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“La desvalorización del andaluz es racismo lingüístico”

 Ígor Rodríguez-Iglesias con el Premio Tesis Doctoral 2019, junto a Antonio Sanz, viceconsejero de la Presidencia, Administración Pública e Interior

Sebastián Chilla. La Voz del Sur

 

El doctor en Lingüística y Lengua Española y profesor de la Universidad de Málaga Ígor Rodríguez-Iglesias ha sido galardonado con el Premio Tesis Doctoral de Andalucía 2019 con un estudio sobre el andaluz desde la sociolingüistica crítica y la perspectiva decolonial: “En las palabras de Pérez Reverte también había aporofobia y patriarcado”

La lógica de inferiorización de las variedades lingüísticas no dominantes. El caso paradigmático del andaluz. Un estudio desde la sociolingüística crítica y la perspectiva decolonial. Se trata del título de la tesis doctoral de Ígor Rodríguez-Iglesias (Huelva, 1980), galardonada con el Premio Tesis Doctoral de Andalucía 2019 que concede el Centro de Estudios Andaluces de la Junta. El investigador y profesor, doctor en Lingüística y Lengua Española con Sobresaliente cum laude y Mención Internacional, ha sido profesor de la Universidad de Huelva e investigador en la de Coimbra, La Habana, la Hispalense, la Autónoma de Madrid y la de Alcalá. Ahora Rodríguez-Iglesias se desempeña como docente del área de Lengua en el departamento de Filología Española de la Universidad de Málaga.

Durante la cuarentena, el investigador no ha parado. La polémica suscitada por los ataques a la ministra María Jesús Montero por su acento o las declaraciones de Pablo Motos sobre el presentador Roberto Leal han vuelto a poner el debate en torno a la desvalorización del andaluz en el punto de mira. Este especialista en el estudio sociolingüístico del andaluz ve intrínseco a estas polémicas una lógica de inferiorización en la que al racismo lingüístico se le suma el clasismo y la aporofobia. Paradigmáticamente, una de sus facetas menos conocidas es la de doblador al castellano, siendo uno de sus últimos trabajos una producción de Netflix: “Un actor de doblaje por más que se empeñe en hablar en andaluz, lo que va a conseguir es ser expulsado del reparto de voces”.

En las declaraciones Arturo Pérez Reverte sobre la ministra Maria Jesús Montero, el escritor apela a “no confundir el acento andaluz con la vulgaridad”. En un artículo de eldiario.es, usted ve elementos de clasismo, del patriarcado y de racismo lingüistico.

Bueno, la tribuna no contestaba a Pérez Reverte. Reflexionaba sobre ese modo de pensar que está institucionalizado en nuestro sistema escolar. Y esto es lo grave. De un lado, tenemos a un académico pensando y hablando así. De otro lado, tenemos a un sistema escolar que enseña a pensar la sociedad en términos clasistas de modo explícito, pero también con muchos conceptos de modo implícito, pues todos los conceptos tienen unas condiciones sociales de producción y, por tanto, unas trayectorias intelectuales y un contexto histórico y demás. Es decir, son interpretaciones del mundo de otras épocas, lo que no invalida como tal el conjunto de lo producido, sino que nos debe servir para problematizar las herramientas con las que nos vamos a manejar para comprender la realidad.

Sus causas históricas le llevan directamente a la limpieza de sangre castellana, tan relacionada con los orígenes del racismo. ¿Cree que es la principal explicación histórica del desprecio por lo andaluz y el andaluz? 

 En cuanto a la raíz histórica del racismo lingüístico contra lo y el andaluz, hemos identificado cómo se ha construido esta ideología lingüística, que al mismo tiempo es cultural, social y ontológica. Es decir, que la subalternidad de Andalucía, que funciona en varios órdenes, hunde sus raíces en un conjunto de prácticas sociales de violencia y expropiación que se desarrollan política, administrativa, militar y socialmente entre los siglos XIII y el XV y que llegan a este periodo con cierta sofisticación respecto de la violencia y la construcción de una otredad inferior por parte de la conquista castellana. Esa cierta sofistificación se vuelve en total sofistificación al final del periodo, a través del conjunto de políticas públicas de repartimientos y limpieza de sangre, que genera representaciones sociales que conducen prácticas en estos y otros campos, entre ellos el lingüístico. Ya en el siglo XVI, a la luz de los testimonios explicitados en gramáticos, ortógrafos, escritores y cronistas, hay una ideología de desvalorización e inferiorización de lo andaluz respecto de lo castellano. La condición de posibilidad de estos discursos, que continúan hasta el siglo XXI, está en el ego conquiro.

 

Se define como sociolingüista crítico decolonial.

