
no fue de paridad antes ni después de la conquista por los españoles; los dos
grandes imperios prehispánicos, el azteca y el incaico, habían impuesto
respectivamente el nahua y el quechua a pueblos sometidos que hablaban antes
otras lenguas. Junto a las lenguas generales, como conquistadores y misioneros
llamaron a las más extendidas, hubo y hay infinitas lenguas tribales que
subsisten por debajo o al margen de aquéllas. colonias del Paraná, al Sureste del Paraguay, evitaron cuidadosamente
el español para que los indios no contrajesen los vicios de la civilización
europea; bien es verdad que el largo aislamiento previo y la falta de mujeres
españolas habían dado lugar allí a la indianización de los mestizos. Frente al
indianismo de la Iglesia, el Consejo de Indias alegaba en 1596 la abigarrada
multiplicidad de las lenguas aborígenes y la dificultad de explicar bien en
ellas los misterios de la fe cristiana, por lo que «se ha deseado y procurado
introducir la castellana como más común y capaz». A pesar de que el rey anota
que «no parece conueniente apremiallos a que dexen su lengua natural», el
virrey del Perú da en ese mismo año órdenes conminatorias para que misioneros y
caciques se valgan sólo del castellano. La contienda prosiguió hasta que en
1770, expulsados ya los jesuitas, una Real Cédula de Carlos III impuso el
empleo del español. Pero mientras tanto los misioneros aleccionados en las
cátedras de lenguas generales indígenas habían contribuido eficazmente a que
éstas se mantuvieran y extendiesen su dominio geográfico; así difundieron el
quechua en el Sur de Colombia y el Noroeste de Argentina. Después de 1770 se
enseñaban conjuntamente el español y el quechua en tierras tucumanas, y el
general Belgrano hubo de usar el guaraní en sus cartas a las gentes del
Nordeste argentino y Paraguay para que se sumaran a la causa independentista.
Ahora bien, la extensión de las «lenguas generales» no fue solo obra de
eclesiásticos, sino consecuencia de todo el proceso de la conquista y colonización.
En el siglo XVI los españoles que desde Méjico fueron a establecerse en Yucatán
y América Central llevaron consigo multitud de palabras nahuas a las cuales
estaban ya acostumbrados, y favorecieron la propagación del nahua a costa del
maya y otras lenguas; dentro de este marco se sitúa el hecho de que «cantares a
lo divino» en la lengua de los aztecas coadyuvasen a difundirla en Tabasco.
La adopción de léxico aborigen empezó en los años mismos de los
descubrimientos y primeras instalaciones de españoles: el Diario de Colón recoge voces taínas; como ya se dijo, el
historiador y naturalista Fernández de Oviedo (1535-1557) emplea o menciona más
de 500 americanismos, cantidad explicable por la descripción de la flora, fauna
y etnografía del Nuevo Mundo. No todo este caudal era conocido por los
conquistadores y colonos: Bernal Díaz del Castillo usa ochenta y tantos, Juan
de Castellanos 155, y el corpus de documentación municipal y judicial reunido
para el Léxico hispanoamericano del siglo
XVI de Peter Boyd-Bowman contiene 229, incluyendo derivados como maizal, conuquero ‘cultivador de un conuco o huerta’, cacicazgo, etc. En el español peninsular la incorporación fue
menor: el Diccionario de Autoridades
(1726-39) sólo da cabida a unos 150. En cambio Antonio de Alcedo, en su Vocabulario de las voces provinciales de la
América (1789), con experiencia directa de la sociedad virreinal, reúne 400
aproximadamente. Viendo las largas listas de palabras que nutren los
diccionarios de indigenismos publicados en los últimos ciento cincuenta años podría
sacarse la impresión de que el contingente amerindio tiene en el léxico de
Hispanoamérica importancia muy superior a la real; pero en gran parte se
refiere a técnicas agrícolas o artesanas, vestido y costumbres que van
desapareciendo o están limitados a la población india; muchos indigenismos sólo
viven en una comarca o provincia, ignorados en el resto del país respectivo.
