Domingo, 22 de septiembre de 2019

¡Vigila las eratas!

Virgilio Ortega, www.lapaginaescrita.com/

 

 

En los recientes Juegos Olímpicos de Invierno de 2018, celebrados en Corea del Sur, los cocineros noruegos hicieron un pedido de huevos... y les llegó un camión entero, cargado con 13.500 huevos de más. «¡Eso nunca acababa, era increíble!», comentaron cuando les descargaban cajas y más cajas de huevos. Y todo por una errata: al cursar el pedido, alguien puso un cero de más y, en vez de pedir los 1.500 huevos que necesitaba para toda la delegación durante todos esos días, pidió 15.000.

Por lo que le llegaron 13.500 huevos de más. Proteínas no les faltaron. Cuentan que la delegación noruega actuó con muchos X. ¡Manda uebos! Por cierto, ¿cuántas erratas se me han escapado a mí en esa última palabra? ¿Dos, una o ninguna? Pues depende. En el contexto de unos JJOO recientes, se me habrían escapado evidentemente dos erratas, tan enormes como dos faltas de ortografía. Pero, si no lo hubiese escrito hoy en ese contexto sino hace ochocientos años y en el contexto de las hazañas del Cid Campeador, pues no se me habría deslizado ninguna: en aquel momento, la palabra “uebos” significaba ‘necesidad’ y se escribía así, sin ‘h’ y con ‘b’. O sea, en ciertos contextos, ninguna errata, ninguna falta de ortografía. Porque manda la necesidad.

De los grandes a Popeye

Hay erratas deliberadas, errores que cometemos adrede. O sea, como nos sale de los ídem. Cuando el premio Nobel español Juan Ramón Jiménez escribía sobre la «jeneración del 98», sí sabía que esa palabra se debe escribir con ‘g’, no con ‘j’. Pero él la escribía con ‘j’ deliberadamente, porque le daba la gana. Y lo mismo hacía con otras muchas palabras que los hispanohablantes escribimos con ‘g’. Si él podía escribir su apellido como Giménez, Jiménez o incluso Ximénez. ¿por qué no iba a aplicar el mismo criterio -pensaba- a otras palabras con ese mismo sonido gutural? En su artículo «Mis ideas ortográficas», publicado en la revista Universidad en Puerto Rico, escribió: «Mi jota es más higiénica que la blanducha ‘G’, y yo me llamo Juan Ramón Jiménez, y Jiménez viene de “Eximenes”, en donde la ‘x’ se ha transformado en jota para mayor abundamiento. En fin, escribo así porque yo soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo». Pues eso.

Pero, evidentemente, la mayoría de las erratas son involuntarias, como ocurre con la errata más simpática, que nos viene del mundo del cómic. La hercúlea fuerza de Popeye el Marino, que en caso de emergencia se comía un bote de espinacas y automáticamente su brazo parecía convertirse en un “brazo de hierro” (¡así se llamaba Popeye en italiano!), procede de una errata. No es cierto que las espinacas tengan un contenido en hierro superior al de otras verduras de ese tipo, como el brécol o las coles de Bruselas.

Se cuenta que Segar, el creador de Popeye, leyó ese contenido en un texto con una errata y, sin saberlo, decidió basarse en ese dato para sus historietas: simplemente, la cifra que indicaba ese contenido estaba desplazada una posición a la derecha, con lo que ese contenido no era de -digamos- 7,39 miligramos, ¡sino de 73,9 mg! Para gozo de las compañías que vendían espinacas enlatadas, el contenido en hierro de las espinacas había sido decuplicado gracias a una errata. 

Y eso pasa hasta con los mejores autores, como mi venerado Cervantes. Cuando el genial manco de Lepanto pone fin a la primera parte del Quijote en 1605, no la remata con un broche de oro, sino con un error, mejor dicho con tres errores. Para lucirse, Cervantes, que era un lector entusiasta del Orlando Furioso, cita en italiano un verso de esa obra de Ariosto: «Forsi altro canterà con miglior plectio» («Quizá otro cantará con mejor plectro», o sea, con más inspiración). La cita es incorrecta, pues debió escribir esos versos así: «Forse altri canterà con miglior plettro» (Orlando Furioso, XXX, 16, 8). Compare bien el lector y verá que tiene tres erratas.

Más grave aún: en el capítulo I de la segunda parte del Quijote (1615), Cervantes repite aquel verso... pero ahora anteponiéndole el verso anterior de Ariosto y traduciendo ya ambos al castellano: «Y cómo del Catay recibió el cetro, quizá otro cantará con mejor plectro». Lo curioso es que Cervantes, reincidente, la vuelve a fastidiar: Cervantes dice Catay (‘China’ en los mapas de hace cinco siglos) en vez de India, que es lo que dice Ariosto. O sea, cuatro errores en una sola cita: tres en la primera parte del Quijote, más otro en la segunda. ¡Ni el Quijote se libra!