Bueno, digo que soy crítico en el sentido en que trabajo en un contexto de sociolingüística crítica junto a decenas de sociolingüistas del resto de universidades del Estado español y del mundo. Es decir, que no soy sociolingüista variacionista. Esto no es una batalla futbolística. Creo que es importante explicar, aun de manera sucinta, que la sociolingüística crítica entiende la lengua como práctica discursiva y, en este sentido, como práctica social y, por tanto, como constitutiva de la sociedad. Así que lo crítico va a venir dado, grosso modo, por explicar cómo los discursos y todos los elementos constitutivos de la práctica discursiva (quién habla, a quién, para qué, dónde, por qué, cómo, etc.) reproducen o transforman las relaciones sociales, con una mirada atenta a las de desigualdad y a cómo el marcador lingüístico intersecciona con otros marcadores, como el sexo, la identidad de género, color de piel, etc. Es objetivo, pues, de esta sociolingüística estudiar las ideologías lingüísticas. Crítica es, como dice Ruth Wodak, hacer visible lo invisible o, con palabras de Walter Benjamin, pasar el cepillo a contrapelo, o si se quiere, como dice José del Valle, colocarse en otro punto de la sala para mirar el mismo espacio y observar las cosas que antes no estaban a la vista y ahora sí. Esto es la crítica. Es decir, que, en mi opinión, es un acto de humildad, de intentar buscar todo aquello que se nos escapa, que no vemos. Hay un gran componente de inconformismo. Y, en este sentido, ¿cómo podemos conformarnos solamente con la crítica eurocéntrica al eurocentrismo? No. Lo que hemos hecho, hacemos y queremos seguir haciendo es escuchar, leer y aprender de otras miradas, de otras formas de ver el mundo y ver incluso cómo nuestra forma de ver el mundo ha sido históricamente limitada, racista, patriarcal, etc.

Yo incorporé lo decolonial no como una perspectiva de estudios, así en plan opcional, sino como una necesidad en dos sentidos: para entender la realidad política y social que estudiaba, diferente a Madrid, Castilla o Inglaterra, y para deconstruirme en mi pensamiento y mis prácticas de ese conjunto de opresiones. Esto implica una continua problematización hasta el último día de la vida de uno, porque ya no sólo es ver lo que uno ha normalizado, sino entender que todo lo sistémico nos atraviesa en todos los sentidos, aunque no lo veamos. A esto apunto, no a que uno ha recibido la luz y ahora es un iluminado. Para nada. Ser consciente, de algún modo, de los privilegios no los anula. Y renunciar a los más explícito, si esto llega a hacerse, no implica la no reproducción y el beneficio de privilegios normalizados e incorporados corpolíticamente, en todos los sentidos, como una herencia. En el caso concreto de la necesidad decolonial a la crítica posmoderna de los estudios críticos universitarios de las universidades occidentalocéntricas, de lo que se trata es de entender cómo cada lugar de enunciación es único y atiende a realidades sociales y políticas únicas, especialmente, en situaciones de subalternidad. Leer y escuchar otros lugares de enunciación me ha enseñado mucho sobre el mío, me ha ayudado a comprender mi realidad.

En el desprecio por el andaluz sostiene que además de clasismo también subyace aporofobia…

La desvalorización del andaluz es racismo lingüístico, en tanto lógica de inferiorización de un grupo que se autosuperioriza e inferioriza a otro, a partir de diversos marcadores que interseccionan, entre ellos el lingüístico. De la aporofobia también podemos decir que es una lógica de inferiorización, con el marcador de la pobreza. Ambas ideologías interseccionan. Es decir, que no sólo se trata de un rechazo a la forma de hablar de otras clases sociales. Esto también sucede, pero no en virtud de ser andaluz. Si se simplifica la cuestión de la desvalorización del andaluz a que es sólo una cuestión de quién es el dueño de los medios de producción, se invisibilizan las opresiones económicas y laborales, así como la pobreza extrema de Castilla, Madrid y otros lugares y la aporofobia lingüística que existe contra los grupos no privilegiados de estos lugares. De hecho, en las palabras de Pérez Reverte había tres elementos imbricados entre sí: el racismo lingüístico, aunque lo negara a través de una estrategia de condescendencia, el clasismo o aporofobia y, algo que es un elemento clave, el patriarcado.

A colación del andaluz, hablemos de lengua y escritura. “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna”, dijo Gabriel García Márquez en un Congreso de la Lengua Española…