Así como hasta época reciente los lexicógrafos hispanoamericanos pusieron su
afán en dar relieve a la aportación aborigen, hoy día prefieren aquilatar su
vigencia efectiva.
2. Las principales zonas bilingües y las dominantes o casi
exclusivamente amerindias se extienden hoy sin continuidad por el Sur de
Méjico, por Guatemala, Honduras y El Salvador, la costa del Pacífico desde
Colombia al Perú, las sierras y altiplanos de los Antes, las selvas de Orinoco,
Amazonas y sus afluentes, el Chaco, Paraguay, regiones colindantes argentinas y
el área del araucano en Chile, con alguna penetración en Argentina; pero hay
multitud de pequeñas zonas dispersas por toda Hispanoamérica. El número de
lenguas y variedades lingüísticas amerindias es elevadísimo: sólo para América
del Sur «alrededor de dos mil tribus y nombres de dialectos pueden ser
inventariados en 23 secciones que comprenden 173 grupos». No pocas de estas
lenguas han desaparecido; así el taíno de Santo Domingo y Puerto Rico; así, más
recientemente, las que se hablaron en las regiones centrales de la Argentina.
En 1959 se pudieron comprobar las características del vilela —lengua del Chaco—
oyéndolas a una viejecita india, «última hablante calificada» de aquel idioma.
Frente a las lenguas extinguidas ya o en vías de extinción resalta la pujanza
de otras: en primer lugar el quechua, extendido por el Sur de Colombia,
Ecuador, Perú, parte de Bolivia y Noroeste argentino, con más de 4 millones de
hablantes y declarado cooficial en el Perú desde hace pocos años; le sigue, con
más de dos millones, el guaraní, que goza de carácter oficial, junto al
español, en el Paraguay y que además se habla en parte del Nordeste argentino;
viene a continuación el náhuatl o nahua, la principal lengua india de Méjico,
con cerca de 800.000 usuarios; otros tantos cuenta el maya-quiché del Yucatán,
Guatemala y comarcas vecinas; el aimara de Bolivia y Perú y el otomí de Méjico
tienen aproximadamente medio millón cada uno; el zapoteco, tarasco y mixteco,
también mejicanos, y el araucano de Chile y zonas limítrofes argentinas
alcanzan de 200.000 a 300.000. En total, pueden calcularse en menos de 20
millones los hablantes de lenguas amerindias, pero muchos de ellos son
bilingües; en 1950, estadísticas mejicanas referidas a toda la nación cifraban
sólo en un 3,6% de la población el número de quienes ignoraban el español,
mientras que los bilingües llegaban al 7,6% y los hablantes exclusivos de
español sumaban 88,8%. Las proporciones son muy distintas atendiendo sólo al
Sur del país, en cuyo estado de Oaxaca hablaba lenguas indias el 48,4% de los
habitantes, el 43,7 en Quintana Roo y el 63,8 en Yucatán, y donde los
monolingües vernáculos llegaban al 13,7% en Chiapas, al 17,5 en Oaxaca. En
igual fecha el censo del Paraguay registraba un 40% que sólo hablaba guaraní,
un 55% bilingüe y un 5% sólo hispanohablante; por entonces también en la región
Sur de los departamentos peruanos de Ayacucho, Apurimac y Cuzco el 98% de la
población hablaba quechua; el 80% no hablaba español, los bilingües hacían el
18% y los hispanófonos que desconocían el quechua no pasaban del 2%. Dentro del
bilingüismo hay distintos grados, desde el conocimiento incipiente del español
hasta su empleo con el mismo dominio que el de la lengua vernácula.
