Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Álex Grijelmo: el cariño por
el idioma

28/11/2010

La RazónEn las paredes de la oficina del periodista Álex Grijelmo hay imágenes de la fiesta del salto del colacho, en Castrillo de Murcia, o de actuaciones de su propio grupo. Hay un cálido trasfondo sentimental en su lugar de trabajo, como la hay, en fin, en la defensa que ha hecho tantas y tantas veces de la lengua española. Esa que, según él, tiene una lógica increíble. Y pese a que no la hagamos caso, pese a que ni siquiera la miremos, es la que nos sirve para que, por ejemplo, nos entendamos cada día y no nos liemos a garrotazos. Por si acaso, tendremos que estar más atentos, para así no hablar o escribir sobre «el crecimiento negativo» cuando nos refiramos a la «recesión» o sobre «técnicos en madera» cuando busquemos un «carpintero». No olviden que también somos lo que hablamos y escribimos. Todos atentos. No nos solemos fijar en ella, pues la tenemos demasiado cerca, como nos ocurre con esos ojos glaucos que nos contemplan cada mañana y a los que muchas veces no prestamos atención. Qué le vamos a hacer. Somos así de despistados. Tal vez por esa razón manejamos la lengua con la delicadeza con la que tiramos un tabique medianero, sin darnos cuenta de que desaprovechamos una de las mejores capacidades de las que dispone el ser humano. Hasta tal punto es así que si nos olvidamos su origen puede que sea innato, respondiendo a un instinto, como bien ha propuesto el querido Steve Pinker. Eso significa que, a grandes rasgos, la capacidad del lenguaje no es una invención cultural y que, por lo tanto, existe una gramática congénita que se encuentra en todas las culturas. Cada lengua, eso sí, se va construyendo a lo largo del tiempo. Para Covarrubias, como ya saben, el retrete no era lo mismo que para nosotros. El problema radica en que los usos perversos de la lengua en el día a día, ya sea a la hora de escribir o a la hora de tomar unos vinos, casi siempre ocultan algo más. Y suele ser tan bueno como una mancha en el pulmón. Dado que las peores trampas son las que nos tendemos a nosotros mismos, algo que sabe cualquiera que haya tenido que firmar una hipoteca, conviene andar atentos a lo que decimos y a lo que escribimos, no sea que terminemos dando la razón, sin quererlo, a todo aquello que más detestamos. Evitar un eufemismo es también una cuestión de ética: «Siempre digo lo mismo: un médico de Valladolid habla igual de mal que un médico de Bogotá y un campesino de Valladolid habla igual de bien que uno colombiano. El mejor o peor uso tiene que ver con el estrato social en que uno se mueve». — ¿Por qué es así?— Por ejemplo, las clases cultas están más en contacto con el inglés. Y como tienen complejo de inferioridad con ese idioma, lo imitan. Hay algún leve desprecio hacia la propia lengua. Eso no pasa con las clases populares.— Que se relacionan más íntimamente con ella.— Cuando hemos visto catástrofes como la del Mitch, nos hemos quedado maravillados con el lenguaje que utiliza en televisión un aldeano que se ha quedado sin casa. Hay mejor relación con la lengua en las clases sencillas, sí. — También se dice que cada vez se escribe peor.— No he hecho ningún estudio comparativo entre cómo se habla y cómo se escribe. Todos nos movemos con impresiones. Lo que sí noto es que he tenido que supervisar muchos currículum con faltas de ortografía, con lo cual algunos deben de pensar que no es muy importante la vestimenta intelectual del uso del idioma.— Que es fundamental en nuestra vida.— Tengo la sensación de que no se ha cuidado muy bien en la secundaria y en la universidad el cariño por la escritura correcta, el cariño, en definitiva, por el idioma. No es otra cosa que guardar respeto por una construcción cultural que ha llevado siglos.— Quizá influya el poco cariño por la lectura.