Esta es otra dimensión, vinculada a lo lingüístico, pero no lo lingüístico como tal. La escritura es una tecnología que no nace en Europa y es producto de unas condiciones sociales, políticas y económicas particulares. Las lenguas llegaron hasta aquí siendo ágrafas. De hecho, la mayor parte de las lenguas del mundo no han sido representadas, al menos, en los términos en que se entiende una representación grafemática de una lengua hoy en día, porque esa cultura que habla esas lenguas o esas lenguas (lo normal en el mundo es el multilingüismo) no lo ha necesitado en su interacción con el medio. No se trata de un atraso, como las teorías racistas del XVIII y XIX que ha heredado el XX y aún el XXI suponen. Suposiciones sin base empírica que se convertían en conceptos, de esos de los que yo hablaba antes. Era una forma de estar lingüísticamente en el mundo. Porque si le das la vuelta a la tortilla y aplicas la misma lógica, alguien pudiera decir, y no es lo que estamos diciendo: hay que ver, qué pueblos más atrasados que necesitan poner por escrito todo, como si no fueran a recordar sus cuestiones fundamentales o no supieran entenderse oralmente. A lo que apunto es a problematizar y rechazar las visiones etnocéntricas. Pero en presencia de una sistema de escritura, silábico, logográfico o alfabético, hemos de entender que se trata de símbolos. Digamos que dibujitos estandarizados, para que quien escriba siempre lo haga en términos similares y quien lo interprete, lo lea, identifique ese símbolo y no otro. Ya las diferencias, nunca cualitativas, sino de procedimiento, las encontramos en el nivel lingüístico del que se parte para la representación: si con esos símbolos representas conceptos o quieres representar sonidos-tipo. Lo estandarizado aquí son estos trazos grafemáticos, es decir, que es inadecuado concluir que eso sea una variedad lingüística estándar. Más bien es estandarizada a través de tal representación. Esta representación grafemática de una variedad hablada de lo que da cuenta es del privilegio social del grupo humano que, por un lado, controla los medios de producción y circulación para llevar esto a cabo y sostenerlo institucionalmente y, por otro lado, representa su variedad hablada y no otra. En los procesos ideológicos asociados a lo lingüístico, vemos cómo se ha llegado a olvidar o hacer olvidar este hecho, a través de hacer pasar la lengua como eso que está escrito y obviar e, incluso, a despreciar lo hablado, incluyendo las riquísimas producciones orales, de la comunicación instantánea o como géneros literarios y no literarios, en las que expresan las culturas humanas. Ha habido una profusa atención, a lo largo de la historia en tradiciones vinculadas a lo grecorromano, en estudiar profusamente lo escrito, de tal modo que tenían mucho que decir respecto de lo que era un nominativo o un acusativo, pero poco más, sentenciando lo oral como un cajón desastre. Es decir, que el gramático del pasado aquello que no comprendía lo relegaba a la nada, negando su existencia o la legitimidad para ser objetivado para su estudio. Afortunadamente, hace sesenta años hubo un giro en este sentido (casi cien, si consideramos a Bajtín-Voloshinov en la URSS) y henos aquí en un contexto de estudios discursivos críticos.

Pero ¿quién dijo y dice qué es lo correcto y lo que no?

La ortografía supone para la escritura lo que las normas de tráfico para la circulación de los vehículos y peatones. Son normas del tipo: es este trazo y no otro. Trazo aquí es letra. Así que es esta letra y no otra con la que nos vamos a entender. Otra cosa es la razón histórica, vinculada al latín, por ejemplo, que aquí no nos interesa ahora, pues, una cosa es el conocimiento etimológico del o la filóloga y otra cosa es el uso efectivo de quien es alfabetizada para escribir y leer, sin más. A lo que apuntamos es a que la norma ortográfica lo mismo puede decir que se escriba con uve o con b, que se escriba con ese o con zeta o que la palabra ya no se escriba con hache intercalada. Es una cuestión de estandarización.

Sin embargo, esa estandarización obedece a otros parámetros…

Lo interesante de esto para mí es atender a qué variedad se privilegia, porque esa variedad es siempre de un grupo humano concreto y, por tanto, supone privilegiar a ese grupo en detrimento de otros. Por otro lado, ver las consecuencias de que esas normas estén basadas en restricciones que censuran la variación grafemática o, en este caso, pudiéramos decir, ortográfica. Por ejemplo, que zapato lo mismo se escriba zapato que ‘sapato’, sin que suponga un estigma social y un desplazamiento de sus otros saberes para la persona que escribe. Yo no estoy diciendo que el sistema escolar no atienda a las faltas. A lo que apunto es que soy de la opinión de Gabo en este sentido, que las cosas pudieran simplificarse no por complicadas, sino para dar cuenta de la diversidad. Las adaptaciones que se han hecho y hacen no son suficientes. No hay que confundir con esto de lo correcto o lo incorrecto el orden lingüístico. Hemos apuntado, con relación a la pregunta, al orden escrito y a la ortografía castellana en particular.

¿Cómo juega ahí el poder sus cartas?

El poder se constituye en nuestras prácticas cotidianas, a través de las relaciones fuerzas interindividuales que actualizan las relaciones de fuerzas intergrupales. De tal modo, que aquí nos es operativo Gramsci y quién ostenta hegemonía. Así que observamos cómo un grupo social hace pasar su interés particular de grupo por interés general, a través del control de los medios de producción e interpretación de los discursos, como la escuela, los medios de comunicación, las editoriales, etc. En estos discursos incluimos las interpretaciones de la realidad que se han hecho a lo largo de la historia y también en el último siglo y, por supuesto, en la actualidad, desde la historia, la filología y la lingüística, la sociología, la ciencia política, la psicología social, etc.