3. Si la propagación del castellano obedeció en gran parte a la presión
uniformadora ejercida por los órganos del poder estatal, la conservación de las
lenguas indígenas se debe, en gran parte también, a la política lingüística
seguida por la Iglesia para la evangelización de los indios. Ambas tendencias
chocaron y se interfirieron largamente: en los primeros tiempos de la
colonización prevaleció la imposición castellanista; pero en 1580 Felipe II
dispuso que se estableciesen cátedras de las lenguas generales indias y que no
se ordenasen sacerdotes que no supieran las de su provincia; en igual sentido
se pronunció en 1583 el tercer Concilio Limense. Los misioneros, que ya antes
habían compuesto «artes» de lenguas nativas para evangelizar en ellas,
intensificaron tal actividad, especialmente los jesuitas. Los que regentaban
las
4. Es muy discutido el posible influjo de las lenguas indígenas en la
pronunciación del español de América. Su más destacado paladín fue Rodolfo
Lenz, quien, estudiando el habla vulgar de Chile, llegó a afirmar que era
«principalmente español con sonidos araucanos». Pero su tesis ha ido perdiendo
terreno; en realidad, casi todos los hechos alegados como pervivencia o
resultado de la fonética india corresponden a fenómenos similares atestiguados
en España o en otras regiones de América; y, por tanto, es lógico suponer que
haya habido desenvolvimientos paralelos dentro del español, sin necesidad de
recurrir al substrato indio. Conforme ha mejorado el conocimiento de la
pronunciación hispánica, normal y dialectal, ha sido rechazado el supuesto
araucanismo de las fricativas [b], [d], [g], del paso de /-s/ final a [h], de
la existencia de [j] bilabial por
/f/ labiodental y de otros rasgos que Lenz creía característicos de Chile. Más
tarde se ha demostrado que la conversión de /r/ y /r/ en fricativas asibiladas
o chicheantes, señalada también como araucanismo ([róto], [ótro], [pondré], de
la pronunciación chilena o gauchesca), es un proceso de relajación espontánea
que se registra en casi toda América y en Navarra, Aragón, Alava y Rioja.
Tampoco se deben a substrato indio ciertas particularidades que son desarrollo
autóctono de posibilidades latentes en los fonemas españoles: en Chile la
articulación de g, j ortográficas ante /e/, /i/ no corresponde a la velar /X/ castellana ni a la aspiración
faríngea de la [h] meridional, pues se pronuncia como [y] sorda mediopalatal y
suele desarrollar a continuación una especie de /i/ semiconsonante ([yéfe] o
[yjéfe] ‘jefe’, [muyér] o [muyjér] ‘mujer’); paralelamente la articulación de
la /g/ ante /e/, /i/ no es velar, sino fricativa mediopalatal sonora, más hacia
el interior de la boca y más estrecha que la /y/ normal española, pero semejante
a ella ([yéra] ‘guerra’, [iyéra] ‘higuera’). A primera vista, el doble cambio
recuerda el desplazamiento análogo de [c] y [g] en latín vulgar y parece
atribuible a la simple atracción ejercida por la vocal palatal siguiente; sin
embargo, las grafías limeñas mexior,
dexiara, moxiere de 1559 y la pronunciación mediopalatal o postpalatal de
la j en gran parte de América hacen
pensar que la [y] chilena representa un grado intermedio en la evolución de la
/s/ prepalatal del español antiguo hasta sus resultados modernos velares o
faríngeos. Ese grado intermedio se conservó en Chile ante vocal palatal,
mientras que ante otras vocales la [y] continuó su proceso, haciéndose
postpalatal ([X]) ante /a/ y postpalatal o velar ante /o/, /u/ ([Xáro] ‘jarro’,
[dexa] ‘deja’, [óXo]). Tal distribución de alófonos hubo de influir en la
palatalización —no documentada hasta época reciente— de la /g/ seguida de /e/,
/i/. Por último no cabe explicar como araucanismo la conversión del grupo /dr/
en /gr/ (piegra, vigrio, pagre, lagrillo
en Chile, Argentina, Uruguay y Paraguay); se da en zonas tan alejadas de Arauco
como son Nuevo Méjico y Méjico, donde se oyen magre ‘madre’, lagrar
‘ladrar’; y esto aconseja considerarlo producto de simple equivalencia
acústica, como los peninsulares mégano,
dragea, párpago por médano, gragea, párpado.