— La lectura es algo básico. Es la gimnasia intelectual de cualquier persona. Por eso, no es grave cometer faltas de ortografía, sino ver qué significa el hecho de cometerlas. La ortografía es un termómetro que revela la existencia de una fiebre. Y lo importante no es el termómetro, sino la fiebre.El burgalés Álex Grijelmo ha dedicado buena parte de su carrera a reflexionar sobre la lengua. Nos reunimos con el actual presidente de la Agencia EFE, la cuarta del mundo y la primera en español, durante una descuidada tarde de otoño, tratando durante nuestra charla de ser cuidadosos con nuestras palabras, para así no pasar por los farsantes que en realidad somos. Sin embargo, la conversación fluye. Durante la entrevista, el que fuera director general de Contenidos de Prisa Internacional no deja de reírse con simpatía, mientras se pasa a menudo la mano por un cabello cano y algo largo que le da aspecto de erudito decimonónico. Sus libros, como El estilo del periodista o La gramática descomplicada, nos aclaran un poco más la oscuridad en la que veces se regodea la lengua, de la misma forma en que, tras contemplar un sencillo gesto de Alfred Brendel al piano, comprendemos algo mejor una sonata de Beethoven. Durante su carrera ha trabajado en Europa Press, El País —de cuyo libro de estilo es responsable- y en diversos medios, ocupando, por general, cargos de responsabilidad. Además es Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, entre otros. Y continúa empeñado en escribir la entradilla perfecta: «Recuerdo que de pequeño quería a toda costa un Scalextric. Pero los Reyes Magos me trajeron un Strombeker, que era algo más humilde. Me hizo igual de feliz. Al final acabé organizando carreras de ciclistas en la pista del Strombeker». — ¿Cómo era aquello?— Eran ciclistas de plástico y tirabas un dado para ir moviéndolos. Luego escribía para mí la crónica de la carrera. Desde que yo recuerde, siempre he querido ser periodista. — Lo tenías claro, sí. — Empecé a hacer una revista en el colegio, en segundo y tercero de bachillerato. Hacíamos un solo ejemplar y lo alquilábamos a una peseta a todos los compañeros. Hacía la crónica del partido del Burgos porque iba al fútbol con mi padre. — No era mala fórmula eso de alquilarla…— Sacábamos un dinerito y nos divertía mucho. Nos pasábamos el fin de semana haciéndola. Pegábamos fotos y escribíamos a mano en un cuaderno. Luego fuimos mejorando y ya la escribíamos a máquina. Era un juego. — Empezaste muy pronto a trabajar, en La Voz de Castilla.— Con 16 años. A través de la madre de un amigo que trabajaba allí me presenté en las oficinas. Me atendió José Apezarena, que por entonces era redactor y que años más tarde fue redactor jefe de Europa Press y jefe de informativos en la COPE. Le dije que me gustaba escribir. — Y entonces te ficharon. — Estaban pensando hacer una pequeña sección para cuestiones estudiantiles. En Burgos estaba empezando un movimiento para que hubiera una universidad y yo andaba muy metido en esas actividades. Organizaba festivales de música, viajes, campañas benéficas… Menos estudiar, hacía de todo.— ¿Qué fue lo primero que escribiste?— Una doble columna con actos que se estaban organizando en los colegios, como viajes para esquiar. Poco a poco fui haciendo reportajes y entrevistas. Al principio eran informaciones puras.— ¿Había periodistas en tu familia?— Que yo supiera ninguno. Aunque una vez me enteré de la historia de un tal Domingo Grijelmo, que se había ido a México en el siglo XVIII y que, por lo visto, era periodista. — Algo había en los genes…— Y en Bilbao había una imprenta que se llamaba Artes Gráficas Grijelmo, de una rama muy lejana de mi familia. Era una herencia de una imprenta de un periódico que se había fundado en el siglo XIX. Pero entonces no sabía nada de esto. — ¿De qué había tradición en la familia? — Mi padre era comercial y mi abuelo también lo fue. Se dedicaban a vender piensos compuestos. Mi padre trabajó luego como oficinista en distintos puestos y acabó como jefe de ventas en una empresa. — ¿Ha cambiado Burgos?— Hace poco fui y me perdí porque habían cambiado una dirección… Mi vida en Burgos ha estado radicada en el centro, en la zona de copas, vinos y pinchos. Y la ciudad ha crecido mucho, aunque tengo menos contacto con la zona periférica…— Cuando llegaste a Madrid, seguías en Burgos…— Eso es curioso. Viví en la calle Oña y en la calle Caleruega, muy cerca de la calle Condado de Treviño. Parece que lo fui buscando, pero era casualidad.— Además, mantuviste el interés por las tradiciones.— Y sigo manteniéndola a través del Grupo Orégano. Nos juntamos los amigos en el Bar Patillas para seguir cantando y reviviendo esas tradiciones. También en las fiestas de San Pedro. Es tradición desde hace muchos años, aunque ya no actuamos. También nos acompaña mi hijo Alvar.—¿Se han perdido esas tradiciones?