Concretando, respecto de la escritura y la ortografía, hay que diferenciar aquí dos cosas: una es que las personas puedan leer y escribir, pues en el campo político y administrativo la escritura juega un papel fundamental y las personas necesitan saber qué votan, qué les comunica el Estado y cómo comunicarse con él, etc., y todo ello dada la realidad en la que vivimos, donde las relaciones complejas de lo público y lo privado han especializado las interacciones discursivas en la dimensión escrita, por razones que aquí no podemos abordar, por falta de espacio. La otra cosa, y respecto de lo que se pregunta, es capital, es que la ortografía finalmente se ha constituido en un indicador con el que las personas son identificadas, jerarquizadas y excluidas o aceptadas, incluyendo sus otros capitales simbólicos, sus saberes en cualquiera de los campos simbólicos donde se suelen desenvolver y tengan cierta experimentación. De lo que nos puede dar cuenta una falta de ortografía es o de un descuido, de unas condiciones materialmente inadecuadas para haber escrito, como un teclado de un móvil o un teclado de ordenador cuyas teclas no respondan adecuadamente, un corrector del móvil o del procesador de textos que todo te lo cambia, o, sin dejar de atender a otras causas, de un aprovechamiento del sistema escolar, que premia unas cosas y no otra, que privilegia esto pero no aquello, en los casos en los que haya habido una escolarización, donde las condiciones sociales tienen un efecto directo sobre tal aprovechamiento y, por tanto, del éxito escolar, que parece ir más allá de la obtención del título, pues la llamada falta de ortografía será el estigma, la marca. La persona queda marcada socialmente.

Le he escuchado decir que apela al espíritu de Juan Ramón Jiménez y su particular uso de las ‘j’, las ‘b’, las ‘s’ y no ‘x’ o las ‘p’. Por otro lado, cualquier persona que lea un documento medieval o moderno, puede ver un uso indistinto de las ‘b’ y las ‘v’ y de otras reglas ortográficas y ortotipográficas. ¿Por qué hay toda una legión de adeptos a la RAE?

Precisamente cuando he apelado a Juan Ramón Jiménez era en relación una contestación que se le puede dar a la legión de adeptos a la RAE, si por esto estamos entendiendo a las personas que elevan a la categoría de Cruzada el espíritu normativista que siempre tuvo la RAE y que, a pesar de su voluntad expresa, sigue atravesando parte de lo que hace. No obstante, es interesante observar que incluso cuando hace incorporaciones lexicográficas, que necesita definir lingüística, conceptual, pero también ortográficamente, y estas incorporaciones no responden a los intereses del grupo dominante, el monstruo se le vuelve contra sí. Cuando digo grupo dominante no quiere decir que los miembros de esa legión sean dominantes. Esto es como lo del obrero de derechas. Es conocida la frase que Simone de Beauvoir escribe en 1948 en The Ethics of Ambiguity, a partir de una conferencia dictada tres años antes: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre las propias personas oprimidas”. Algo así es lo que expresa también Pierre Bourdieu: la dominación se ejerce con la complicidad de las víctimas, que han objetivado las estructuras de dominación y las reproducen. Lo que interesa es ver el papel reproductor de estas ideologías lingüísticas y sociales que tiene el sistema escolar y cómo no sólo son normalizadas, sino que se constituyen en una suerte de ídolo, cuyos creyentes son personas fanáticas dispuestas a una lucha. No sólo en esto ni en estas cuestiones lingüísticas,también en otros órdenes sucede esto. Aquí se dan la mano procesos, que se han construido históricamente, de una filosofía política y social que ha desplazado al dios de la Cristiandad devenido en Razón imperial del yo pienso cartesiano, que sofistica políticamente la ideología lingüística de “una lengua, un estado” a través de la construcción del estado-nación moderno, haciendo pasar por real una construida idealización, homogeneización y uniformidad tanto de una idea de lengua, así como de nación y demás, como explican dos sociolingüistas actuales muy interesantes en este sentido: Ben Rampton y Jan Blommaert. Esos procesos van unidos.

¿Cómo hemos llegado a ese punto?

Sin desmerecer la labor lexicográfica y de lingüística computacional, con objetivos lexicográficos, por ejemplo, que los procesadores de texto, como Word o Google Doc, entre tantos otros, nos sugieran o corrijan la palabra escrita incorrectamente en atención a las normas académicas de ortografía, por descuido o lo que sea, o nos sugieran sinónimos, etc., yo creo que es importante advertir de que la RAE no es una institución científica y es privada, lo que no la deslegitima, sino simplemente la señala como lo que es, un agente social y político que no debe superponerse a los verdaderos agentes del conocimiento, a las Universidades, donde se producen los conocimientos. La RAE es producto de una política de Estado muy concreta, de una ideología lingüística y social muy concreta. La verdad es que más allá de una labor que también desempeñan otros agentes privados, como Fundéu o diferentes editoriales, no es procedente tomarla como referente, por ejemplo, de la Lingüística.

Con la RAE hemos topado… ¿Cómo valora la creación de la escritura EPA a raíz de la publicación de El Principito Andaluz por Juan Porras y la labor de la ZEA?