5. También han sido objeto de polémica presuntas manifestaciones de
influencia indígena en el español hablado en otras áreas americanas,
especialmente en las tierras altas. El fenómeno de mayor alcance es la
caducidad de las vocales, sobre todo átonas y en vecindad de una [s] prolongada
y tensa: caracteriza al español mejicano (palabr´s, viej´it ‘viejecito’,
pas-sté ‘pase usted’, es’ carrit´s ‘esos carritos’, etc.), pero se registra con
gran intensidad en el habla ecuatoriana (est´s, cuant´s, crio c´sí ‘creo que sí’), en los altiplanos
de Perú y Bolivia (Pot´sí) y, con menor pujanza, en Colombia (s´señora ‘sí
señora’, vis´ta ‘visita’, s´senta); aunque tanto el nahua como el quechua
abundan en consonantes implosivas tensas, no se ha llegado a probar que su
estructura silábica haya originado la omisión de vocales en el español de las
zonas correspondientes. Se ha afirmado que en el español de las tierras altas
se han introducido fonemas de lenguas vernáculas: uno de ellos es la /s/
prepalatal, eliminada de nuestro idioma desde los siglos XVI y XVII, pero
existente en Méjico y regiones andinas; ahora bien, sólo aparece en vocablos de
procedencia amerindia, y aun en ellos alterna con adaptaciones a la fonología
hispánica (mixiote/misiote [´albumen de la penca del maguey’, Xochimilco,
pronunciado [socimílko] o [socimílko], en Méjico; en Ecuador, osota éspecie de
abarca’, que en Bolivia, Argentina y Chile ha pasado a ojota u osota). Lo mismo
sucede con la africada /s/ de topónimos como Tepotzotlán, Cointzio; aunque la
grafía responda a la articulación nahua, la pronunciación mejicana usual es
[teposxotlán], [kwínco], con igual acomodación que en los sustantivos comunes t
z a p o t l > zapote [sapóte], t z i k l i > chicle. Un tercer fonema
nahua, el representado con tl, no
tiene en el español mejicano su original articulación unitaria africada lateral
sorda, pues se pronuncia como sucesión de /t/ + /l/ sonora; la peculiaridad
mejicana consiste en la abundancia con que esta secuencia aparece en los
préstamos léxicos del nahua, en que puede figurar en posiciones que en español
general serían insólitas (tlapalería, cenzontle, náhuatl), y en que,
intervocálica, se apoya entera en la vocal siguiente (Acati-tla, Oco-tlán, en
indigenismos; a-tlántico, a-tleta, en
helenismos cultos), mientras que en otros países domina o existe, sin ser
exclusiva, la partición disilábica at-lántico, at-leta. En ninguno de los tres
casos se han introducido ni reintroducido fonemas en el sistema consonántico
hispanoamericano por influjo indio, aunque el léxico y toponimía primitivos
gocen de estatuto gráfico y fonético especial. Se ha supuesto origen nahua para
la sustitución de la [-r] implosiva por [-r], fenómeno minoritario en hablantes
mejicanos, y para la asibilación de las dos vibrantes en [r] y [r], no
infrecuentes en ellos; pero arrte,
cuerrpo, corrtar, etc., abundan en la dicción de argentinos, gallegos,
asturianos, leoneses y castellanos viejos; la asibilación de las vibrantes está
muy extendida fuera de Méjico; y el nahua carece de /r/ y de /r/. En tierras
altas de América y en el Yucatán la articulación de /b/, /d/, /g/, es
oclusiva en posiciones donde el uso
general hispánico las pronuncia fricativas (liebre,
neblina, hierbas, sirven, deuda, verdad, orgullo, galgo, nubes, caballos,
desvelé); aunque no hay /b/, /d/, /g/ en nahua, maya yucateco ni quechua,
salvo en préstamos del español, podría pensarse que los hablantes hispanizados
de estas lenguas hubieran dado a los tres fonemas adquiridos la articulación
oclusiva propia de /p/, /t/, /k/, que les eran familiares; pero en la mayoría
de los ejemplos alegados /b/, /d/, /g/ son postconsonánticas, proceden de /p/,