A propósito, ¿qué debe hacer un buen editor, corregir esas erratas o respetarlas? Por supuesto, ¡respetarlas! Algún editor estúpido, pecando de “buenismo”, ha querido alejar de Cervantes ese cáliz y las ha corregido; pero así, ni ha respetado a Cervantes ni a nosotros, que disfrutamos viendo esas cosas. En la ópera Il Trovatore de Verdi (1853), que se desarrolla en España y que se basa en una obra de teatro española homónima de Antonio García Gutiérrez (de 1836), hablan varias veces de Castellor. ¿No será una errata de Verdi en vez de ‘Castellón’ o, dado que la acción se desarrolla en Aragón, no querría poner ‘Castellar’?). Por supuesto, en las representaciones se debe respetar esa supuesta errata, pues así lo puso Verdi y nosotros no le vamos a enmendar la plana al autor.

De todas formas, eso no quiere decir que los autores y los editores debamos añadir más erratas a las ya cometidas por autores tan ilustres. ¡Ojo avizor!

Editores tiquismiquis

Algunas erratas pueden ser mortíferas; con otras te puedes morir de risa. La editorial Salvat era famosa por su eslogan: «Con la garantía Salvat». Sin embargo, un amigo mío -¡buen editor!- dejó pasar un texto que afirmaba que la seta Amanita phalloides era comestible... en vez de NO comestible. ¡Y se publicaron decenas de miles de ejemplares! Salvat tuvo que reimprimir ese fascículo diciendo que ES venenosa y avisar profusamente a todos sus clientes.

Porque eso sí que era peligroso: si el responsable del taller de fotocomposición confunde ‘fallar’ con ‘follar’, no pasa nada (¡con tal de que no ocurra lo primero mientras haces lo segundo!); pero si incitas a tus clientes a comer una seta venenosa... ¡entonces sí que has fallado!

Lo cual me recuerda otra errata sublime que alguien cometió en mis tiempos de Salvat: quería decir que San Pablo era el apóstol de los gentiles... y publicó que «San Pablo fue el apóstol de los genitales».

También es simpática la errata que se cometió en un libro de arte que publicó otra editorial. Alguien del taller de edición decidió sustituir la palabra ‘tela’ por la palabra ‘lienzo’ para referirse a ciertas pinturas, y dio al ordenador la orden de cambiar todas las ‘tela’ por ‘lienzo’. El ordenador obedeció, claro, y lo hizo. Pero tuvo mala suerte: en una página, la ciudad de Compostela aparecía dividida entre dos líneas, de tal forma que ‘Compos-’ quedaba al final de una línea y ‘tela’ al inicio de la siguiente. Resultado: lo que salió publicado fue Compos-lienzo. Por ordenar al ordenador.

Evidentemente, ¡no es lo mismo ‘Fe de erratas’ que ‘Fe de etarras’! No, no es una errata: es una comedia alocada sobre ETA, estrenada en cines hace pocos meses, cuyos autores se ríen de un comando chapucero de ETA.

El humorista gráfico JM Nieto publica viñetas y tiras cómicas en ABC en una sección propia titulada ‘Fe de ratas’. Y el Adicionario cachondo enlustrecido de la legua castillana de S. Juncosa (al menos cuatro erratas deliberadas en el título) define ‘Fe de ratas’ como «testimonio que se basa sobre el testimonio de ratas o ratones». Pero el libro más divertido sobre el tema es Vituperio (y algún elogio) de la errata, del editor José Esteban; si les interesa el tema, no se lo pierdan.

Las auténticas ‘Fe de erratas’ a veces son simpáticas para el lector y una lección de humildad para el editor. El periódico El País tiene la honradez de publicar las más importantes que se le escapan. Y la más salvífica es una que se les escurrió en una columna del escritor Julio Llamazares: en vez de la locución latina mutatis mutandis (o sea, ‘cambiando sólo lo que se deba cambiar’) se les escapó el gazapo «Matutes matándose» (por supuesto, el político no se suicidó de la risa, sigue vivo). Y el corrector de El País agarrándose a la silla, pues no es lo mismo «caer en la cuenta» que «caer en la cuneta», como escribía un periódico local.

Y, para terminar, la mencionada lección de humildad. Había un editor tiquismiquis que presumía de haber leído ad nauseam las galeradas de un libro y, todo orgulloso, puso al final este colofón: «Los editores estamos orgullosos de haber corregido este libro tan numerosas veces, que podemos garantizar que no con tiene ninguna ERATA». ¡Y la tuvo... precisamente en la última palabra!

Esperamos que, visto lo visto y leído lo leído, el lector se haya percatado ya de esa errata que hemos dejado adrede al inicio del artículo y otra al final. Como puro guiño a nuestro querido letor.