Pues no me parece mal. Dado el tipo de sociedad en que se desarrolla la realidad política y social llamada Andalucía, la escritura y la ortografía tiene un papel legitimador y contestatario. Pero principalmente, legitimador. Se ha querido ridiculizar las propuestas de la ZEA, a la que pertenece Huan Porrah, y de la EPA, que aplica en una sola propuesta lo allí producido, problematizado, debatido y demás durante años. Se ha dicho que se trata de ortografías inventadas. Es un poco extraño decir eso, pues todos los sistemas de escritura son inventados, responden a condiciones sociales específicas. Y las normas ortográficas también son inventadas. Entonces lo que está sobre la mesa es una cuestión de legitimación: quién y qué están legitimados para representar por escrito una variedad.

En esa línea, frecuentemente se ha apelado a una “falta de igualación, uniformación o nivelación” del andaluz para afirmar que no es una lengua…

Es absurdo lingüísticamente decir que Andalucía tiene tal falta de nivelación que es imposible poner por escrito las producciones discursivas de este conjunto de seres humanos conforme a sus propios sonidos, en atención a una escritura segmental o alfabética. Esa idea de la falta de nivelación es un poco extraña, porque al tiempo que se habla de la unidad del español o castellano, se dice que Andalucía es tan, tan, tan variada que ni puede ser nombrada, en una suerte de antropología y sociología elaborada por el filólogo que deviene en política de la diferencia, pero no en una descripción científica como tal. Ni siquiera la realidad de Despeñaperros para arriba es uniforme, ni la propia Castilla lo es, territorio menos poblado. Quiero decir con esto que esas conceptuaciones también invisibilizan la rica diversidad de los pueblos oprimidos al interior de esos territorios. Que se normalice y se hagan valer privilegios que esta ideología lingüística provee no implica que no se vivan otras opresiones, incluyendo como causa esta misma, como una suerte de efecto boomerang. Hay muchas cosas mal planteadas. Mal no porque ahora seamos muy inteligentes y antes no. Es valoración es inadecuada. Lo que digo es que esas valoraciones, elevadas a la categoría de concepto, son producciones atravesadas de formas de pensar la realidad de su tiempo histórico, que no es el nuestro y que no cuenta con la ventaja de todo lo que le sucede con posterioridad ni de todo lo que acontece simultáneamente en otros lugares de enunciación, que desde nuestra ventaja del ahora sí podemos tener presente. Por eso, los conceptos siempre hay que problematizarlos. Y ese de la nivelación y otros tantos son inadecuados, porque no sólo sirven para negar al pueblo andaluz y lo que puede o no puede hacer, sino que lo subsumen en una inferioridad, en una subalternidad a la que contribuye tal conceptuación.

La diversidad es consustancial a la humanidad, por lo que una sistema ortográfico debería reflejar esta diversidad, como hace la lengua hablada, a través de reflejar eso que se da en llamar la variación. Aunque son de naturaleza lingüística diferente, estos hechos lingüísticos pueden servir de ejemplo acá: se escribe -ito, -illo o -ico, porque son, efectivamente, elementos lingüísticos equivalentes semánticamente que reflejan una realidad lingüística diversa. Sin embargo, se ve como un horror que se escriban ciertas palabras que se usan por parte de personas andaluzas o que se reflejen legítimamente pronunciaciones. Es interesante esto, porque a veces no sólo se comunica un contenido en concreto, sino que se quiere comunicar paralelamente más cosas, a través del tono y demás, como la pertenencia a grupo, en el caso específico de ciertas articulaciones que han sido llamadas, en otro tiempo, ya en el siglo XVI, como interpretación de hechos lingüísticos, seseo, ceceo e, incluso, heheo, este más recientemente. Tal pertenencia puede ser a una comarca o a un grupo social en entornos urbanos, como la pertenencia a una pandilla o un tramo de edad, como observamos en “zu hermano ahí” en el contexto de una plazoleta.

Ahí juega, o deja de jugar, un papel muy importante la educación y la escuela.

La escuela dota de poquísimas herramientas, muchas antiguas, para evaluar la lengua, cosa que es un objetivo escolar especificado en las leyes educativos al respecto. Pero no da herramientas para que las personas entiendan qué pasa en su barrio, en su grupo de clase social, en su pueblo o comarca, etc., y hay muchos conflictos sociales, casi invisibles, derivados de esta cuestión. Tanto respecto de la interacción misma como de la evaluación de lo lingüístico y lo interaccional, especialmente por causa de una ideología de la desigualdad, dominación y opresión que atraviesan ciertas conceptuaciones lingüísticas que circulan socialmente, normalizadas. Y en esto el sistema educativo, en todos sus niveles, ha tenido y tiene una responsabilidad primordial, aunque no exclusiva

¿Qué se considera necesario para que se configure a lo largo de la historia una “lengua”? 