/t/, /c/ latinas o se agrupan con /r/ o /l/ siguientes; en tales condiciones el
español de hacia 1600 conservaba la oclusión de la /b/ (consta así para árbol, desabrido, hablar, toable), lo
que hace suponer igual comportamiento para la /d/ y la /g/: parece tratarse, pues, de un arcaísmo,
aunque en ciertos casos no deba excluirse la posible acción del substrato o
adstrato. Por último, en Puerto Rico domina hoy la pronunciación velar de la
/r/, atestiguada asimismo en Trinidad y en zonas costeras de Venezuela y
Colombia: unos la han atribuido a indigenismo taíno (indemostrable por la
temprana desaparición de esta lengua), otros a afronegrismo de los esclavos;
pero la velarización de la /r/ se explica suficientemente como proceso
espontáneo dentro del sistema consonántico de las lenguas romances, con
paralelos en francés y portugués, y parece deber su crecimiento en Puerto Rico
a circunstancias históricas de la isla antes y después de 1898.
6. No puede rechazarse de plano, sin embargo, la influencia de las
hablas indígenas en otros casos. El Padre Juan de Rivero, que escribe hacia
1729 una historia de las misiones en el interior venezolano, se excusa de sus
incorrecciones diciendo: «No es pequeño estorbo el poco uso de la lengua
castellana que por acá se encuentra, pues con la necesidad de tratar a estas
gentes en sus idiomas bárbaros, se deben insensiblemente sus modos toscos de
hablar y se olvidan los propios». Donde más se evidencia el influjo indígena es
en la población bilingüe; pero sus hábitos se extienden a veces entre quienes
ya no hablan lenguas primitivas. El maya posee unas «letras heridas», esto es,
oclusivas o africadas sordas cuyo cierre es muy tenso y va seguido de
aspiración (p’, t’, k’, ch’, tz’); los yucatecos pronuncian así a veces las
oclusivas sordas españolas; en 1930 decía un investigador que «al oír el español
de los mayas, se recibe con frecuencia la impresión de estar oyendo hablar en
castellano a un comerciante alemán, especialmente en palabras como ppak’er (= pagar), khiero (= quiero), tthanto
(= tanto)»; descripciones y espectrogramas posteriores confirman la
subsistencia de k’ase, k’al, sak’é,
t’erreno. En la Sierra ecuatoriana y en el Perú y Bolivia andinos los
indios y el pueblo iletrado confunden a cada paso /e/ con /i/ y /o/ con /u/ (me
veda ‘mi vida’, mantica ‘manteca’, mesa ‘misa’, pichu ‘pecho’, dolsora
‘dulzura’, tribul ‘trébol’, etc.) porque el quechua y el aimara sólo tienen
tres vocales —una /a/, una palatal y otra velar— con alófonos de diferente
abertura según los sonidos inmediatos. Desde el Ecuador hasta el Norte de la
Argentina indios y mestizos aplican a formas agudas y esdrújulas españolas la
acentuación paroxítona del quechua (hácer,
ánis, árroz, sabádo, pajáro, arbóles).
Es probable que la conservación de la /l/ en el español de regiones
andinas haya tenido apoyo en los adstratos quechua y aimara, ya que ambas
lenguas poseen el fonema palatal lateral sonoro; también lo tiene el araucano,
circunstancia que debió de contribuir a que el español del Norte y Sur de Chile
lo articulase todavía lateral en las primeras décadas de nuestro siglo: hoy
sólo queda en rincones aislados del Sur, barrido por el yeísmo en el resto del
país. En el español del Paraguay y del Noroeste argentino la /y/ es siempre
africada y sin rehilamiento ([máyo], [áya], [úye]), de acuerdo con la fonología
guaraní, que tiene un fonema /y/ sin el alófono fricativo del español
peninsular. Asimismo parece responder a influjo guaraní la articulación
alveolar que en el Paraguay se da a las dentales españolas /t/ y /d/. No
podemos aquí examinar otros casos de influencia indígena que se han defendido
con diversa aceptabilidad.