— Tenían su raíz en el campo y ahora la gente ya no se reúne en las casa para cantar, como tampoco hace tertulias en las puertas, entre los vecinos. Esa creatividad a la hora de hablar de los problemas del vecino o de reírse con una jota del pueblo de al lado se ha perdido…— ¿Y se mantiene una buena prosodia en Castilla y León?— En general se habla bien. Prescindiendo de algunos vulgarismos, la prosodia me parece mucho más hermosa en las gentes del campo. En cuanto a la pronunciación, todas son válidas...— No sé si esa prosodia se cuida en los medios…— No mucho. Y es lo que lleva a un cierto deterioro de la belleza del idioma. Cuando uno está en contacto con un medio de comunicación, espera enriquecerse culturalmente. No es grave, pues nadie se muere por algunas expresiones incorrectas. — Pero es mejor evitarlas. — Porque el problema es lo que denota. Casi siempre ocurre en personas que tienen más relación con el lenguaje oral que con el lenguaje escrito. —Aunque las lenguas cambian…— Pero evolucionan, muy lentamente, como he contado en El genio del idioma. El castellano ha evolucionado muy poquito. Nos interesa que no evolucione mucho porque, de esa manera, las generaciones futuras podrán leer, por ejemplo, a Delibes. — Del que sólo unos pocos recordasteis, a la hora de su muerte, que había sido periodista.— Hizo un gran periódico y lanzó al mundo grandes alumnos. Todos deberíamos tener presente su faceta como periodista en el Norte de Castilla. Es un perfecto ejemplo de la relación entre periodismo y literatura.— Y de no usar eufemismos…— Ahora estamos llenos de ellos. Hablo de eso en una colaboración con RNE cada fin de semana. Estamos rodeados de trampas verbales que utilizan los políticos y economistas y que los periodistas reproducimos con una falta de crítica lamentable. — Ahora también nos han cambiado la ortografía que él usaba. — En ese sentido, la ortografía, cuanto menos se toque, mejor. No había ningún clamor popular para cambiarla. Como presidente de EFE, en la agencia haremos lo que diga la Academia. Pero mi opinión personal es que no hacía falta tocar nada.— Siempre se ha hecho. Recuerdo cuando se acentuaba fue…— Eso fue hace cincuenta años y todavía hay gente que lo hace. Fíjate la fuerza que tiene la ortografía con la que uno ha convivido. Ante eso hay que tener un respeto, pues todos tenemos una relación sentimental con el idioma. No podemos ver la ortografía como una cuestión técnica. — Es un debate sentimental. — Nosotros somos familiares de las palabras. No se puede reducir a el uso de las tildes y la transliteración de palabras que vienen de otros idiomas, como puede ser el caso de Irak. Te produce un desasosiego que es sentimental. — Además, había casos, como acentuar «sólo» cuando era un adverbio, que respondían a la economía. — Porque, con la norma antigua, el margen de error era cero. No había duda. No se podía interpretar que era un adverbio cuando se trataba de un adjetivo. Ahora hay mayor ambigüedad, pues hay que acudir al contexto concreto y dar más pasos.— ¿En EFE eres muy riguroso con la lengua?— Lo soy. Envío mensajes por correo electrónico cuando tengo que hacer correcciones a los responsables de las secciones. A las siete de la tarde solemos tener la reunión del día y les llevo textos que creo que no están correctamente escritos. Soy obstinado y tenaz.— Que es una virtud de Castilla y León, cuentan.— Diría más bien que el castellano y leonés es austero, serio, quizá un poco desconfiado sobre todo hacia el vecino. También diría que tenemos poca confianza en nosotros mismos como colectivo. Tenemos acentuadas rivalidades internas que habría que superar. Sería bueno que los hechos nos ayudaran a superarlas…— Parece que falta cierta identidad castellano y leonesa.— Es bueno ser consciente de la pertenencia a un territorio, pues es algo muy eficaz. Quizá no nos falte tanto la identidad como su ejercicio. El hecho de ser castellano y leoneses nos dificulta las cosas, empezando por el gentilicio. — ¿Qué se puede hacer?— No tenemos un himno, por ejemplo. He defendido varias veces que podría ser el himno que escribió Antonio José de los Palacios, músico burgalés fusilado en el 36. Compuso un himno a Castilla precioso. Dijo que la letra no le interesaba, que se podía cambiar. Es un himno en que podría entrar perfectamente la palabra León, por ejemplo...