La lengua tiene una historia, se escriba o no. Otra cosa es quien haga esa historia de la lengua no tenga acceso a los datos. Es un arqueólogo sin restos de cultura material. Incluso quien hace historia de la lengua en virtud de unos pocos textos, ya sean leyendas o un listado de productos alimentarios, también va un poco a ciegas. No digo porque lo haga mal. Es que solo tiene unos pocos datos. Ya le gustaría tener más a quien hace filología textual per se, es decir, a quien estudia esos textos antiguos y quiere llegar a conclusiones fiables respecto de los datos. Mucho de lo que he dicho hasta ahora sirve para ver esto con perspectiva diacrónica. El sur de la península ibérica, desde el 711 siguió siendo un espacio lingüísticamente romance. Aquí, en el sur peninsular, se hablaba una variedad del latín que siguió su curso. Una variedad más cercana que la variedad centronorteña, por causas políticas, a la variedad romana. Esta lengua nunca se dejó de hablar durante ese periodo andalusí. Incorporó palabras del árabe, con el que compartía espacio, pero no de modo exclusivo. Es decir, que estas variedades romances llamadas aljamías o mozárabes, que eran variedades latinas, de la población autóctona, incorporarían palabras de realidades o no conocidas lingüísticamente o que, aun siendo nombradas en estas lenguas derivadas del latín, se nombrarían de estos otros modos. Es decir, que ya estas variedades incorporarían palabras árabes antes de que pasaran al castellano, que no necesariamente eran importadas, pues algunas habían sido creadas o modificadas, por causa histórica o como nueva creación o formación léxica, en la misma realidad peninsular andalusí.

Lo mismo se puede decir de las otras variedades lingüísticas romances en situación de contacto lingüístico también no denominadas mozárabes, como la castellana. Lo que digo es que no se puede decir que el castellano tomó del árabe y ya. Es más complejo. Se ha dicho que hubo una lengua A que se impuso sobre una lengua B. Entonces se ha pensado que las personas del territorio de la lengua B hablan la lengua de las personas del territorio de la lengua A. Está mal explicado y uno de los problemas es ese que no dejo de apuntar: las herramientas conceptuales. Esas interpretaciones están supeditadas, entre otras cosas a una idealización de lengua A y lengua B y esto sabemos que sólo es una idealización, una construcción. No es real. Puede haber transiciones más o menos bruscas, por diferentes causas, que permitan identificaciones, pero en variedades lingüísticas tan próximas a veces es difícil establecer las fronteras y hacerlo, además, debería tener un sentido que debe ser explicado, por lo que ese establecimiento debe estar supeditado a tal sentido. Digo esto porque a veces no queremos establecer la frontera. Si en lugares fronterizos todo lo interpretas como lengua foránea o lengua propia, en un eje interpretativo supeditado al estado-nación y demás, especialmente a lo que ideológico-lingüísticamente tiene en la cabeza quien investiga, sin observar la complejidad de esta ciencia, la Lingüística, pues quizás no comprendas aquello que te has propuesto comprender o cómo es la realidad. Así que no se trata de que las personas en Andalucía se quedaran mudas de un día para otro y se pusieran a hablar castellano, con tan poca efectividad que no aprendía ni a la de tres a articular como alguien de Burgos. Es que las lenguas ni ahora ni entonces funcionan así. De hecho, se está pensando el pasado desde el monolingüismo y las realidades siempre fueron multilingües. No se puede aplicar el concepto eurocéntrico de lengua. Por eso es más adecuado hablar de variedades.

Parece que nos hemos olvidado de cualquier resquicio del romance andalusí...

Lo más plausible, a la luz de diversos datos, es que las diferentes variedades romances del centronorte peninsular confluyeran con las sureñas, con una legitimación de los capitales simbólicos del conquistador frente a la deslegitimación de los capitales simbólicos de las personas conquistadas. No puedo extenderme más en esto aquí, pero diremos que esto puede ayudar a explicar mucho de la diversidad léxica que hay en Andalucía que siempre es medida como rara avis, como algo extraño, como palabras de los pueblos o comarcas, palabras locales, o de grupos sociales tildados de incultos, hecho por el que se valora a Andalucía como extraña en ese sentido. El problema aquí está en quien piensa Andalucía de este modo, no en cómo es Andalucía. Esto sucede porque no se está teniendo en cuenta de que la diversidad centronorteña es tomada como un punto cero y construida como no diversidad, sino como normalidad, frente a la otredad andaluza, que no ha sido incorporada como lo normal, sino como ese lugar tan diverso. Todo esto hay que conectarlo con la respuesta de la construcción histórica de la ideología de la inferiorización contra lo andaluz y con esa de más arriba en la que apuntaba a la inadecuación de considerar solo diversa a Andalucía y no al centronorte peninsular. Por otro lado, las personas pueden tener percepciones que coinciden con el discurso normalizado, pero eso es efecto de otro hecho también apuntado: la objetivación o normalización de, en este caso, un discurso hegemónico político, cuya reverso es la subalternidad andaluza.