7. Muy probable es que se mantengan caracteres prehispánicos en la
entonación hispanoamericana, tan distinta de la castellana. La entonación el
español de América, muy rica en variantes, prodiga subidas y descensos
melódicos, mientras la castellana tiende a moderar las inflexiones,
sosteniéndose alrededor de una nota equilibrada. Cabe admitir influjos e igual
procedencia en el ritmo el habla: el mejicano abrevia nerviosamente las sílabas
átonas, mientras el argentino se detiene con morosidad antes del acento y en la
sílaba que lo lleva, y el cubano se mueve con lentitud. Ahora bien, estas
impresiones carentes de validez doctrinal necesitan someterse a estudios
comparativos rigurosos. Hasta hace poco no se han analizado científicamente las
estructuras melódicas y rítmicas de las hablas hispanoamericanas; hoy se
empieza a contar con investigaciones prometedoras. Esperemos que no tarde en
hacerse el cotejo entre los comportamientos de las lenguas indias y los del español
de regiones bilingües.
8. En la morfología, salvo en zonas bilingües, escasean en el español
de América los restos indígenas. Indudablemente lo es el sufijo -eca, -eco de azteca, tlascalteca, yucateco, guatemalteco, que procede del nahua
/ - é c a t l / y cuya capacidad de formar gentilicios no rebasa los limites de
Méjico y el Norte de América Central. Con él fue identificado por algún
estudioso, el morfema indicador de defectos que aparece en cacareco ‘cacarañado, picado de viruelas’, chapaneco ‘achaparrado’, bireco
‘torcido, virado’, bizco’, tontuneco,
zonzoneco ‘tontaina, zonzo’, y otros
usuales en Méjico y Centroamérica. Acaso por no estar probado que / - é c a t l
/ se emplee con este sentido, se ha apuntado más tarde que el -eco peyorativo de defectos puede venir
de otro sufijo, / - i c / o / - t i c /, que en nahua sirve para formar adjetivos. Sin embargo, lejos del dominio
nahua, en Argentina y Chile, existen chulleco,
chuyeco ‘torcido’, pateco
‘piernicorto’, patuleco ‘patizambo’, peteco ‘persona de poca estatura’, en
España fulleco ‘gordo, hinchado’ (en
el Bierzo), ‘vano, huero’ (Salamanca), llobeco
‘lobezno’, diableco (Asturias
occidental), y en portugués abundan los diminutivos y despectivos formados con
este sufijo; por otra parte ningún adjetivo americano de defecto aãnade -eco a raíz nahua. En Arequipa (Perú) y
en el Noroeste argentino el morfema posesivo quechua /-i/ se pospone a vocablos
españoles en casos de fuerte valor expresivo, como los vocativos viday, viditay ‘mi vida’, ‘mi vidita’, agüelay ‘mi abuela’. El sufijo
diminutivo /-la/, quechua también, es el origen de -la, -l- de vidala, vidalita, usadas en las mismas
regiones de la sierra argentina; en la ecuatoriana, /-la/ ha pasado a /-za/ (mi guaguaza ‘mi guagüita, mi niño’). En
la lengua mixta que se habla en el Paraguay se aplican a elementos léxicos
españoles morfemas guaraníes como el diminutivo /-í/ (patron-í ‘patroncito’), el signo de plural / - kuera / («vinieron
sus amigokuera»), el de realidad
pretérita / -kué / («su noviakué» ‘la
gue fue su nia’, ‘su ex-novia’, /ce/ como posesivo de primera persona (ch’amigo, che Dios ‘amigo mío’, ‘Dios
mío’). Tanto en Paraguay como en Corrientes y Misiones se usa la partícula
interrogativa guaraní pa («esa Isabel
¿le conoce pa?» ‘¿conoce a esa
Isabel?’). Hay calcos sintácticos como «voy a comprar para mi vestido» ‘mi vestido futuro’, «yo trabajé todo ya» ‘he acabado de trabajar’, «mi
hermano es alto como el de Juan»
(Paraguay); «venga dar viendo» ‘venga
a ver’ (Sur de Colombia y Ecuador), «pobre siendo
también, no roba» ‘a pesar de ser pobre’ (sierra ecuatoriana), «de mi tío
su amigo» ‘amigo de mi tío’ (Perú), etc. En Ecuador, Perú y Bolivia el verbo se
coloca, por influencia quechua, al final de la frase: «¿Y tú lo recomiendas a
Luis? —Sí, señor, hombre bueno es»;
«El alma de taita amo grande creo que está penando… —Arrastrando cadenas parece». En los países andinos estas
construcciones no alcanzan al uso general, limitadas a los ambientes bilingües.