Aquí no estamos diciendo que se hable o se siguiera hablando ese romance mozárabe. Pero tampoco se puede sostener que el armazón sea exclusivamente castellano, porque es una valoración monolingüe. Si comparamos las lenguas romances actuales, al margen de relaciones formales gramaticales y fonológicas exclusivamente propias, las estructuras son muy próximas y esto nos permite entender que si confluyen, por ejemplo, lo que tú y yo hablamos con esto que leo en un diario portugués: “ O Centro Nacional de Reprodução de Lince Ibérico (CNRLI) assinala este sábado o 10.º aniversário da chegada do primeiro exemplar às suas instalações, em Silves, distrito de Faro, onde já nasceram 122 animais, congratulou-se o Instituto Conservação da Natureza e Florestas”, pues se ve la proximidad. Hay que tener en cuenta que decir qué es lengua y que no es lengua (no digo la definición lingüística para el estructuralismo, para el generativismo, etc., que es otra cuestión) es un hecho más político que lingüístico. La violencia contra estos pueblos del sur peninsular implicó un lingüicidio. Lo que decimos es que perviven elementos que nunca se han sabido explicar ni siquiera etimológicamente y que es producto de una violencia epistémica posterior, como explica el profesor de la Universidad de Córdoba Antonio Manuel Rodríguez, cuando nos relata la historia de las palabras y expresiones flamenco, faralae, irse de farra, que nada tiene que ver con lo que dice en su diccionario la RAE, a veces sentenciando como origen desconocido. Lo que conecta con otra cuestión: por qué unas hipótesis, algunas sin base empírica, son reconocidas como legítimas, y otras hipótesis, con base empírica, son tachadas de ilegítimas o relegadas a la marginalidad académica. Aquellos elementos muy probablemente sean principalmente de carácter fonético, léxico y pragmáticos, asociados a modos culturales propios, otros pocos gramaticales, que confluirían en los elementos del siglo XVI con los que los gramáticos y demás elaboraron sus injustas e infundadas opiniones sobre las personas andaluzas, la ideología lingüística que persiste hoy en día.

¿Habla(s) andaluzas o lengua(s) andaluzas? La propia denominación esconde otra lógica…

“Hablas” tiene una trayectoria intelectual vinculada a una jerarquización de colonialismo interno al interior del Estado francés. Se aplicó aquí en el contexto de una rama de la Lingüística que jerarquizaba el hablar de la otredad al interior de Europa, la Dialectología. Para mí es muy problemático. Rechazo, pues, esta denominación. En cuanto a lengua, surge un problema que es difícil resumir en unas pocas palabras aquí y requeriría de una larga explicación. Remito, pues, a las publicaciones donde ya lo hemos hecho y donde vamos a seguir haciéndolo, de manera más amplia. Dado que lengua es una abstracción y solo se concreta en variedades lingüísticas, yo me decantaría por este término, variedad lingüística, pero no se vea aquí ninguna supeditación al concepto político de lengua. Si algo tenemos que decir técnicamente en relación al concepto científico de lengua este nunca debe hacerse colapsar con la idea de estado o territorio político-administrativo, y se ha hecho, de ahí los problemas de ambigüedad que nos genera esto de lengua. Yo prefiero, pues, variedad. E insistamos, todas las variedades son funcionalmente iguales, legítimamente iguales.

Precisamente a raíz de la polémica de Pérez Reverte con la ministra Montero salió un comunicado de la Asociación Andaluza de la Lengua. ¿Lo apoya?

Sí, lo apoyo. El ataque gratuito me parece miserable. Es un abuso de poder cuando se hace valer, aún de manera implícita, la posicionalidad social y cuando se ostenta el control de los medios de circulación del discurso. Dices algo irresponsable socialmente y lo pones a circular y ni te inmutas. Es legítimo contestar, claro. Es legítimo tomar la palabra como colectivo, como pueblo. No se trata de que uno esté de acuerdo o no en esta coma o en aquella palabra de un documento. Cuando la opresión es tal, hacen falta respuestas rápidas y conjuntas. De por sí son sosegadas y meditadas, porque, en este sentido, hay muchas personas en Andalucía trabajando contra estas opresiones históricas. Y aún debemos escucharnos más.

Es evidente que este tipo de iniciativas y de debates que en el pasado no tenían la relevancia mediática que hoy tienen, han incentivado un creciente interés por la lengua andaluza. 

Bueno, es que es un no parar. La que tenemos que aguantar es mortal. De un lado hay un hartazgo. De otro una necesidad de entender quiénes somos. Es como lo que cuenta Las llaves de la memoria, de Jesús Armesto. ¿Quién soy, quién soy? Y lo siento en mi voz, em mis palabras, en mis manos, en mis movimientos, en mi interacción con las demás personas… Es la voz del colonizado, de la colonizada. Volvemos otra vez a la crítica al sistema educativo andaluz, como campo simbólico relevante en la reproducción de los discursos y, pues, las ideologías. Aquí se han hecho muy mal las cosas para que en 1980 estuviera toda Andalucía llena de banderas verdiblancas y en 2020 luzcan balcones y plazas con trapos de color rojigualdas. Y digo bien: bandera y trapo, porque con la primera no se han cometido crímenes de lesa humanidad y con lo segundo, sí. Así que no todos los símbolos, aun compartiendo la materialidad de ser una tela y tener colorines, están en el mismo plano simbólico.

En su caso concreto, ¿cuándo nació su interés concreto por el andaluz?

Mi interés por el andaluz nació desde que adquirí conciencia como persona. Y muy especialmente cuando fui sacado de mi plazoleta de un barrio de Huelva capital, de la calle Puerto Rico, donde jugaba con los niños del barrio, y de mis visitas de fin de semana a Isla Cristina a ver a mis abuelos y primos paternos. Fui sacado. Hace poco veía un reportaje sobre andaluces emigrados y un andaluz en Uruguay decía lo siguiente: está el emigrante y el emigrado. Su padre emigró y él fue emigrado. Pues yo, por cerca de tres años, desde los cuatro a los siete años de edad, fui emigrado a Burgos. Llegué en un diciembre con doce grados bajo cero de una Huelva que tiene un invierno suave y si acaso una semana de frío, el ramalazo del norte. Ese frío burgalés también fue lingüístico. Yo era el andaluz y todo giraba en torno a esta condición, al abrir la boca, como la corpopolítica del racismo, que genera representaciones y prácticas a partir del color de piel. Aquí el marcador era el lingüístico. Eso te genera reflexiones. A la vuelta mi hablar fonéticamente no había variado mucho, pero léxicamente había incorporado algunas palabras. Generó otro choque en mi regreso a Huelva. Luego también viví unos meses en Vigo. A esto hay que sumar que mi hermano mayor, fallecido a sus casi 14 años de edad y a mis 8, nunca desarrolló el lenguaje. Era autista y, además, sufría una discapacidad o diversidad funcional severa, que le impidió el desarrollo del lenguaje, o al menos en su explicitud, a través de la comunicación y producción lingüística, en el sentido en que las vemos expresadas en la mayor parte de la población. Estas son preguntas que te construyen y que, ya desde niño, me llevaron a ser lingüista en el futuro. Por eso, tras licenciarme en Humanidades, estudié la carrera de Lingüística y, posteriormente, el máster y el doctorado.

Esa propia experiencia personal más allá de Despeñaperros recalcó una sufrida diferenciación invisibilizada.

Quería comprender estas dos cuestiones, lo sociolingüístico y lo biolingüístico, aunque me he especializado más en la primera que en la segunda, sobre la que, como digo, también tomé formación en su momento. Todo esto no quiere decir que yo no normalizara la estructura de dominación castellanocéntrica en algunos contextos, pues si bien en casi todos los órdenes en los que se desarrollaba mi vida de adolescente y mi primera juventud yo era explícitamente andaluz, mi interés y trabajo en la radio y mis estudios en una escuela de doblaje me llevaron reproducir ese castellanocentrismo, hasta que terminé problematizándolo. Por eso mi trabajo de campo en la tesis doctoral se centró en el campo mediático. Mi etnografía está basada en la Cadena SER en Madrid con locutoras y locutores de radio que hablan para todo el Estado español y que son andaluzas. Hay muchos problemas que van más allá de lo que la persona decide hacer voluntariamente, pues hay cuestiones de relaciones fuerzas y de desvalorizaciones que tienen una repercusión directa sobre el campo.

Algo que ve de primera mano en el terreno del doblaje…

Un actor de doblaje por más que se empeñe en hablar en andaluz, lo que va a conseguir es ser expulsado del reparto de voces. Así que la pelea no está con esta persona, que es víctima del sistema. La pelea está con el sistema, con la problematización de la legitimidad de una variedad y la deslegitimación de otra u otras. Yo mismo, al margen de mi trabajo como profesor universitario, acabo de doblar una serie de Netflix sobre Michael Jordan y Chicago Bulls. Bola de Dragón, ahora dibujada de nuevo y con nuevos personajes, se está doblando de nuevo, como la primera versión, en Sevilla por actores y actrices de doblaje de Andalucía. La productora les obliga a hacerlo en castellano. ¿Qué hacen, cambian de profesión, no dan de comer a sus hijas e hijos? Porque esto lo podemos extender a todos los órdenes y veremos cómo todos y todas contribuimos a la reproducción de opresiones: quien conduce un coche, contamina, y quien es asalariado o asalariada, ¿participa de la acumulación del capital? ¿Culpamos al maestro y a la maestra por lo que el BOE y el BOJA les obliga a impartir o problematizamos todo esto en otro plano? Creo que debemos pensar complejamente los problemas sociales, que siempre son complejos y huir de las simplificaciones. Hay una idea fundamental que debe acompañar todo esto: habitamos las contradicciones, pero no como una forma de hipocresía. Es que somos tanto lo que nos constituye sistémicamente como la resistencia que hacemos ante lo normalizado. El filósofo Santiago Castro-Gómez lo expresa así: para llegar a la Transmodernidad hay que atravesar la Modernidad y es importante, pues, entender de qué modo habitamos esas contradicciones que, a su vez, nos habitan y cómo las superamos.