Como en quechua y aymara, el español hablado en Puno (Sureste del Perú) y en La
Paz distinguen la acción que el hablante ha presenciado o conocido directamente
y la que sólo conoce por referencias; parra la primera usan el perfecto
compuesto (Puno) o el simple (La Paz) mientras que para la segunda se valen del
pluscuamperfecto: así «se ha muerto
esa gallina», «hoy día llegó su mamá
de él» implican un ‘yo lo he visto’, a diferencia de «se había caído de su nido», «hoy día había llegado su mamá de él», que
suponen un ‘dicen que’. Notable difusión han logrado interjecciones como
achachay (Ecuador y Colombia), achalay (Noroeste argentino), de valor
ponderativo y origen quechua.
9. La contribución más
importante y segura de las lenguas indígenas está en el léxico. Los españoles
se encontraron ante aspectos desconocidos de la naturaleza, que les ofrecía
plantas y animales extraños a Europa, y se pusieron en contacto con las
costumbres indias, también nuevas para ellos. A veces aplicaron términos como níspero, plátano, ciruela a árboles y
frutas que se asemejaban a los que en España tienen esos nombres, o llamaron león al puma y tigre al jaguar. Pero de ordinario se valieron de palabras tomadas
a los nativos. El más antiguo y principal núcleo de americanismos procede del
taíno, lengua del tronco arahuaco hablada en Santo Domingo y Puerto Rico:
siendo las Antillas las primeras tierras que se descobrieron, fue allí donde
los conquistadores conocieron la naturaleza y vida del Nuevo Mundo. Taínas son canoa, cacique, bohío, maíz, batata, carey,
tiburón, yuca; aprendidas en la Española (hoy Santo Domingo), algunas voces
taínas se extendieron después a otras regiones americanas, como sucedió con maíz, cacique, hamaca, piragua, butaca.
El nahua proporcionó aguacate, cacahuete,
cacao, chocolate, hule, petate, nopal, petaca, jícara, tiza, tomate y
otras; el quechua alpaca, vicuña, guano,
cóndor, mate, papa ‘patata’, pampa,
carpa ‘toldo’ y algunas más; de origen guaraní son mandioca y ombú. Es
crecidísimo el número de palabras indígenas familiares en América y
desconocidas en España: así los arahuacos ají
‘pimiento’ y iguana ‘cierto reptil
comestible’; los nahuas guajolote ‘pavo’
o sinsonte ‘cierto pájaro cantor’;
los quechuas china ‘mujer india’, chacra ‘granja’, choclo ‘maíz tierno’, corrientes en toda América del Sur; los
guaraníes tucán, ñandú, yaguaré, tapera
‘casa en ruinas’, ‘ruinas de un pueblo’; el araucano malón ‘irrupción o ataque de indios’, etc.
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